Mucho antes de que expresiones como “crisis de vivienda”, “fondos de inversión” o “sindicato de inquilinos” formaran parte del lenguaje cotidiano, Barcelona vivió una de las mayores rebeliones por la vivienda de su historia. En el verano de 1931, decenas de miles de familias obreras dejaron de pagar el alquiler. La protesta nació de los barrios, estuvo impulsada por el Comité de Defensa Económica vinculado al Sindicato de la Construcción de la CNT y convirtió cada desahucio en un conflicto colectivo.
Por Abel García Santos.
Una ciudad construida por trabajadores que no podían pagar una casa
Para entender aquella huelga hay que volver a la Barcelona de finales de los años veinte. Las grandes obras de la Exposición Internacional de 1929, la construcción del metro y la expansión urbana habían atraído a miles de trabajadores procedentes de diferentes lugares del Estado. Barcelona necesitaba brazos para construir una ciudad moderna, pero no había preparado viviendas dignas para quienes la estaban levantando. Proliferaron las barracas, las habitaciones realquiladas, las pensiones y alojamientos donde varias personas compartían espacios mínimos.
Cuando terminaron las grandes obras llegó el golpe. La construcción se frenó y los efectos de la crisis internacional iniciada en 1929 dejaron a miles de trabajadores sin empleo. No existía una protección por desempleo comparable a la actual. El jornal desaparecía, pero el alquiler continuaba llegando cada mes. A eso se añadía el precio de los alimentos. En los barrios obreros el problema ya no era encontrar una vivienda confortable: para muchas familias se trataba simplemente de conservar un techo.
Del sindicato de la construcción al barrio
Una parte importante de aquellos desempleados procedía precisamente de la construcción. En torno al Sindicato de la Construcción de la CNT tomó forma el Comité de Defensa Económica, una experiencia especialmente interesante porque trasladaba la acción sindical fuera del centro de trabajo. Si el trabajador estaba parado, sus problemas no desaparecían por haber salido de la obra: seguía necesitando comer y seguía teniendo que pagar una vivienda.
Entre las reivindicaciones aparecieron medidas contra el paro, la paralización de los desahucios y una reducción de los alquileres. La conclusión era sencilla: dejar de pagar individualmente podía acabar con una familia en la calle; hacerlo colectivamente podía convertirse en una huelga.
5 de julio de 1931: empieza la huelga
La convocatoria quedó fijada para el 5 de julio de 1931. Una de las principales reivindicaciones era una reducción del 40 % de los alquileres. También se reclamaban soluciones para las familias sin ingresos y medidas contra el desempleo.
El seguimiento creció rápidamente. Las reconstrucciones históricas hablan de decenas de miles de hogares implicados durante las primeras semanas y algunas estimaciones sitúan el movimiento, en su momento de mayor extensión, alrededor de 100.000 familias. La cifra debe entenderse como una estimación histórica, porque evidentemente no existió un censo oficial de quienes habían decidido dejar de pagar.
Y había una diferencia fundamental respecto a una huelga convencional. Aquí no había tornos que abandonar ni una puerta de fábrica ante la que formar un piquete. El instrumento de presión era simplemente no entregar el dinero al propietario.
Can Tunis, Barceloneta, Sants, Clot, Poblenou…
La huelga encontró una fuerza especial en los barrios populares. Las Casas Baratas y zonas como Can Tunis fueron algunos de sus principales focos, pero el conflicto se extendió también por la Barceloneta, Sants, el Clot, Poblenou y otros barrios obreros de Barcelona y su entorno.
La movilización fue desbordando la estructura estrictamente sindical. En los barrios aparecieron redes capaces de comunicar rápidamente un desahucio, reunir vecinos, conseguir alimentos o ayudar a una familia que se quedaba sin recursos. El edificio, la calle y el barrio empezaron a cumplir una función parecida a la que tenía el taller en una huelga laboral.
Sacaban los muebles y los vecinos volvían a meterlos
Una de las imágenes que mejor explica aquella huelga se repitió durante los desahucios. Llegaban quienes debían ejecutar el lanzamiento, sacaban las pertenencias de una familia y las dejaban en la calle. Cuando terminaba el desalojo, los vecinos recogían los muebles y los volvían a introducir en la vivienda.
Aquello transformaba completamente el desahucio. Lo que jurídicamente podía presentarse como un problema entre un propietario y una familia se encontraba de repente frente a todo un barrio. Las autoridades endurecieron los procedimientos y hubo desalojos en los que los muebles terminaron arrojados desde las ventanas para impedir que pudieran ser introducidos nuevamente.
