Eskorbuto: el punk de los barrios obreros que se rebeló contra todo

Eskorbuto, la reconversión industrial y el nacimiento del rock radical vasco: de la Margen Izquierda al concierto de Tudela de 1983, las radios libres, los gaztetxes y la discusión sobre la música y la política.
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En Santurtzi, mientras la Margen Izquierda de la ría del Nervión empezaba a perder fábricas, había tres músicos empeñados en hacer más ruido que la resignación. Eskorbuto no pedía permiso, no aceptaba consignas ajenas y no tenía ninguna intención de sonar agradable. Su punk nació entre el paro juvenil, el paisaje industrial y la desconfianza hacia todos los poderes. Décadas después, sigue golpeando como una puerta que alguien se niega a cerrar.

Por Ana Sainz. Redacción Sindicalismo.org.

El ruido de los barrios industriales

La Euskadi de comienzos de los años ochenta no era un decorado para canciones. En Santurtzi, Sestao, Barakaldo y Portugalete, los astilleros, los altos hornos, los talleres y los muelles habían dado trabajo a varias generaciones. La crisis industrial y la reconversión fueron rompiendo aquella continuidad. Junto a las movilizaciones de las plantillas crecieron el paro juvenil, la incertidumbre y una sensación de futuro clausurado. Los barrios tenían historia obrera, pero muchos hijos de trabajadores ya no encontraban su sitio en la fábrica.

El punk británico había demostrado que no hacía falta dominar un instrumento para subirse a un escenario. Bastaba con una guitarra, una batería y algo urgente que contar. Esa posibilidad prendió en Euskadi, donde las tensiones sociales y políticas eran particularmente intensas. Algunos grupos defendían propuestas reconocibles. Otros, como Eskorbuto, empezaron a convertir la desconfianza hacia cualquier bando en parte de su identidad.

Euskadi después de la dictadura: fábricas, huelgas y una generación sin sitio

La historia comenzó antes de que sonara la primera guitarra. Tras la muerte de Franco en 1975, Euskadi atravesaba una transformación política profunda, pero la transición hacia las nuevas instituciones no eliminó la conflictividad social. Las huelgas industriales, las movilizaciones por las libertades y la violencia política marcaron aquellos años. El 3 de marzo de 1976, la intervención de la Policía Armada contra una asamblea de trabajadores en Vitoria-Gasteiz dejó cinco muertos. A finales de la década, la creación de nuevas instituciones autonómicas convivía con una crisis de empleo que golpeaba duramente a las zonas fabriles.

En la Margen Izquierda del Nervión, la vida cotidiana giraba alrededor de los astilleros de Euskalduna y La Naval, de Altos Hornos de Vizcaya, de las industrias auxiliares y de los muelles. Las decisiones tomadas en despachos ministeriales tenían consecuencias muy concretas: contratos suspendidos, hogares que perdían ingresos y jóvenes que habían crecido viendo salir a sus padres hacia el turno de la mañana y ya no encontraban dónde fichar. Las reconversiones de los ochenta afectaron a un territorio donde trabajo, identidad barrial y organización sindical estaban estrechamente unidos.

Las calles de Bilbao y sus alrededores fueron escenario de movilizaciones persistentes. En octubre de 1984, miles de personas protestaron contra el previsto cierre de los astilleros Euskalduna; en noviembre hubo nuevos paros y el conflicto continuó con ocupaciones, huelgas y enfrentamientos con la policía. En Sestao, Barakaldo, Santurtzi o Portugalete aquella crisis no se vivía como una estadística. Se veía desde la ventana, en las paredes de los barrios, en el cierre de comercios y en las conversaciones de quienes no sabían si la semana siguiente habría trabajo.

La escena punk no fue simplemente el acompañamiento musical de esas huelgas. Muchos músicos procedían de familias trabajadoras, pero sus experiencias y posiciones políticas eran diversas. Había militantes, simpatizantes de causas concretas, jóvenes hartos de todo y otros que apenas buscaban un sitio propio. Lo que compartían era un paisaje de desconfianza, controles policiales, desempleo y una enorme necesidad de expresarse sin permiso.

