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Heleno Saña: El sentido de la militancia obrera, hoy

POR UN MUNDO MÁS JUSTO Y MÁS HUMANO

Conferencia impartida en Valencia en el XVIII Congreso de CGT. Febrero 2018.

El escritor y filósofo acudió al 18 Congreso de la CGT y compartió sus pensamientos en una charla. Hoy desde sindicalimo.org recuperamos sus palabras, que continúan en plena vigencia.

Toda toma de posición sobre el mundo actual tiene que partir irrevocablemente de una crítica implacable a las condiciones de vida reinantes; elegir otra actitud significa implícitamente faltar a la verdad más elemental. Pensar es hoy y ha sido siempre en primer término pensar en las personas condenadas desamparadas y humilladas de la tierra, en quienes sin culpa alguna padecen hambre y sed de justicia y son víctimas de la injusticia social. Todo enfoque analítico que no se atenga a este criterio es sospechoso de hacerse cómplice del carácter inhumano del sistema impuesto a la humanidad por los amos del mundo.

Especialmente desde el advenimiento y la puesta en práctica del capitalismo desregulado concebido por Milton Friedman y la Escuela Económica de Chicago, el mundo va de mal en peor. Una vez más, la especie humana vive un nuevo ciclo agónico de su historia. La “sociedad de la abundancia” profetizada en su hora por Galbraith ha pasado a ser cada vez más una sociedad de la escasez y de la penuria. Pero también el “bienestar para todos” anunciado con gran redoble de tambores por Ludwig Erhard pocos años después de terminada la II Guerra Mundial, se ha revelado como la sociedad del malestar en permanencia, no sólo en el aspecto material sino también y ante todo en el aspecto moral, y ello porque la crisis de nuestro tiempo es primigeniamente una crisis de los valores morales, raíz y causa verdadera de las desigualdades y las injusticias socioeconómicas existentes a lo ancho y a lo largo del planeta. Lo primero que hay que tener en cuenta para detectar la verdadera y más profunda índole del mundo contemporáneo es que vive a espaldas de toda ética digna de este nombre. Y el primer signo de este lamentable e indignante estado de cosas es el culto idolátrico que se rinde al principio de lucro y a la propiedad privada, lo que explica a su vez, que lo que por inercia mental seguimos denominando democracia, sea en realidad una plutocracia, sistema de gobierno que Platón consideraba, no por azar, como la peor manera de regir la res publica. Se multiplican no sólo los empleos precarios y mal remunerados, el paro, la pobreza o la miseria abierta, sino que también crece la distancia cada vez más abismal entre las clases poseedoras y las clases desposeídas. Si bien las clases trabajadoras son las que crean la riqueza de la sociedad, son las peor retribuidas y las que menos parte reciben a la hora de distribuir el producto interior bruto. Junto a este escándalo hay que añadir la creciente

corrupción de la casta política y el carácter cada vez más parasitario de las funciones que desempeña, nuestro país como uno de los ejemplos más representativos de esta anomalía. El mismo capitalismo que ha reivindicado siempre el culto a la productividad y al rendimiento como uno de sus atributos centrales, se compone cada vez más de lo que Proudhon llamaba “la casta de los improductivos”.

La sociedad del miedo

Por las razones que acabamos de exponer, la sociedad tardocapitalista se ha convertido en una sociedad del miedo, consecuencia inevitable de la inmisericorde competitividad que impera en todas partes y en todos los ámbitos de la vida interpersonal, social, intranacional e internacional. El principio que rige los destinos del hombre contemporáneo no es el “principio de esperanza” postulado por Ernst Bloch en su famoso libro del mismo nombre, ni tampoco el “principio de vida” reivindicado por Hans Jonas, sino el principio del miedo. El “mi ser es miedo” que Frantz Kafka confesaba en una de las cartas a su prometida Milena a principios del siglo pasado, se ha convertido en una experiencia cada más generalizada del mundo de hoy, empezando por el temor de perder su puesto de trabajo, de ser arrojado a la calle y de convertirse en un paria social carente de pan y, a menudo, de un techo donde poder cobijarse. Cuando dirigimos la mirada al horizonte en busca de un poco de luz, no vemos de ordinario otra cosa que un fondo inextricable de tinieblas. Y este es el sitio indicado para consignar que la explotación física de las clases trabajadoras no es el único daño que el sistema les inflige, sino que en no menor grado son víctimas del daño que sufren en el plano psíquico. Ello

