Los cazadores de nazis y la ruta de las ratas: el refugio de los criminales del Tercer Reich en el Mediterráneo español

De Barcelona a Dénia, la dictadura franquista facilitó refugio y rutas de fuga a antiguos nazis. La historia de las redes clandestinas, los cazadores de criminales de guerra y los republicanos deportados.
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De Barcelona a Dénia, pasando por Mallorca y los puertos del Mediterráneo, la España franquista facilitó la permanencia y, en algunos casos, la fuga de antiguos miembros de las SS, agentes de inteligencia y colaboradores del nazismo. Mientras algunos reconstruían sus vidas entre negocios, hoteles y viviendas junto al mar, investigadores, supervivientes del Holocausto y organizaciones internacionales intentaban seguirles la pista. Muchos murieron sin responder ante un tribunal.

La guerra terminó, pero no todos los responsables fueron juzgados

En mayo de 1945, la Alemania nazi se derrumbaba definitivamente. Berlín había sido ocupada y los ejércitos aliados comenzaban a descubrir toda la dimensión de los crímenes cometidos en los campos de concentración y exterminio. Mientras miles de supervivientes buscaban a sus familiares desaparecidos, una parte de los responsables del aparato nazi intentaba encontrar una salida de Europa. Algunos llevaban documentos falsificados; otros contaban con dinero, contactos diplomáticos y personas dispuestas a facilitarles el camino.

Aquellas fugas dieron origen a lo que se conoce como ratlines, las llamadas «rutas de las ratas». No existió una sola organización clandestina que dirigiera todas las evasiones, sino varias redes que aprovechaban contactos, alojamientos, documentación, negocios y medios de transporte. Italia fue uno de los escenarios principales, pero España desempeñó también un papel relevante. La dictadura de Franco, que había recibido ayuda militar de Hitler y Mussolini durante la Guerra Civil, ofrecía un territorio donde antiguos nazis y colaboradores fascistas podían encontrar protección.

Unos itinerarios conectaban Alemania y Francia con España y, desde aquí, con Argentina. Otros atravesaban Italia antes de embarcar hacia Sudamérica. Los movimientos no fueron idénticos para todos: algunos fugitivos cruzaron la península como lugar de tránsito y otros permanecieron durante décadas. Entre los intermediarios hubo antiguos agentes alemanes, empresarios vinculados al Tercer Reich y colaboradores de regímenes fascistas europeos. No todos los implicados habían cometido crímenes de guerra, una distinción importante cuando se examinan nombres y responsabilidades.

Barcelona, Mallorca y Madrid: los caminos de la evasión

Barcelona ocupó una posición significativa por su puerto, su proximidad a Francia y las relaciones comerciales que determinadas empresas alemanas habían mantenido durante la guerra. La investigación histórica ha documentado contactos clandestinos entre antiguos agentes de inteligencia, redes de extrema derecha y fugitivos. La costa catalana y las conexiones marítimas del Mediterráneo aparecen en distintos itinerarios; Mallorca figura asimismo entre los lugares relacionados con algunas redes de entrada y tránsito.

Estas estructuras no funcionaban como una agencia con rutas invariables. Un fugitivo podía cruzar la frontera, pasar unos días en una vivienda particular, conseguir documentos y desplazarse después a Madrid o a un puerto. También podía encontrar empleo o establecer un negocio y quedarse en España. Esa mezcla de relaciones personales, actividades legales y protección política complicó durante años el trabajo de los investigadores.

Madrid se convirtió en otro centro de operaciones. Entre las redes estudiadas figuran las relacionadas con Arturo degli Agostini, Johannes Bernhardt y Carlos Fuldner. Este último, antiguo miembro de las SS y argentino de origen alemán, llegó a Madrid en marzo de 1945 y participó en la organización de viajes hacia Argentina. Bajo el Gobierno de Juan Domingo Perón, aquel país recibió a numerosos alemanes, incluidos antiguos miembros del aparato nazi.

Johannes Bernhardt tenía una trayectoria especialmente ligada a la dictadura española. Había intervenido en las relaciones entre los sublevados franquistas y la Alemania nazi desde 1936 y había dirigido SOFINDUS, un conglomerado empresarial que gestionaba intereses económicos alemanes en España. Tras la derrota alemana, su red de relaciones resultó decisiva para evitar la repatriación que reclamaban los aliados. En 1946 consiguió la nacionalidad española.

