El XX Congreso ha dejado una CGT prácticamente partida por la mitad. La respuesta a esa realidad no debería ser levantar otra sigla ni añadir una nueva organización al ya fragmentado espacio anarcosindicalista. Una posibilidad diferente sería articular una corriente estable de sindicatos críticos dentro de la Confederación, capaz de ejercer oposición sindical y orgánica y de mantener abierta la puerta al regreso de los sindicatos desfederados.
Por Miguel Cienfuegos.
El XX Congreso de CGT ha terminado, pero difícilmente puede decirse que haya cerrado la crisis interna de los últimos cuatro años. Miguel Fadrique ha renovado la Secretaría General con 689 votos frente a los 639 de Nuria Negro, apenas 50 votos de diferencia. El resultado confirma una organización dividida prácticamente por la mitad.
Existe además otro dato que merece atención. Según el recuento mostrado durante el Congreso, Fadrique obtuvo sus votos con el respaldo de 84 sindicatos, mientras que Negro recibió el de 90. El sistema de voto ponderado explica que quien cuenta con más sindicatos pueda obtener menos votos, pero políticamente la fotografía es difícil de ignorar: existe una parte muy amplia de CGT que no comparte la orientación de la dirección reelegida.
A ello se añade el rechazo expresado durante el Congreso a la gestión del Secretariado Permanente saliente y las denuncias realizadas por sectores críticos sobre acreditaciones, participación y funcionamiento interno. Esas acusaciones son discutidas dentro de la propia organización y deben atribuirse a quienes las formulan, pero muestran hasta qué punto el problema no nació este fin de semana. Durante los últimos años se han acumulado enfrentamientos, desfederaciones y procedimientos judiciales que han terminado formando parte de la vida interna de CGT.
Perder un Congreso no significa abandonar la organización
La primera tentación después de una derrota tan ajustada puede ser marcharse. Sería comprensible después de años de enfrentamientos, pero también puede convertirse en un error histórico.
El anarcosindicalismo ya conoce demasiado bien esa historia. Congreso, enfrentamiento, ruptura, nuevas siglas y años dedicados a discutir quién representa mejor una tradición mientras la realidad laboral continúa avanzando por otro camino. Crear una nueva confederación puede resolver provisionalmente un problema interno, pero también puede trasladarlo a una organización más pequeña.
No hace falta otro sindicato. Hace falta oposición dentro del sindicato.
Si prácticamente la mitad de CGT ha defendido otra orientación, esa mitad no necesita empezar desde cero. Tiene sindicatos, secciones sindicales, militancia, experiencia, implantación en empresas y acuerdos adoptados por sus asambleas. Lo lógico sería convertir esa realidad en una oposición organizada, transparente y reconocible dentro de la propia Confederación.
Una SOC dentro de CGT
Podría tomar la forma de una SOC —Sindicatos de Oposición Crítica—, o cualquier otra denominación que decidieran quienes participasen. El nombre es lo menos importante. Lo fundamental sería su naturaleza: no una nueva central sindical, sino una coordinación de sindicatos de CGT que comparten la necesidad de recuperar determinadas prácticas anarcosindicalistas y ejercer una oposición organizada a la dirección confederal cuando consideren que se aleja de ellas.
Una SOC no tendría que disponer de una dirección paralela ni convertirse en otro aparato dentro del aparato. Tampoco debería presentarse a elecciones contra CGT, negociar convenios en competencia con CGT o levantar unas nuevas siglas en los centros de trabajo.
Sus integrantes seguirían siendo CGT. Sus afiliados seguirían militando en CGT. Sus secciones continuarían actuando como CGT.
Su función sería otra: coordinar posiciones antes de plenarias y congresos, compartir información, elaborar propuestas comunes, defender el cumplimiento de los estatutos, apoyar a sindicatos que entren en conflicto con estructuras superiores y construir alternativas sindicales desde las asambleas.
Oposición política y sindical, no una guerra de familias
Pero para que algo así tenga sentido tendría que evitar reproducir precisamente aquello que pretende combatir.
Una oposición anarcosindicalista no puede convertirse en un grupo de dirigentes esperando cuatro años para conquistar el Secretariado Permanente. Si su único objetivo fuese sustituir unas personas por otras, poco habría cambiado.
La cuestión debería ser mucho más profunda: qué modelo de CGT queremos.