1980-1983: Iosu, Juanma y Pako

Eskorbuto se formó en 1980. Jesús María Expósito López, Iosu, tocaba la guitarra y cantaba; antes había pasado por Zarama. Juan Manuel Suárez Fernández, Juanma o Jualma, comenzó como vocalista y más tarde asumió el bajo. En la primera etapa participaron Roberto Kañas, Gugu y Laiky. El nombre del grupo se atribuye a una sugerencia de Roberto Moso, cantante de Zarama. La formación clásica llegó hacia 1982 con el batería Francisco «Pako» Galán, que había trabajado como ajustador de metales.

En 1983 editaron un primer sencillo que incluía «Mucha policía, poca diversión», «Enterrado vivo» y «Mi degeneración». El título más célebre de aquel disco se convirtió en una descarga contra los controles y la presencia policial. Durante una estancia en Madrid, los componentes fueron detenidos después de que la policía examinara una maqueta con letras consideradas ofensivas; se les aplicó la legislación antiterrorista. Una banda recién nacida descubrió que unas canciones podían convertirse en asunto policial.

Una Euskadi atravesada por el conflicto político

Durante los primeros ochenta se superpusieron el desarrollo de la autonomía vasca —el Estatuto de Gernika se había aprobado en 1979—, las acciones armadas de ETA, las operaciones policiales y, desde 1983, la actividad de los GAL. También crecían el movimiento antimilitarista, las campañas contra el ingreso de España en la OTAN, los colectivos juveniles y las formas de organización autónoma. Reducir todo aquello a una sola batalla entre nacionalistas y Estado borraría conflictos sociales, posiciones políticas y vivencias muy diferentes.

Eskorbuto respondió con una provocación que no distinguía entre autoridades a las que convenía agradar y aquellas a las que convenía enfrentarse. La detención del grupo en Madrid en 1983 y el sentimiento de desamparo que sus miembros expresaron después agravaron su choque con sectores de la izquierda abertzale. En ese contexto hay que entender su rechazo a que una etiqueta musical pudiera dictar qué debía cantar una banda, qué posiciones debía adoptar o en qué escenarios se le permitiría tocar.

Contra la autoridad y contra las etiquetas

En 1984, Eskorbuto compartió con RIP el disco «Zona Especial Norte», publicado por Discos Suicidas. El clima de vigilancia y enfrentamiento político estaba presente en el propio título. Aunque suele incluirse al grupo dentro del llamado rock radical vasco, sus integrantes rechazaron someterse a aquella etiqueta y discutieron abiertamente con sectores políticos que pretendían reconocer en ellos a sus portavoces. Su actitud les abrió el camino a un público entregado y, al mismo tiempo, les cerró puertas en determinados circuitos de conciertos.

Aquella irreverencia tenía algo más que una voluntad de provocar. Iosu, Juanma y Pako venían de una comarca industrial donde el empleo y la vida cotidiana se estaban descomponiendo. No eran dirigentes obreros ni escribían programas sindicales. Cantaban desde la experiencia de una juventud que desconfiaba de las promesas oficiales y de las certezas de quienes decían hablar por ella. Su música podía ser contradictoria, incluso incómoda; precisamente por eso no cabe encajarla sin más en un discurso político ordenado.

22 de octubre de 1983: Tudela y el nacimiento del rock radical vasco

La expresión «rock radical vasco» no nació porque una docena de bandas se reuniera a escribir un manifiesto musical. Se difundió desde el entorno del diario Egin y de la incipiente industria discográfica independiente. Entre sus impulsores se citan José Mari Blasco, vinculado a La Polla Records, y Marino Goñi, relacionado con el sello Soñua; su difusión periodística también se asocia a Pablo Cabeza. El momento que suele señalarse como su presentación pública fue el 22 de octubre de 1983, durante un festival celebrado en Tudela, Navarra, contra la OTAN y el polígono militar de tiro de las Bardenas.

Aquella jornada reunió a grupos como Barricada, La Polla Records, RIP, Zarama, Hertzainak y Eskorbuto, junto a otras bandas de una escena que todavía estaba buscando escenarios, estudios y público. La etiqueta resultó eficaz para llamar la atención fuera de Euskadi, pero daba la impresión engañosa de que todos compartían una música y un programa político. El catálogo era mucho más variado: punk crudo, rock urbano, ska, reggae, guitarras cercanas al heavy y canciones que alternaban euskera y castellano. Ni todos eran nacionalistas ni todos defendían las mismas ideas; algunos ni siquiera se reconocían en aquella denominación.