La protección franquista puede seguirse también a través de la documentación diplomática. Los aliados reclamaron la entrega de agentes y dirigentes alemanes establecidos en España; una de las listas, difundida en 1947, reunía 104 nombres. Entre ellos había personas vinculadas a las SS, a la inteligencia alemana, a la propaganda y al mundo empresarial. El régimen se negó a ponerlos a disposición de los aliados. La lista no convierte automáticamente a todos sus integrantes en criminales de guerra, pero permite comprobar la resistencia del Gobierno español a cooperar en aquellas reclamaciones.

Dénia: una vida junto al mar para antiguos miembros de las SS

Uno de los capítulos más inquietantes de esta historia se escribió en Dénia, en la Marina Alta alicantina. Entre el Mediterráneo y el Montgó se instalaron antiguos oficiales nazis y personas de su entorno. Algunos llevaron una vida discreta; otros participaron en negocios turísticos, mantuvieron relaciones sociales y organizaron reuniones públicas que serían recordadas décadas después.

Gerhard Bremer fue uno de los nombres más conocidos. Nacido en 1917, había servido como oficial de las Waffen-SS durante la guerra. Tras pasar por prisión, llegó a Dénia a mediados de los años cincuenta y promovió un complejo turístico conocido como Bremers Park Bungalows, en la zona de Les Rotes. Su presencia no fue la de un hombre oculto permanentemente detrás de una identidad falsa. Participó en la vida social local y celebró fiestas con invitados alemanes y españoles. Murió en Dénia en 1989.

También vivió allí Anton Galler, antiguo miembro de las SS al que las investigaciones históricas atribuyen responsabilidad compartida en la matanza de Sant’Anna di Stazzema, cometida el 12 de agosto de 1944 en la Toscana italiana. En aquella operación fueron asesinados centenares de civiles, entre ellos mujeres, niños y ancianos. Galler murió en Dénia en marzo de 1995, sin haber respondido ante la justicia por aquellos hechos.

La existencia de antiguos nazis en Dénia no significa, desde luego, que toda la comunidad alemana instalada en la localidad compartiera su pasado ni sus ideas. Lo relevante es que personas relacionadas con el aparato represivo del Tercer Reich pudieron desarrollar negocios y envejecer en España mientras sus trayectorias permanecían fuera del debate público.

Las investigaciones del periodista Joan Cantarero, reunidas en el libro La huella de la bota, y el trabajo de otros periodistas e historiadores han permitido reconstruir parte de esas biografías. Archivos municipales, expedientes de inteligencia, documentación judicial y recuerdos vecinales ayudaron a explicar una historia que durante mucho tiempo sobrevivió entre rumores y silencios.

Los cazadores de nazis siguen la pista hasta la costa

El final de la guerra no supuso el final de las investigaciones. Simon Wiesenthal, superviviente de Mauthausen, dedicó décadas a reunir información sobre criminales nazis huidos. Su trabajo, y el de otros supervivientes y documentalistas, permitió abrir pistas allí donde la investigación oficial había quedado detenida. Con el tiempo, el Centro Simon Wiesenthal y personas como Efraim Zuroff mantuvieron las búsquedas y las campañas para localizar a responsables de crímenes del nazismo.

Una de las pistas más conocidas condujo en 2005 hasta Dénia. La policía alemana investigaba el posible paradero de Aribert Heim, médico de las SS en Mauthausen, acusado de asesinar prisioneros mediante procedimientos particularmente crueles. Heim había desaparecido de Alemania en 1962 cuando avanzaban las investigaciones sobre sus crímenes. Las informaciones que lo situaban en la localidad alicantina motivaron gestiones de las autoridades españolas, que intentaron reconocerlo a partir de testimonios e imágenes.

Aquella búsqueda resultó infructuosa. En 2009 aparecieron documentos que situaban a Heim en Egipto, donde había vivido bajo el nombre de Tarek Hussein Farid. En septiembre de 2012, un tribunal alemán dio por acreditado que había fallecido en El Cairo en agosto de 1992. No está demostrado, por tanto, que Heim llegara a residir en Dénia. Confundir una pista policial con una presencia confirmada sería repetir uno de los errores que más dificultan la reconstrucción de estas redes.

Los cazadores de nazis tampoco fueron únicamente policías. Hubo periodistas que localizaron documentos olvidados, historiadores que reconstruyeron trayectorias personales y supervivientes que conservaron nombres y fotografías. La investigación histórica exige distinguir entre condenas, responsabilidades documentadas, testimonios y sospechas. Esa cautela no resta gravedad a los hechos probados; permite explicarlos con mayor precisión.

