La Puerta del Sol vuelve a llenarse de tiendas de campaña. Desde la noche del 26 de septiembre de 2026, centenares de personas convocadas por el Sindicato de Inquilinas mantienen una acampada surgida tras la movilización por el desahucio de Maricarmen, la mujer de 87 años expulsada de la vivienda en la que había residido durante más de siete décadas. La escena conduce inevitablemente al recuerdo del 15M de 2011, aunque los propios convocantes actuales insisten en que se trata de una movilización diferente y con reivindicaciones concretas sobre vivienda. Pero la memoria de las acampadas madrileñas tiene otro capítulo anterior, profundamente ligado al movimiento obrero: el Campamento de la Esperanza de los trabajadores de Sintel en 2001.
Enero de 2001: los trabajadores toman la Castellana
A finales de enero de 2001, trabajadores de Sintel comenzaron a instalarse en el paseo de la Castellana, frente a los ministerios de Economía y Ciencia y Tecnología. Sintel, empresa dedicada a instalaciones y mantenimiento de telecomunicaciones y antigua filial de Telefónica, atravesaba una crisis que había dejado a su plantilla durante meses sin cobrar. La empresa contaba entonces con alrededor de 1.800 trabajadores repartidos por España. Lo que empezó con unas pocas tiendas terminó convirtiéndose rápidamente en un campamento donde llegaron a concentrarse alrededor de 1.500 trabajadores, muchos desplazados desde otras provincias.
La protesta tenía un escenario cuidadosamente elegido. Los trabajadores instalaron su campamento en una de las principales arterias económicas de Madrid, muy cerca del estadio Santiago Bernabéu y frente a edificios ministeriales. Allí estaban quienes llevaban meses sin recibir sus nóminas, rodeados de oficinas, bancos, empresas y centros del poder económico. El campamento recibió un nombre que terminaría formando parte de la historia del movimiento obrero reciente: Campamento de la Esperanza.
De unas tiendas a una pequeña ciudad obrera
La protesta sobrevivió al invierno y las tiendas iniciales fueron dando paso a construcciones hechas con palés, tablones y materiales improvisados. Los trabajadores organizaron el espacio por territorios de procedencia. Había zonas de Andalucía, Cataluña, Asturias y otras comunidades, junto a banderas y pancartas de distintos sindicatos. Con el tiempo aparecieron auténticas calles, plazas y callejones dentro del campamento.
Aquello obligó a organizar algo mucho más complejo que una manifestación. Había que alimentar diariamente a cientos de personas, mantener limpios los espacios, conseguir suministros, organizar turnos, recibir visitas y coordinar las movilizaciones. Se habilitaron comedores y zonas comunes, y cada grupo fue construyendo espacios donde cocinar, reunirse y descansar. El campamento disponía de enseres, electrodomésticos, mantas y almacenes de alimentos. Al terminar la protesta, parte de todo ese material fue entregado a organizaciones sociales.
Una economía propia para resistir
Mantener durante meses a centenares de trabajadores también exigía dinero. En febrero de 2001 ya existían mecanismos colectivos para financiar la protesta. Algunos trabajadores vendían bonos de solidaridad de 200 pesetas y los propios acampados realizaban pequeñas aportaciones. En una de las primeras crónicas del campamento se calculaba que solo uno de esos puestos podía recaudar unas 40.000 pesetas diarias. La solidaridad exterior, las aportaciones sindicales y la propia organización permitieron sostener una protesta que acabaría durando más de medio año.
La vida cotidiana estaba directamente vinculada a la movilización. Una jornada podía comenzar con el desayuno colectivo y continuar, hacia las 10:30 de la mañana, con una marcha hasta el Ministerio de Trabajo. Allí se celebraban concentraciones y asambleas antes de regresar al campamento. Por las tardes podían organizarse nuevas acciones en diferentes puntos de Madrid. El campamento no era el lugar al que los trabajadores regresaban después de protestar: el propio campamento era parte de la protesta.
Cien días y diez nóminas sin cobrar
El 8 de mayo de 2001, la acampada alcanzó sus primeros cien días. Para entonces, alrededor de 1.500 trabajadores seguían viviendo entre tiendas y construcciones de madera en la Castellana. La situación laboral había empeorado: algunas informaciones de aquellos días señalaban que la empresa adeudaba ya diez mensualidades. La convivencia prolongada hizo que vecinos y comerciantes de la zona terminaran formando parte indirectamente de aquella historia; algunos negocios denunciaban pérdidas, mientras otros vecinos expresaban abiertamente su comprensión y solidaridad con los trabajadores.