explica que quien más quien menos viva hoy en estado de zozobra, angustia e inseguridad interior. Aumenta en todo caso el número de personas que padecen insomnio y que se ven asediadas de continuo por toda clase de conflictos y traumas anímicos, razón por la cual se acrecienta el número de ellas que tienen que someterse a tratamiento psiquiátrico. Revelador en este contexto es asimismo que el consumo de fármacos, calmantes y soporíferos de la más diversa especie haya pasado a ser un hábito cada vez más extendido, sin hablar ya de la minoría amplia que recurre a la droga o al alcohol para combatir su frustación o al millón de personas que anualmente ponen fin a sus males recurriendo al suicidio. La hora histórica que estamos viviendo se revela cada vez más claramente como el resultado de las peores tradiciones y patologías de la humanidad. El viejo ideal griego de “lo bueno, lo bello y lo verdadero” ha sido sustituido por lo malo, lo feo y lo falso. La paz de espíritu que los grandes maestros y guías de la humanidad han considerado siempre como la condición indispensable para una vida colmada, se ha convertido hoy en un anhelo cada vez más difícil de satisfacer. El regnum hominis postulado por el pensamiento humanista del Renacimiento ha pasado a ser desde hace tiempo el reino de lo inhumano. Acuso por ello a la burguesía de las últimas décadas de no haber aprovechado la derrota del nazismo y el colapso del comunismo soviético para poner en pie un sistema económico y social apto para asegurar una existencia digna y justa a todas y todos los habitantes del globo. La acuso asimismo de haber elegido el egoísmo como única forma de conducta, de no haber cumplido sus promesas de progreso y prosperidad y de haber engañado una y otra vez al hombre con toda clase de mentiras, subterfugios y manipulación de datos.

Conformismo y solipsismo

Para encubrir el carácter destructivo y letal del modelo de existencia implantado por el sistema y aturdir a las masas, los mandamases de turno recurren al viejo y clásico lema del pan y circo. Y el primer objetivo de este recurso estratégico es el de proceder a una manipulación constante de las conciencias, especialmente de la conciencia del pueblo trabajador, que es, por antonomasia, el enemigo potencial al que las clases altas siempre han temido. El lavado de cerebro practicado sistemáticamente por el sistema con ayuda de la industria del entretenimiento y de los medios de comunicación de masas a su servicio, explica el alto grado de conformismo reinante en los países capitalistas. La actitud del individuo medio no es en modo alguno la de enfrentarse a las estructuras represivas e inhumanas imperantes en todas partes, sino la de adaptarse como sea a ellas. El imperativo categórico de su conducta consiste en rehuir todo aquello que pueda empeorar su situación personal dentro del sistema. Con ello ha dejado de practicar las “virtudes sociales” que el filósofo inglés David Hume consideraba, con plena razón, como “ciertamente las más valiosas” y convertido en una mónada encerrada dentro de sí misma. No faltan cierta- mente las almas nobles y altruistas que a título personal o unidas a otras dedican una parte de su energía y de su tiempo a hacer el bien y a protestar públicamente contra las numerosas injusticias, arbitrariedades y aberraciones cometidas día tras día por los poderosos y privilegiados de la tierra, pero el tipo más habitual de conducta es el de recluirse en su privacy e inhibirse de todo aquello que no le afecte personalmente. Y cuando sale a la calle no es generalmente para alzar su voz contra los atropellos que ve a su alrededor, sino para vociferar al unísono con otros individuos como él en los estadios deportivos y otros espectáculos de masas. El espíritu de nuestro tiempo se inclina en todo caso a silenciar y a combatir todos los valores y modos de ser que serían precisamente los

necesarios para poner fin a la angustiosa situación en que se encuentra el mundo. El ciclo histórico que se vanagloria de ser la era de la comunicación por antonomasia, se ha revelado en verdad como la era de la incomunicación y el solipsismo. El prójimo se ha convertido hoy en un estorbo, en un rival o en algo indiferente y ha dejado de ser, por ello, posibilidad o promesa de amistad, de comunicación y de enriquecimiento mutuo. Ortega y Gasset tenía plena razón al señalar en su obra “La rebelión de las masas” que la “civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia” y que “se es incivil y bárbaro en la medida que no se cuenta con los demás”. Convivencia es hoy casi exclusivamente competencia; de ahí que todo lo que no sea rentabilidad y provecho propio es considerado como carente de interés, empezando por la cortesía, los buenos modales y los lazos amistosos, modos de ser y de comportarse cada vez más infrecuentes. Los moradores de los modernos bloques de viviendas no tienen apenas contacto entre sí; muchos ni siquiera se saludan, y si lo hacen es de manera mecánica e impersonal. Cuando no había automóviles, televisión, ordenadores, videos y teléfonos móviles, la gente hablaba entre sí y compartía las alegrías y las penas de sus semejantes. Ahora pasa de largo con la mirada ausente y las llaves del coche en la mano. ¡Cuánta razón tenía Paul Ricoeur al consignar que “vivimos en un mundo sin prójimos”!