La Polla, Kortatu, RIP, Hertzainak, Las Vulpes: no había un solo sonido

La Polla Records, nacida en Agurain/Salvatierra y encabezada por Evaristo Páramos, convirtió la sátira contra el militarismo, la religión, la autoridad y las jerarquías sociales en canciones que acabaron cantándose muy lejos de Álava. RIP, desde Arrasate/Mondragón, practicaba un punk veloz y frontal. Hertzainak, desde Gasteiz, mezcló rock, ska y ritmos de otras procedencias, mientras Zarama, surgida en Santurtzi, contribuyó al desarrollo del rock cantado en euskera. Barricada, desde Iruñea/Pamplona, partía de un rock duro y callejero.

Kortatu, formado en Irun en 1984 y con Fermín e Iñigo Muguruza entre sus integrantes, incorporó influencias de The Clash, el ska y el reggae y desarrolló una relación pública con la izquierda abertzale que contrastó con la posición de Eskorbuto. Tampoco debe olvidarse a Las Vulpes, grupo femenino de Bilbao cuya actuación televisiva con «Me gusta ser una zorra» en Caja de ritmos, en abril de 1983, desencadenó una fuerte polémica mediática. Su presencia recuerda que las chicas también ocuparon escenarios, escribieron letras y desafiaron las normas sociales en una escena que después se ha contado demasiadas veces casi exclusivamente a través de músicos varones.

Había puntos de contacto entre aquellas bandas, pero también desacuerdos en asuntos esenciales: identidad nacional, organización política, relación con las instituciones, estrategias de protesta y hasta el sentido de la provocación. Hablar de rock radical vasco es útil para situar una época. Tratarlo como un movimiento disciplinado y homogéneo, en cambio, significa perder precisamente lo que lo hizo tan vivo.

Gaztetxes, radios libres y fanzines: la otra industria musical

Una parte decisiva de esa cultura creció al margen de las grandes discográficas. Los gaztetxes —espacios juveniles autogestionados— ofrecían lugares donde ensayar, encontrarse y organizar conciertos. Los fanzines reproducidos en fotocopias intercambiaban entrevistas, dibujos, crónicas y anuncios de actuaciones. Las radios libres difundían maquetas que difícilmente hubieran encontrado sitio en las emisoras comerciales. Y los sellos independientes, como Soñua, Oihuka y Discos Suicidas, ayudaron a que grupos nacidos en pequeños locales acabaran circulando por todo el Estado.

No fue una red sin disputas ni limitaciones. Había problemas de financiación, locales precarios, conflictos con las autoridades y distintas maneras de entender la autogestión. Pero la escena demostró que una cultura juvenil podía organizar su propia infraestructura: conciertos sin grandes promotoras, distribución por correo, carteles pegados a mano y público que intercambiaba casetes. En ese tejido las canciones adquirían significado colectivo, aunque los músicos no compartieran un mismo proyecto.

1985: «Martxa eta Borroka» y el debate sobre la utilización política del rock

En 1985, Herri Batasuna impulsó iniciativas culturales y conciertos bajo el lema Martxa eta Borroka, vinculando parte de aquella efervescencia juvenil con su actividad política. Para algunos grupos se abría una oportunidad de tocar ante públicos numerosos y disponer de equipos y escenarios; para otros, se estaba intentando convertir una música nacida al margen de las instituciones en vehículo de una organización concreta. La relación fue desigual y cambiante: no todas las bandas participaron ni todas interpretaron del mismo modo aquella colaboración.

Eskorbuto fue una de las expresiones más tajantes del rechazo a esa convergencia. La banda desconfiaba de la autoridad estatal y también de la que podía surgir dentro de un movimiento que se presentaba como liberador. Su conflicto con la etiqueta no elimina el hecho de que compartiera época, salas y públicos con otros grupos. Sirve más bien para entender la diversidad de posiciones dentro de una escena que había sido agrupada desde fuera.

El «Zona Especial Norte» de 1984, compartido por Eskorbuto y RIP y publicado originalmente por Spansuls Records, resume bien ese ambiente. Su título remitía al Plan ZEN anunciado en 1983 por el Ministerio del Interior para afrontar la violencia de ETA y los problemas de orden público en el norte. Las canciones de ambos grupos sonaron en un territorio sometido a una vigilancia intensa y marcado por heridas políticas profundas. La historia del disco también recuerda la importancia de los sellos pequeños: no hacía falta pertenecer a una multinacional para dejar una grabación destinada a convertirse en referencia.