Durante esos meses las familias también estuvieron presentes. Mujeres, hijos e hijas viajaron a Madrid para visitar a los acampados y participaron en distintas acciones de apoyo. La imagen de centenares de trabajadores viviendo durante meses en pleno centro financiero de la capital consiguió que un conflicto empresarial que podía haber terminado reducido a un expediente laboral adquiriera dimensión nacional.
Una plantilla entera en el paro
La situación de Sintel llegó a un punto extremo durante 2001. En marzo se aprobó un expediente que afectó a 796 trabajadores y, el 31 de julio, el Ministerio de Trabajo aprobó otro que dejó desempleados a otros 960. De esta forma, prácticamente toda la plantilla quedó afectada por la desaparición de la actividad de la empresa.
Mientras tanto, la negociación continuaba. El plan planteado para resolver el conflicto incluía recolocaciones en empresas del sector, jubilaciones anticipadas, bajas incentivadas y mecanismos para afrontar las nóminas pendientes. Los trabajadores mantuvieron el campamento hasta disponer de una propuesta que pudiera ser sometida a decisión colectiva.
3 de agosto: decide la asamblea
El 3 de agosto de 2001, después de más de seis meses viviendo en la Castellana, llegó la votación decisiva. Más de 1.000 trabajadores participaron en la asamblea que debía decidir si aceptaban el acuerdo. Solo hubo ocho votos en contra y nueve abstenciones.
El plan afectaba a unos 1.808 trabajadores y contemplaba la recolocación de entre 800 y 1.000 personas en empresas del sector, además de jubilaciones anticipadas y bajas incentivadas. Las recolocaciones debían comenzar el 1 de septiembre. También se articuló un crédito de 2.500 millones de pesetas, respaldado por el Fondo de Garantía Salarial, para adelantar parte de las nóminas pendientes. Con el acuerdo aprobado, la asamblea decidió levantar el Campamento de la Esperanza.
187 días después
El 4 de agosto de 2001 comenzó el desmontaje. Habían transcurrido 187 días. Más de 200 operarios y decenas de máquinas participaron en la retirada de las estructuras que durante medio año habían ocupado la Castellana. Desaparecieron progresivamente las casetas, las cocinas, los comedores, las calles improvisadas y las construcciones de madera que habían sustituido a las primeras tiendas de campaña.
La última noche reunió nuevamente a trabajadores y familias. Después de seis meses de frío, lluvia, calor, manifestaciones, reuniones y negociaciones, el campamento celebró su despedida. Quedaban detrás 187 días de convivencia y resistencia colectiva, una experiencia difícil de separar del resultado del propio conflicto.
De la Castellana a Sol
Diez años después, en mayo de 2011, la Puerta del Sol volvió a mostrar una imagen que recordaba algunos elementos de aquella experiencia: tiendas de campaña, alimentación organizada, limpieza, asambleas, reparto de tareas y espacios comunes. El contexto y las reivindicaciones del 15M eran diferentes, pero la ocupación prolongada del espacio público volvía a convertir una protesta en una comunidad temporal.
Y 25 años después de Sintel, Madrid vuelve a contemplar otra acampada. La actual comenzó después de la manifestación del 26 de septiembre por el derecho a la vivienda. Según la Delegación del Gobierno, aquella marcha reunió a unas 25.000 personas, mientras que la organización convocante elevó la cifra a 300.000. En Sol han vuelto a aparecer el reparto de alimentos, la limpieza organizada, las actividades y las tareas compartidas entre quienes permanecen en la plaza.
La memoria obrera que precedió a las plazas
Sintel pertenece a otra época y a otro conflicto. Era una lucha laboral protagonizada por una plantilla que reclamaba salarios, empleo y una salida para una empresa que se hundía. El 15M tuvo características distintas y la acampada de 2026 nace alrededor del problema de la vivienda. Equipararlas borraría precisamente lo que hace interesante recordar cada una.
Pero el Campamento de la Esperanza merece ocupar su lugar en esa memoria colectiva. Mucho antes de que las tiendas de Sol se convirtieran en una imagen reconocible de la protesta social, cientos de trabajadores habían demostrado que permanecer en la calle podía convertirse en una herramienta sindical.
Dormieron, cocinaron, discutieron, organizaron asambleas, recibieron solidaridad y salieron una y otra vez a manifestarse.
Veinticinco años después, Madrid vuelve a contemplar tiendas de campaña levantadas alrededor de un conflicto social.
Cambian las generaciones. Cambian las reivindicaciones. Cambian las plazas. Pero algunas formas de organizarse vuelven a aparecer cuando quienes sienten que nadie les escucha deciden permanecer juntos en la calle.