La otra cara: los republicanos españoles de Mauthausen

La contradicción resulta especialmente dolorosa. Mientras antiguos miembros del aparato nazi pudieron instalarse en la España de Franco, numerosos republicanos españoles que sobrevivieron a los campos de concentración no pudieron regresar libremente a su país. Muchos habían luchado contra el golpe militar de 1936, se habían exiliado a Francia y, tras la ocupación alemana, fueron deportados a campos como Mauthausen.

Entre ellos estaba Francesc Boix, nacido en Barcelona en 1920. Combatiente republicano durante la Guerra Civil, fue deportado a Mauthausen y destinado a tareas relacionadas con la fotografía. Allí colaboró con otros presos para salvar negativos y fotografías producidos por las propias SS. Las imágenes documentaban el funcionamiento del campo y la presencia de responsables del aparato nazi.

Los negativos fueron escondidos gracias a una red de deportados que arriesgaron sus vidas. Tras la liberación, Boix declaró como testigo ante el Tribunal de Núremberg en enero de 1946 y también participó como testigo en los procesos de Dachau. Sus fotografías contribuyeron a demostrar los crímenes cometidos. Murió en París en 1951, con solo treinta años, sin haber podido regresar a vivir a Barcelona.

Esa historia tiene una conexión directa con Dénia. Asensio Vives Roselló, Jaime Crespo Vengut, José Ramis Grimalt y Vicente Pérez Bolufer, republicanos originarios de la localidad, acabaron deportados a campos nazis tras su exilio en Francia. Los tres primeros murieron durante el cautiverio. Vicente Pérez sobrevivió a Mauthausen, pero falleció en Francia en 1956. La ciudad les dedicó en 2018 una placa de recuerdo en el cementerio municipal, junto al lugar donde reposan víctimas de la represión franquista.

Que en una misma localidad convivan el recuerdo de quienes sufrieron la deportación nazi y el rastro de antiguos oficiales de las SS obliga a mirar la historia desde ambos lados: el de las víctimas que perdieron su país y el de quienes encontraron refugio después de la derrota del Tercer Reich.

De los archivos al conocimiento público

Durante décadas, buena parte de esta historia permaneció dispersa entre expedientes diplomáticos, archivos policiales y recuerdos familiares. La muerte de muchos protagonistas, las identidades cambiadas y la falta de cooperación entre autoridades hicieron difícil reconstruir las rutas de fuga. La transición democrática española tampoco significó que todas las responsabilidades fueran investigadas de inmediato.

El periodismo de investigación y la historiografía han ayudado a recuperar documentos esenciales. José María Irujo examinó las relaciones entre el franquismo y los agentes alemanes reclamados por los aliados, en trabajos reunidos en La lista negra. Las investigaciones de Pablo del Hierro han arrojado luz sobre redes neofascistas establecidas en Madrid y sus conexiones internacionales. En Dénia, la recuperación de la memoria local permitió poner nombres a antiguos nazis instalados en la costa y, también, a los deportados republicanos olvidados durante décadas.

Esa historia ha llegado asimismo al cine. El sustituto, dirigida por Óscar Aibar y estrenada en 2021, convirtió la presencia de antiguos nazis en la costa alicantina en el escenario de una trama policial de ficción. No es un documental, pero parte de una realidad histórica: miembros del aparato nazi vivieron en España durante décadas después de 1945.

La ruta de las ratas fue más que una serie de viajes clandestinos hacia América. Fue también el resultado de relaciones empresariales, protección política, documentos facilitados y complicidades que permitieron a algunos responsables del nazismo iniciar una nueva vida. Muchos consiguieron décadas de tranquilidad que sus víctimas jamás recuperarían. Frente a aquella impunidad, los supervivientes, los investigadores y las organizaciones memorialistas se negaron a aceptar que el paso del tiempo borrara los hechos.

El Mediterráneo español también guarda esta página oscura. Recuperarla no supone atribuir culpas colectivas a las ciudades que acogieron a aquellos fugitivos, sino explicar quiénes llegaron, cómo lo hicieron, quién los protegió y por qué tantos escaparon de la justicia.

Documentación histórica de referencia: investigaciones de Joan Cantarero, José María Irujo y Pablo del Hierro; archivos del Ayuntamiento de Dénia y del Memorial Democràtic; fondos sobre Francesc Boix del Museu d’Història de Catalunya; documentación sobre Anton Galler y Sant’Anna di Stazzema. Imagen de portada: Simon Wiesenthal (derecha) y Dries van Agt en 1982. Rob Bogaerts / Anefo / Nationaal Archief, CC0.

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