1985-1987: canciones que no pudieron domesticarse

El álbum «Eskizofrenia» (1985) extendió su reputación fuera de Euskadi. Por entonces llegaron a actuar en «La bola de cristal», el singular programa de TVE que abrió espacio a propuestas musicales poco convencionales. La consagración discográfica llegó en febrero de 1986 con «Anti Todo», editado por Discos Suicidas y grabado en los estudios Tsunami de San Sebastián en unas sesiones extraordinariamente breves, unas 26 horas según los relatos de su producción.

«Historia triste», «Es un crimen», «Cerebros destruidos» y «Anti Todo» expresaban angustia, sarcasmo, desconfianza y rabia. Aquellas canciones no prometían ninguna salida fácil. Había melodías pegadizas, guitarras abrasivas y frases capaces de incomodar a quien las escuchara. En 1986 llegaron además el directo «Impuesto revolucionario» y la cinta «Ya no quedan más cojones, Eskorbuto a las elecciones». En 1987 apareció «Los demenciales chicos acelerados», una obra más ambiciosa en lo musical.

Un movimiento más amplio que una moda de los ochenta

El auge de esta escena se concentró sobre todo entre 1983 y finales de los ochenta, aunque sus protagonistas siguieron caminos muy diferentes. Algunas bandas desaparecieron, otras se transformaron y otras continuaron durante décadas. Negu Gorriak, creada en 1990 y vinculada al recorrido posterior de músicos de Kortatu, exploró nuevas combinaciones sonoras y una identidad política explícita. Mientras tanto, Eskorbuto mantenía un discurso de ruptura personal cada vez más marcado por sus propios problemas.

La circulación de aquellos discos ayudó a que oyentes de distintas ciudades conocieran la realidad cultural vasca más allá de las noticias sobre atentados o conflictos institucionales. Eso no significa que las canciones describieran toda Euskadi ni que todos sus habitantes compartieran la rabia de los escenarios. Significa que la música permitió escuchar voces juveniles que rara vez aparecían en los grandes relatos económicos o políticos de la Transición.

El coste humano de una época

La heroína golpeó duramente a muchos barrios durante los años ochenta, y también al entorno del grupo. Iosu y Juanma sufrieron graves problemas de salud y adicción. No hay ninguna grandeza que buscar en ese deterioro: la enfermedad les restó años de vida, agravó las dificultades de la banda y dejó dolor entre familiares y amistades. El punk podía ser una expresión de libertad; la autodestrucción no era su requisito.

En 1991 publicaron «Demasiados enemigos» y realizaron una gira por México en la que Iosu no pudo participar por su estado de salud. El 31 de mayo de 1992 murió Iosu Expósito; el 9 de octubre falleció Juanma Suárez. Los dos fueron enterrados en el cementerio de Kabiezes, Santurtzi. Pako Galán continuó posteriormente vinculado a nuevas etapas de Eskorbuto, pero la historia de aquel trío había quedado quebrada.

Por qué sigue sonando Eskorbuto

Escuchar a Eskorbuto no equivale a aceptar todas sus provocaciones. Significa escuchar una época desde una de sus orillas más ásperas: la de quienes crecieron rodeados de industria, vieron llegar el paro y no encontraban motivos para confiar en los discursos tranquilizadores. Los escenarios cambiaron; muchas fábricas desaparecieron o redujeron sus plantillas. Las canciones quedaron. «Anti Todo» sigue siendo una sacudida porque, detrás de las guitarras y la rabia, hay una pregunta que todavía incomoda: ¿qué futuro se ofrece a una juventud a la que se le exige obedecer mientras le cierran las puertas?

El contexto industrial del rock radical vasco: el desempleo, los cierres de fábricas y la reconversión aparecen también en nuestra memoria obrera. Puedes leer la lucha de Euskalduna frente a la reconversión y las movilizaciones de Reinosa en 1987, para situar la música de aquellos años en su contexto social.

Ana Sainz

Mujer con conciencia de clase, sindicalista y libertaria. Forma parte de la mesa de redacción de sindicalismo,org