Hay una frase atribuida a Albert Einstein que ha sobrevivido durante décadas: «No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela». Probablemente Einstein nunca pronunció exactamente esas palabras. Pero importa menos quién construyó la frase que la idea que contiene: comprender algo de verdad significa ser capaz de explicarlo sin esconderse detrás de palabras complicadas.
Por José Pedro Romero.
La idea, de hecho, es anterior a Einstein. En el siglo XIX, el matemático francés Joseph-Diez Gergonne sostenía que una teoría matemática no podía considerarse completa mientras no pudiera explicarse al «hombre de la calle». Décadas después, David Hilbert expresó una idea parecida. Ernest Rutherford también defendió que un descubrimiento científico debía poder explicarse de forma comprensible para alguien ajeno a la ciencia.
Einstein encajó perfectamente en esa tradición porque desconfiaba de la acumulación de conocimientos como simple demostración de inteligencia. Para él, aprender no consistía únicamente en memorizar datos, fórmulas o teorías. La curiosidad, la capacidad de hacerse preguntas y el esfuerzo por comprender estaban por encima de la apariencia de saber.
Cuando las palabras sirven para esconder
La cuestión resulta especialmente interesante fuera de la ciencia. Vivimos rodeados de discursos deliberadamente complicados. Economistas, políticos, empresas, administraciones y expertos utilizan expresiones que muchas veces convierten asuntos relativamente sencillos en territorios aparentemente reservados para especialistas.
Se habla de «moderación salarial» cuando los salarios pierden poder adquisitivo. De «flexibilización del mercado laboral» cuando se facilita modificar las condiciones de trabajo. De «ajustes de plantilla» cuando hay despidos. De «externalización de servicios» cuando un trabajo pasa a manos de una contrata. De «optimización de recursos» cuando se pretende hacer lo mismo con menos trabajadores.
Las palabras nunca son completamente inocentes.
A veces el lenguaje técnico es imprescindible. Una sociedad compleja necesita especialistas y determinados conocimientos requieren conceptos precisos. El problema comienza cuando la complejidad deja de servir para explicar y empieza a utilizarse para impedir que los demás entiendan.
Porque quien controla el lenguaje posee una parte importante del poder.
También ocurre en el mundo sindical
El sindicalismo tampoco está libre de ese peligro. Convenios colectivos, legislación laboral, nóminas, expedientes, prevención de riesgos, negociación colectiva o procedimientos administrativos pueden convertirse fácilmente en una montaña de siglas y términos jurídicos incomprensibles.
Pero detrás de cada uno de esos conceptos existe normalmente algo bastante concreto: tu salario, tu jornada, tus vacaciones, tu seguridad, tu puesto de trabajo o tus derechos.
Un sindicato que solamente habla un lenguaje que entienden sus propios cuadros corre el riesgo de alejarse precisamente de quienes pretende representar.
Explicar un convenio colectivo debería significar que cualquier trabajador pueda saber qué le corresponde. Explicar una nómina debería permitir descubrir si se está cobrando correctamente. Explicar una reforma laboral debería servir para conocer qué cambia realmente cuando alguien entra mañana a trabajar.
Hacer comprensible un derecho también es una forma de defenderlo.
Saber no consiste en parecer inteligente
Existe una vieja tentación intelectual: demostrar cuánto sabemos utilizando palabras que los demás desconocen. La sencillez parece poco sofisticada. Sin embargo, explicar bien algo complicado suele exigir mucho más conocimiento que repetir una definición académica.
Richard Feynman convirtió posteriormente esta intuición en un método de aprendizaje: intenta explicar aquello que estás estudiando utilizando palabras sencillas. Cuando llegues a una parte que no puedas explicar sin recurrir a frases memorizadas, probablemente hayas encontrado precisamente aquello que todavía no comprendes.
Es una magnífica prueba contra la falsa seguridad del conocimiento.
Podemos aplicarla prácticamente a cualquier cosa.
¿Qué es la inflación? ¿Por qué sube un alquiler? ¿Cómo se calcula una indemnización? ¿Qué significa realmente perder poder adquisitivo? ¿Cómo funciona un convenio colectivo? ¿Por qué una empresa puede obtener beneficios mientras reduce plantilla?
Si necesitamos veinte palabras incomprensibles para contestar, quizá deberíamos volver a estudiar la pregunta.
Democratizar el conocimiento
Existe además una dimensión profundamente democrática en todo esto. Durante siglos, una de las formas de conservar el poder fue reservar el conocimiento para unos pocos. Quien conocía las leyes, los procedimientos o las cuentas poseía una ventaja enorme sobre quien debía limitarse a confiar en lo que otros le decían.
Por eso divulgar no significa rebajar el conocimiento. Significa compartirlo.
Una explicación sencilla no convierte una cuestión compleja en simple. Significa haber trabajado lo suficiente sobre ella como para separar lo fundamental de lo accesorio.
Quizá por eso aquella frase terminó pegándose a Einstein aunque probablemente nunca la pronunciara. Representa una forma de enfrentarse al conocimiento que continúa siendo necesaria.
Preguntar. Dudar. Investigar. Comprender.
Y después explicarlo para que pueda entenderlo cualquiera.
Porque el conocimiento que solamente pueden comprender unos pocos puede convertirse en privilegio. El conocimiento que somos capaces de compartir puede convertirse en una herramienta colectiva.





