Liverpool rojo: cuando el anarcosindicalismo llegó a los muelles británicos

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Mucho antes de que Liverpool exportara al mundo a cuatro músicos con flequillo, la ciudad ya exportaba huelgas, marineros, mercancías y unas cuantas ideas peligrosas. A comienzos del siglo XX, alrededor de sus muelles apareció un pequeño pero activo movimiento anarcosindicalista alimentado por trabajadores británicos, inmigrantes judíos, exiliados y libertarios españoles. Su historia conecta los muelles del Mersey con Francisco Ferrer, el sindicalismo revolucionario y la enorme huelga del transporte de 1911.

Un puerto donde también desembarcaban ideas

Liverpool era uno de los grandes puertos del Imperio británico. Por sus muelles circulaban algodón, carbón, alimentos, manufacturas y trabajadores llegados de medio mundo. Pero los barcos transportaban algo que no aparecía en los registros de aduanas: periódicos, experiencias sindicales e ideas políticas. La ciudad contaba con comunidades inmigrantes importantes y un ambiente obrero donde convivían socialistas, sindicalistas y anarquistas. Entre parte de la inmigración judía existía además una tradición libertaria que contribuiría al desarrollo del anarquismo local.

Hacia 1907 ya existía en Liverpool una pequeña red anarcosindicalista. No era precisamente un ejército: Mat Kavanagh, Jim Dick y alrededor de dos docenas de activistas aparecen entre quienes organizaban reuniones callejeras, grupos de discusión y actividades de propaganda. Defendían ideas que entonces sonaban bastante incómodas: acción directa, organización obrera desde abajo y huelga general como instrumento de transformación social. Eran pocos, pero tenían una ventaja importante: estaban intentando difundir esas ideas en una ciudad llena de trabajadores portuarios, ferroviarios y marineros.

Un español llamado Lorenzo Portet

En esta historia aparece un personaje que parece escrito para una novela: Lorenzo Portet. Nacido en Vic en 1870, relacionado con el movimiento libertario y amigo de Francisco Ferrer, acabó instalándose en Liverpool, donde trabajó como profesor de idiomas. Portet se convirtió en uno de los enlaces entre los sindicalistas revolucionarios de Liverpool y el movimiento libertario español anterior a la Primera Guerra Mundial. Participó además en el International Club de la ciudad, donde se impartían conferencias en inglés, francés y español para trabajadores locales, marineros y estudiantes llegados de distintos países.

La conexión española no terminaba ahí. Francisco Ferrer, impulsor de la Escuela Moderna y defensor de una enseñanza racionalista y laica, visitó Liverpool en aquellos años. Inspirados por aquellas ideas, Portet y Jim Dick participaron en la creación en 1908 de una escuela dominical anarquista en Toxteth. Allí no solo se enseñaba a niños: también se celebraban conferencias sobre cuestiones sociales e históricas. Mat Kavanagh, por ejemplo, habló sobre la Comuna de París. Cuando Ferrer fue fusilado en Barcelona en 1909, su muerte provocó protestas también en Liverpool. Un pedagogo ejecutado a más de mil kilómetros estaba movilizando trabajadores junto al Mersey. El internacionalismo obrero de entonces era bastante más literal de lo que solemos imaginar.

Del aula a los muelles

Aquellas ideas pronto encontraron un escenario mucho mayor. Entre 1910 y 1914 Gran Bretaña atravesó una extraordinaria oleada de conflictos laborales, el periodo conocido como Great Unrest. Mineros, ferroviarios, trabajadores del transporte, construcción y puertos protagonizaron huelgas que en ocasiones obligaron al Estado a desplegar tropas. El sindicalismo revolucionario ganó influencia defendiendo la acción directa y el control de las luchas por los trabajadores de base.

En 1910 apareció la Industrial Syndicalist Education League, asociada a figuras como Tom Mann. Su objetivo era extender las ideas sindicalistas entre los trabajadores británicos. Una parte importante de aquellos militantes no pretendía simplemente crear otro sindicato, sino transformar los existentes desde dentro: superar las divisiones entre oficios, organizar por industrias y conseguir que las decisiones permanecieran en manos de quienes estaban en los centros de trabajo. Liverpool, con sus muelles, ferrocarriles y miles de trabajadores del transporte, era un lugar especialmente adecuado para poner esas ideas a prueba.

1911: Liverpool se detiene

En el verano de 1911 comenzó una sucesión de conflictos que terminaría paralizando buena parte de la ciudad. Primero fueron los marineros; después llegaron los estibadores, trabajadores de remolcadores, almacenes, fábricas y finalmente los ferroviarios. Las victorias de unos animaban a otros a plantear sus propias reivindicaciones. Lo que había empezado como diferentes conflictos laborales comenzó a convertirse en una demostración de solidaridad entre sectores. Las estimaciones históricas hablan de hasta 70.000 trabajadores implicados en el momento culminante de la movilización.