Las redes de solidaridad también permitían conseguir alimentos, buscar alojamiento y ayudar a las familias que carecían completamente de ingresos. La huelga podía mantenerse precisamente porque el problema de una casa empezaba a considerarse el problema de las demás.
Las mujeres estuvieron en primera línea
Una parte fundamental de aquella historia quedó durante décadas en segundo plano. Las mujeres desempeñaron un papel central en la resistencia a los desahucios y en la organización cotidiana de los barrios. Muchas permanecían en las viviendas mientras los hombres buscaban trabajo o participaban en otras actividades sindicales y eran ellas quienes se encontraban directamente con las autoridades cuando llegaba una orden de lanzamiento.
La documentación conservada permite incluso recuperar algunos nombres. Victoria Ruiz Rodríguez, conocida como “La Benita”, y Dolores Maldonado Ruiz, vinculadas al barrio de las Casas Baratas de Eduardo Aunós, participaron en la organización vecinal, la resistencia frente a los desahucios y las redes de solidaridad.
No eran simplemente las esposas de trabajadores en huelga. Eran protagonistas de un conflicto que precisamente había roto los límites tradicionales de la fábrica.
La República respondió también con policía
La huelga comenzó apenas unos meses después de la proclamación de la Segunda República. Las expectativas de cambio eran enormes, pero el conflicto de la vivienda mostró rápidamente la distancia existente entre aquellas esperanzas y la situación material de numerosos barrios obreros.
Propietarios e instituciones relacionadas con la vivienda se enfrentaron al movimiento. A medida que aumentaban los impagos y la resistencia a los desalojos, también aumentaron la intervención policial, las detenciones y los procedimientos judiciales. Miembros del Comité de Defensa Económica terminaron encarcelados.
Además, la huelga de alquileres coincidió con una Barcelona atravesada por una enorme conflictividad laboral y social. Durante aquellos meses hubo otros enfrentamientos, huelgas y episodios represivos, por lo que no resulta riguroso atribuir automáticamente todas las víctimas y detenciones del periodo exclusivamente a la huelga de alquileres.
No hubo una victoria firmada en un despacho
La huelga no terminó con un gran acuerdo que aceptara todas sus reivindicaciones. Hacia finales de 1931, la represión y el encarcelamiento de militantes habían debilitado la coordinación central del movimiento.
Pero tampoco puede resumirse simplemente como una derrota. Algunos propietarios terminaron aceptando reducciones, se alcanzaron acuerdos concretos y en determinados barrios se consiguieron detener desahucios o encontrar soluciones para familias amenazadas. La resistencia al pago continuó además de manera irregular durante los años siguientes.
El resultado más profundo fue otro: miles de personas habían comprobado que una relación aparentemente individual —un inquilino frente a un propietario— podía transformarse mediante la organización en un conflicto colectivo.
Una huelga sin fábrica
Ahí está probablemente lo más interesante de Barcelona 1931. La CNT procedía fundamentalmente del mundo del trabajo, pero aquella movilización entendió algo elemental: la vida del trabajador no terminaba cuando salía de la fábrica.
El salario se ganaba trabajando, pero después había que utilizarlo para pagar la comida y la vivienda. De poco servía conquistar unas pesetas más de jornal si el alquiler terminaba absorbiéndolas.
Por eso aquella huelga fue también una forma de sindicalismo de barrio. El centro del conflicto podía ser una fábrica, pero también una escalera, una vivienda o una calle entera esperando la llegada de quienes pretendían ejecutar un desahucio.
Noventa y cinco años después
Casi un siglo después, aquella experiencia vuelve inevitablemente a la memoria cuando se habla de huelgas de alquileres y de conectar el conflicto laboral con el problema de la vivienda. Las circunstancias económicas, las leyes y el mercado inmobiliario de 1931 y 2026 son profundamente diferentes y sería engañoso presentarlos como dos situaciones idénticas.
Pero aquella huelga dejó una pregunta que continúa siendo reconocible: ¿qué ocurre cuando trabajar ya no garantiza poder pagar una vivienda?
En Barcelona, en 1931, decenas de miles de familias encontraron una respuesta colectiva. Individualmente podían ser desahuciadas. Juntas podían convertir el precio del alquiler en un conflicto social capaz de atravesar toda una ciudad.
Y durante meses lo hicieron.
Fuentes
Manel Aisa Pàmpols, La huelga de alquileres y el Comité de Defensa Económica. Barcelona, abril-diciembre de 1931.
Documentación histórica del Ayuntamiento de Barcelona y Memòria Democràtica sobre la huelga de alquileres, las Casas Baratas y el movimiento vecinal de 1931.
Hemeroteca histórica y documentación del movimiento anarcosindicalista sobre el Comité de Defensa Económica y la Barcelona obrera de 1931.





