Antes de convertirse en una de las voces fundamentales de la canción valenciana, Ovidi Montllor fue un muchacho de familia trabajadora que comenzó a ganarse la vida con apenas doce años. Nacido en el Alcoi industrial de 1942, conoció las fábricas, los empleos mal pagados y la necesidad mucho antes que los escenarios. Cuando años después cantó sobre los pobres, la autoridad, el miedo o la dignidad, no estaba construyendo un personaje: hablaba de un mundo del que procedía.
Por María Fernández Landa.
Alcoi, 1942: nacer entre fábricas
Ovidi Montllor i Mengual nació en Alcoi el 4 de febrero de 1942, apenas tres años después de terminar la Guerra Civil. La ciudad era uno de los principales núcleos industriales valencianos, especialmente alrededor del textil, el papel y el metal. Chimeneas, talleres y fábricas formaban parte del paisaje cotidiano de una población que arrastraba además una larga tradición obrera y libertaria. Ovidi creció en una familia humilde, en los años más duros de la posguerra y la dictadura franquista. En aquel entorno, para muchas familias trabajadoras la infancia terminaba pronto.
A los doce años ya estaba trabajando
Ovidi abandonó los estudios muy joven y comenzó a trabajar a los doce años. Antes de poder vivir del teatro o de la música pasó por diferentes empleos. Fue una experiencia compartida por miles de jóvenes de su generación: estudiar era muchas veces un lujo y llevar un jornal a casa, una necesidad.
Ese origen nunca desapareció cuando empezó a ser conocido. Ovidi no construyó posteriormente una identidad obrera para sus canciones. Había conocido directamente lo que significaba trabajar desde niño, depender de un salario y pertenecer a una familia donde el dinero no sobraba.
Del trabajo al pequeño teatro de Alcoi
A comienzos de los años sesenta encontró otra puerta. En 1962 comenzó a participar en el grupo teatral alcoyano La Cassola. Aquellos pequeños espacios de teatro independiente tenían una importancia especial durante el franquismo. No eran únicamente lugares para representar obras: permitían encontrarse, leer autores diferentes y abrir pequeños espacios culturales fuera de los canales oficiales de la dictadura.
En 1964 se trasladó a Barcelona. Allí continuó trabajando en el teatro y acabaría participando en compañías vinculadas a figuras como Adrià Gual y Núria Espert. Mientras intentaba hacerse un hueco en los escenarios aprendió guitarra de manera fundamentalmente autodidacta.
Una guitarra sin conservatorio
Ovidi no llegó a la música siguiendo el camino habitual de un músico profesional. No procedía de conservatorios ni de una familia acomodada capaz de financiarle una formación artística. Aprendió, actuó y fue construyendo poco a poco una manera propia de interpretar.
En 1967 ganó el Festival de la Cançó Universitària y poco después comenzó a integrarse en el ambiente de la Nova Cançó, que utilizaba también la música para recuperar públicamente una lengua perseguida y marginada por el franquismo.
En 1968 apareció La fera ferotge. Después llegarían discos como Crònica d’un temps en 1973, A Alcoi en 1974, Ovidi a l’Olympia en 1975, De manars i garrotades en 1977, Bon vent i barca nova en 1978 y 4.02.42 en 1980.
Alcoi nunca desapareció
Aunque se marchó a Barcelona, Alcoi siguió apareciendo constantemente en su obra. Pero no era el Alcoi de la postal. Era la ciudad industrial de las fábricas, los barrios trabajadores y las familias que habían sobrevivido a la posguerra. También era una ciudad con una memoria obrera extraordinariamente profunda.
Esa procedencia ayuda a entender muchas de sus canciones. Ovidi podía hablar de autoridad utilizando el humor, de pobreza sin convertirla en espectáculo y de política sin transformar cada canción en un discurso. La fera ferotge utilizaba precisamente la sátira para enfrentarse a la autoridad y la represión. En otras composiciones aparecían el miedo, la dignidad, la memoria, el país y las vidas de quienes raramente protagonizaban la cultura oficial.
La poesía salió de los libros
Otra parte fundamental de su trabajo fue convertir la poesía en canción. Interpretó textos de Vicent Andrés Estellés, Joan Salvat-Papasseit, Salvador Espriu, Pere Quart y Josep Maria de Sagarra, entre otros. Su relación artística con Estellés terminó siendo especialmente importante.