El movimiento consiguió algo que los empresarios tenían buenas razones para temer: que trabajadores de empresas y profesiones diferentes comenzaran a verse como parte del mismo conflicto. Los marineros apoyaban a los estibadores; los trabajadores portuarios respaldaban a los ferroviarios y los comités de huelga adquirían un protagonismo creciente. La idea sindicalista de superar las fronteras de cada oficio dejaba durante unas semanas de ser teoría escrita en un periódico. Estaba ocurriendo delante de los almacenes y las estaciones de Liverpool.

Bloody Sunday

El 13 de agosto de 1911, una enorme concentración obrera ocupó St George’s Plateau. Tom Mann fue uno de quienes se dirigieron a los trabajadores. La jornada terminó con violentas cargas policiales y enfrentamientos que pasarían a la historia local como el Bloody Sunday de Liverpool. Durante los días siguientes llegaron policías de otras ciudades y tropas para garantizar el movimiento de mercancías y proteger convoyes. Los archivos del Modern Records Centre de la Universidad de Warwick conservan fotografías de soldados, policía montada, carros escoltados, detenciones y trabajadores concentrados durante aquellos acontecimientos.

Al día siguiente se convocó la huelga general de los trabajadores del transporte y Liverpool quedó prácticamente paralizada. El movimiento de mercancías necesitaba protección militar y policial. De repente resultaba evidente una realidad bastante sencilla que normalmente permanecía escondida detrás de los balances empresariales: el puerto podía pertenecer a compañías privadas, pero sin trabajadores las mercancías no se movían solas.

¿Fue Liverpool anarcosindicalista?

No. Y precisamente por eso la historia resulta más interesante. Sería exagerado presentar las huelgas de 1911 como una revolución anarcosindicalista. La mayoría de quienes participaron no eran anarquistas. Entre los trabajadores coexistían sindicalistas revolucionarios, socialistas, miembros de los sindicatos tradicionales y miles de personas sin una ideología definida. Los anarcosindicalistas eran una minoría.

Pero algunas de las ideas que llevaban años defendiendo encontraron durante aquellos conflictos una audiencia mucho mayor: acción directa, solidaridad entre diferentes sectores, protagonismo de los trabajadores de base y desconfianza hacia unas direcciones sindicales demasiado alejadas de quienes sostenían las huelgas. Los estudios sobre el sindicalismo revolucionario británico señalan precisamente la presencia de anarcosindicalistas en las huelgas del transporte de Liverpool de 1911.

Liverpool, Barcelona y una internacional sin internet

La historia también rompe la idea de que los movimientos obreros nacionales vivían encerrados dentro de sus propias fronteras. Lorenzo Portet conectaba Liverpool con España; Francisco Ferrer había visitado la ciudad; los anarquistas británicos seguían con atención la experiencia sindicalista de la CGT francesa y trabajadores llegados de diferentes países coincidían en los clubes internacionales del puerto.

No existían redes sociales, videoconferencias ni traducción automática. Existían barcos. Un marinero podía llevar un periódico de un puerto a otro. Un exiliado podía explicar una huelga ocurrida a cientos de kilómetros. Un profesor español podía terminar organizando una escuela libertaria en Liverpool. Y una idea discutida en Francia o Barcelona podía acabar debatiéndose entre trabajadores británicos junto al Mersey. El movimiento obrero también tenía sus propias rutas comerciales.

La otra Liverpool

Hoy resulta casi inevitable asociar Liverpool con fútbol, música y cultura popular. Mucho menos conocida es aquella ciudad de principios del siglo XX donde anarquistas organizaban reuniones callejeras, trabajadores debatían sobre sindicalismo revolucionario y una escuela inspirada por Francisco Ferrer intentaba enseñar fuera de los límites de la educación tradicional.

Aquella experiencia no convirtió Gran Bretaña en un país anarcosindicalista. La Primera Guerra Mundial interrumpió pocos años después el gran ciclo de conflictividad iniciado en 1910 y el sindicalismo británico siguió otros caminos. Pero durante unos años Liverpool demostró hasta dónde podían viajar unas ideas cuando encontraban trabajadores dispuestos a discutirlas y unas condiciones sociales capaces de convertirlas en acción.

Por sus muelles entraban y salían mercancías procedentes de todo el mundo. Las ideas también. Y algunas, para preocupación de los propietarios del puerto, resultaban bastante más difíciles de descargar.

Abrir las fotografías originales de Liverpool 1911 — University of Warwick

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