El XX Congreso Confederal de la CGT no debería ser simplemente el escenario donde se elija un nuevo Secretariado Permanente o se decida quién ocupará la Secretaría General durante los próximos años. Lo que está en juego es bastante más profundo: qué organización queremos ser y, sobre todo, qué significado damos hoy a una palabra que aparece constantemente en nuestras siglas, nuestros documentos y nuestros discursos: anarcosindicalismo.
CGT llega a este Congreso después de años de enfrentamientos internos, desfederaciones, conflictos entre estructuras, impugnaciones, procedimientos judiciales y una fractura que sería absurdo esconder. Podemos discutir las responsabilidades concretas de cada episodio, pero resulta mucho más difícil negar que existe un problema de fondo: progresivamente hemos permitido que demasiadas decisiones se alejen de los sindicatos y se concentren alrededor de estructuras que deberían coordinar la organización, no gobernarla. Y ahí se encuentra, a mi juicio, el principal problema de la etapa encabezada por Miguel Fadrique.
No se trata de convertir el Congreso en un juicio personal contra nadie. El problema no es Fadrique como individuo, sino una determinada concepción de la CGT. Una concepción en la que los órganos de coordinación adquieren cada vez mayor capacidad política, las decisiones tomadas desde arriba terminan condicionando a los sindicatos y la discrepancia interna corre el riesgo de ser considerada un obstáculo que debe neutralizarse en lugar de una parte natural de una organización libertaria. Ese camino conduce hacia un sindicalismo más centralizado, más institucional y, finalmente, más parecido a aquello que históricamente el anarcosindicalismo pretendió superar.
Los cargos no están para mandar
Existe un principio extremadamente sencillo que nunca deberíamos olvidar: en una organización anarcosindicalista los cargos ejecutan acuerdos; no crean poder propio. Un secretario general no es un presidente. Un Secretariado Permanente no es un gobierno. Un Comité Confederal no debería convertirse en un parlamento situado por encima de los sindicatos. La autoridad de CGT nace desde abajo: de la afiliación reunida en sus sindicatos, de sus asambleas y de los acuerdos que posteriormente se coordinan mediante estructuras federales.
Precisamente por eso preocupa cualquier dinámica que invierta esa pirámide. Durante estos últimos años se han sucedido controversias sobre desfederaciones, inhabilitaciones, reconocimiento de estructuras, funcionamiento de órganos confederales y capacidad de los distintos secretariados para intervenir en conflictos internos. También el proceso hacia el XX Congreso ha generado denuncias desde distintos sindicatos sobre ponencias excluidas y sobre las reglas utilizadas para configurar el debate congresual.
Quienes defienden esas actuaciones podrán ofrecer sus argumentos y deberán poder hacerlo. Pero el Congreso debería responder a una pregunta mucho más elemental: ¿queremos resolver nuestras diferencias aumentando el poder de las estructuras o aumentando la capacidad de decisión de los sindicatos? Mi respuesta es inequívoca: los sindicatos.
Federalismo significa aceptar la discrepancia
El federalismo no consiste en permitir autonomía únicamente cuando todos pensamos parecido. Precisamente demuestra su valor cuando aparecen diferencias. Una organización libertaria tiene que soportar la incomodidad de la discrepancia porque esa incomodidad constituye una garantía contra la concentración del poder. Cuando un sindicato cuestiona una decisión confederal, la primera reacción nunca debería ser preguntarnos cómo disciplinarlo, sino cómo resolver el conflicto respetando su autonomía y los acuerdos comunes.
CGT no necesita más disciplina vertical. Necesita más federalismo. No necesita dirigentes fuertes. Necesita sindicatos fuertes. No necesita una dirección que interprete permanentemente qué necesita la organización. Necesita mecanismos que permitan que sea la propia organización quien lo decida. Porque cuando comenzamos a justificar pequeñas excepciones al federalismo en nombre de la eficacia, de la gobernabilidad o de las circunstancias, terminamos construyendo exactamente aquello contra lo que llevamos más de un siglo organizándonos.
Una organización no es sus siglas
También deberíamos evitar otro error: creer que defender CGT significa defender necesariamente sus estructuras actuales. Las organizaciones son herramientas. CGT merece ser defendida porque detrás de esas tres letras existen miles de trabajadores y trabajadoras, secciones sindicales, conflictos laborales, años de militancia y una tradición profundamente vinculada al movimiento libertario. Pero precisamente por eso debemos poder cuestionar sus estructuras cuando consideramos que se alejan de esos principios.
El anarcosindicalismo no puede convertirse en una etiqueta histórica que colocamos delante de cualquier decisión para legitimarla. Tiene consecuencias prácticas. Significa acción directa. Significa autonomía frente a partidos, gobiernos e instituciones. Significa federalismo. Significa apoyo mutuo. Significa democracia directa. Y significa, especialmente, desconfianza hacia cualquier concentración permanente de poder, también cuando ese poder aparece dentro de nuestras propias organizaciones.
El XX Congreso debería servir para reconstruir
Después de cuatro años de enfrentamientos sería un fracaso que el Congreso de Parla terminara simplemente sustituyendo unos nombres por otros mientras permanecen intactos los problemas que nos han traído hasta aquí. CGT necesita reconstruir confianza. Eso exige revisar críticamente lo ocurrido, recuperar mecanismos de garantías capaces de funcionar realmente, devolver protagonismo a los sindicatos y establecer límites inequívocos a las capacidades de cualquier Secretariado Permanente.
También exige algo bastante más difícil: reconocer que ningún sector de CGT posee por sí solo toda la organización. Ni quienes actualmente ocupan responsabilidades confederales ni quienes nos hemos enfrentado a determinadas decisiones podemos construir una CGT libertaria sustituyendo una mayoría por otra y reproduciendo después los mismos mecanismos. Si criticamos el poder cuando lo ejercen otros, debemos rechazarlo igualmente cuando pudiéramos ejercerlo nosotros. Ahí se juega nuestra coherencia.
Volver abajo
Quizá el debate del XX Congreso pueda resumirse finalmente de una manera mucho más sencilla: ¿dónde queremos colocar el centro de gravedad de CGT? Yo quiero verlo abajo. En las asambleas. En los sindicatos. En las secciones sindicales. En quienes cada mañana entran en una fábrica, un hospital, un almacén, una oficina, un autobús o un taller y deciden organizarse con sus compañeras y compañeros.
El anarcosindicalismo nunca necesitó dirigentes que condujeran a las masas. Necesitó trabajadores capaces de organizarse por sí mismos. Por eso considero que la vía centralizadora desarrollada durante la etapa de Miguel Fadrique debe terminar en este XX Congreso. No para sustituir un mando por otro, sino para recuperar una idea mucho más radical: que en CGT nadie mande sobre los sindicatos porque los sindicatos son la CGT.
El Congreso de Parla puede profundizar la fractura o convertirse en una oportunidad para comenzar a cerrarla. Ojalá elijamos lo segundo. Pero reconstruir CGT no significa buscar una autoridad mejor. Significa volver al lugar del que nunca deberíamos habernos alejado: al federalismo, a la autonomía, a la acción directa y al anarcosindicalismo.
SALUD.
Miguel M.F.
- Fuentes:“SELFI” SINDICAL FINAL O “INFORME DE GESTIÓN”:
- DOS CIRCULARES DE ESTA COMISIÓN ORGANIZADORA“
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