Una organización donde los secretariados coordinen y ejecuten acuerdos, pero no gobiernen a los sindicatos. Donde las diferencias se resuelvan mediante debate, acuerdos y procedimientos garantistas. Donde ocupar durante años cargos sindicales no genere derechos adquiridos. Y donde ningún sector pueda confundir una mayoría circunstancial con la propiedad de la organización.
Porque ganar un Congreso por 50 votos permite dirigir la organización conforme a sus acuerdos. No convierte a la otra mitad en una molestia que haya que eliminar.
También los sindicatos desfederados
Aquí aparece probablemente la cuestión más difícil. Durante los últimos años varios conflictos han terminado con sindicatos fuera de las estructuras de CGT. Algunas de esas desvinculaciones han llegado incluso a los tribunales y al registro administrativo. La desvinculación del Sindicato de Transportes y Comunicaciones de Madrid, por ejemplo, fue formalizada después de un acuerdo confederal de enero de 2024.
Una corriente crítica debería plantearse como objetivo político y organizativo reabrir el diálogo con los sindicatos desfederados.
No para declarar automáticamente que todos tenían razón ni para borrar los conflictos que llevaron a su salida. Cada caso tendrá su historia y sus responsabilidades. Pero una organización anarcosindicalista debería intentar solucionar políticamente sus conflictos antes de resignarse a perder sindicatos enteros.
La SOC podría convertirse precisamente en ese puente: sindicatos que permanecen dentro trabajando conjuntamente con organizaciones que fueron separadas, buscando mecanismos estatutarios que permitan, cuando exista voluntad de las partes, su reincorporación plena a CGT.
El objetivo tendría que ser reunificar, no continuar fragmentando.
Permanecer también es una forma de resistencia
Existe una diferencia enorme entre aceptar una mayoría y renunciar a las propias posiciones.
Fadrique ha ganado la votación. Ese resultado debe reconocerse. Pero los 639 votos obtenidos por Nuria Negro y los sindicatos que defendieron posiciones críticas no desaparecen cuando termina el Congreso. La democracia sindical tampoco consiste en hablar una vez cada cuatro años y guardar silencio hasta el siguiente Congreso.
Quien pierde una votación tiene derecho a continuar organizándose, defendiendo sus propuestas y tratando de convertirlas en mayoritarias.
Eso no debilita necesariamente una organización. Puede fortalecerla si las diferencias se expresan abiertamente y existen reglas compartidas que todos respetan.
Lo verdaderamente peligroso comienza cuando cualquier discrepancia se interpreta como deslealtad o cuando una minoría considera ilegítima cualquier decisión simplemente porque ha perdido una votación.
Volver a los sindicatos
Una oposición organizada tendría además una oportunidad para corregir otro problema: trasladar nuevamente el centro de gravedad hacia los sindicatos.
Menos política de pasillos. Menos guerras personales. Menos obsesión por quién ocupa cada secretaría. Y más presencia en empresas, conflictos laborales, huelgas, barrios y luchas sociales.
CGT acaba de aprobar como uno de sus horizontes inmediatos impulsar una huelga general por la vivienda. Ahí existe un enorme espacio para trabajar conjuntamente independientemente de qué candidatura votó cada sindicato en Parla.
La mejor oposición tampoco sería aquella que desease que la nueva dirección fracasara. Sería aquella capaz de trabajar cuando existen acuerdos, enfrentarse cuando existen diferencias y presentar alternativas cuando considere que la Confederación toma un camino equivocado.
Ni marcharse ni callarse
Después del XX Congreso existen básicamente dos caminos para el sector crítico. Convertir la derrota por 50 votos en otra ruptura del anarcosindicalismo o asumir que casi media organización constituye suficiente fuerza para disputar democráticamente el rumbo de CGT desde dentro.
La segunda opción parece mucho más ambiciosa.
Una SOC no para construir otra CGT, sino para disputar qué CGT queremos. No para romper la Confederación, sino para impedir nuevas fracturas. No para crear otra burocracia, sino para devolver capacidad de decisión a los sindicatos. Y no para vivir permanentemente enfrentados, sino para demostrar que dentro de una organización libertaria también debe existir espacio para una oposición organizada.
El Congreso ha terminado. La discusión sobre el futuro de CGT, evidentemente, no.