En 1980 publicó Coral romput, basado en la obra del poeta de Burjassot. Durante muchos años tuvo además a su lado al guitarrista Toti Soler. No necesitaban una gran producción. Una guitarra, una voz y unas palabras podían llenar el escenario.
Eso permitió también que poemas que quizá nunca habrían salido de determinados círculos literarios llegaran a trabajadores, estudiantes y jóvenes que los conocieron por primera vez escuchando una canción.
Actor, cantante y trabajador del escenario
Ovidi tampoco fue solamente cantante. Desarrolló una extensa carrera como actor de teatro y cine. Participó en decenas de montajes y películas, entre ellas Furtivos, de José Luis Borau; La ciutat cremada, de Antoni Ribas; La verdad sobre el caso Savolta, de Antonio Drove, y años después Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda.
Pero incluso cuando empezó a ser reconocido mantuvo una presencia poco parecida a la de una estrella convencional. Sobre el escenario seguía existiendo algo del trabajador que había sido. Su forma de cantar era directa, algunas veces incómoda, otras irónica y otras profundamente tierna. Parecía más interesado en contar algo que en demostrar que sabía cantar.
Cuando dejaron de publicarle discos
Los años ochenta fueron mucho más difíciles. Después de 4.02.42, publicado en 1980, su producción discográfica prácticamente se detuvo durante años. El mercado musical había cambiado y las compañías buscaban otros sonidos y otros productos. Ovidi continuó trabajando, especialmente como actor, pero perdió buena parte del espacio que había tenido como cantante.
La paradoja resulta especialmente amarga. Un hombre que había trabajado desde los doce años, conseguido llegar al teatro y la música desde abajo y llenado escenarios podía encontrarse nuevamente dependiendo de que otros decidieran si su trabajo tenía sitio en el mercado.
Ovidi siguió cantando cuando podía. Lo que desapareció durante aquellos años no fue el artista, sino buena parte de la industria que estaba dispuesta a publicarlo.
Canciones sin héroes perfectos
La fuerza de Ovidi tampoco estaba en convertir al trabajador en una figura idealizada. En sus canciones había política, pero también amor, sexo, amistad, nostalgia, humor, derrotas, rabia y contradicciones. La gente corriente podía ser generosa o miserable, valiente o cobarde.
Ahí estaba precisamente buena parte de su autenticidad. La clase trabajadora no aparecía como una consigna sino como personas concretas que trabajan, aman, pierden, recuerdan, se ríen y algunas veces se rebelan.
Por eso canciones escritas en otro tiempo continuaron encontrando público mucho después. No necesitaban que quien las escuchara hubiese vivido el franquismo para entender lo que significaba estar abajo, recibir órdenes o negarse a aceptar eternamente las migajas.
Murió cuando preparaba el regreso
Ovidi Montllor murió en Barcelona el 10 de marzo de 1995, con solo 53 años. Estaba preparando un nuevo proyecto discográfico después de aquel largo periodo sin publicar con regularidad. El trabajo debía llamarse Verí Good y quedó inacabado.
Después ocurrió algo que probablemente habría provocado una de sus sonrisas irónicas. El artista al que durante años la industria había ido dejando de lado empezó a ocupar un lugar cada vez mayor en la memoria cultural valenciana. Sus canciones siguieron circulando y músicos de generaciones posteriores comenzaron a reivindicarlo.
Antes que cantante, un trabajador de Alcoi
Con el tiempo resulta fácil quedarse con el Ovidi convertido en símbolo. Pero detrás estaba aquel niño que a los doce años dejó la escuela para trabajar, el joven que participó en un pequeño grupo de teatro de Alcoi y el emigrante que marchó a Barcelona intentando abrirse camino.
Después llegaron los discos, el Olympia, el cine, Estellés, Toti Soler y el reconocimiento. Pero todo aquello llegó después.
Cuando Ovidi Montllor cantaba sobre quienes estaban abajo sabía perfectamente dónde estaba ese abajo. Había estado allí.
Y posiblemente por eso continúa sonando diferente: Ovidi nunca cantó sobre la clase trabajadora desde fuera. Venía de ella.