Pobreza espiritual

Una de las cosas que más me importa comunicar es que la codicia material y el amor a la riqueza que tanto predominan en la sociedad tardocapitalista de nuestros días, son en último término un producto directo de la pobreza espiritual. No otra cosa quería expresar el gran Albert Camus al escribir en sus “Carnets”: “Toda vida orientada hacia el dinero es una muerte”. Quienes cometen el desdichado error de creer que lo más importante es amasar la mayor fortuna posible, ignoran que con esta actitud están cerrándose el paso para tener acceso a los bienes inmateriales indispensables a toda vida realmente colmada. No tener ojos para otra cosa que para la crematística, significa cometer suicidio espiritual. ¿Cuándo se comprenderá que existe no sólo una indigencia material sino también una indigencia del espíritu? Los verdaderos miserables de la tierra no son los que carecen de los recursos materiales más elementales, sino los responsables y culpables de este crimen. Y aquí es el momento de señalar que no hay tarea más noble y alta que la de solidarizarse con los sectores humildes de población y, a la inversa, no hay actitud más baja y más mezquina que la de identificarse con los estratos pudientes.

Cultura

“¿Qué es cultura?”, se preguntaba aquel gran humanista llamado Hugo Ball, interrogante al que respondía con las siguientes palabras: “Tomar partido por los pobres”. Estas palabras, escritas hace aproximadamente un siglo, conservan su plena vigencia. Por mi parte diré que en este aspecto crucial vivimos una época inmensamente ignorante, ya que el denominador común es el de tomar

partido por los ricos, no por sus víctimas. ¿Cómo explicarse sino el culto que se rinde al Becerro de Oro y al reino de Mammon? Se tiene un concepto falso de lo que significa cultura, y el primer error es el de considerar que cultura es erudición y acumulación de conocimientos teóricos. Frente a este planteamiento intelectualista, hay que dejar bien sentado que verdadera cultura es ante todo cultivo y fomento de los dotes morales de la persona. No otra cosa quería expresar el pensamiento griego clásico al definir la cultura como virtud o areté. Ser un individuo virtuoso significaba para los antiguos griegos participar en los asuntos de la polis o comunidad. Y quien no cumplía con esta dimensión social de la virtud era calificado despectivamente de idiotes, esto es, del individuo que sólo se ocupaba de sus negocios particulares y se desentendía de los problemas comunes. No necesito subrayar la actualidad de lo que estoy rememorando aquí. Lo que se entiende hoy por cultura es una pseudo o falsa cultura desligada de todo trasfondo o motivación moral y societaria. Y el ejemplo más a mano nos lo suministra la pedagogía que se imparte en los centros docentes, cuya sola y única finalidad es la de transmitir al alumnado un tipo funcional y técnico de conocimientos que le permitan adaptarse lo mejor posible a los desafíos profesionales, personales y sociales de la vida moderna. Es por otra parte archiconocido que los programas de enseñanza practicados en las cátedras universitarias son un fiel reflejo de los intereses de los lobbies y grupos de presión capitalistas.

La cultura obrera

Frente a este tipo bastardo de cultura hoy predominante, a la clase obrera pertenece el honor y la suerte de disponer de una herencia cultural dotada de un gran valor moral y humano. La grave crisis cuantitativa y cualitativa que atraviesa el sindicalismo mundial, ha relegado casi completamente al olvido la ingente obra emancipativa y manumisora que sus militantes llevaron a cabo en la fase heroica y clásica de la lucha de clases. Reactivar y reactualizar esta grandiosa herencia constituye el primer paso que la militancia obrera debe dar para superar la profunda crisis que sufre e iniciar y poner en marcha sobre una base sólida su proceso de recuperación. No pocos oyentes no dejarán sin duda de preguntarse en este contexto: ¿Cómo va a ser posible que un proletariado tan débil e indefenso como el actual emprenda una tarea tan titánica cómo la que tú sugieres? A lo que

respondo: las grandes gestas históricas han nacido siempre de los estratos débiles de población, no de los fuertes y poderosos. Y si recuerdo esta ley histórica siempre repetida es para indicar que la debilidad del movimiento obrero presente no es óbice para que asuma la difícil pero no imposible misión de luchar por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más ajustado a las verdaderas necesidades de la humanidad. Y hay que entregarse a esta tarea sin preguntarse de antemano los frutos que aportará. Pensar de otra manera significa a mi modo de ver, caer en una visión utilitarista de esta problemática y sucumbir a lo que Max Horkheimer llamaba “razón instrumental” y Ernst Bloch “ideología del cálculo”, que son los modos de pensar propios de la burguesía. Ofrecer resistencia al sistema de valores vigente ha de partir de un impulso moral espontáneo y ajeno a toda especulación sobre el resultado final de esta actitud. Cuando es verdadera, la decisión de tomar partido por el bien y la justicia incluye a priori la aceptación del riesgo de fracasar. Por mi parte comparto enteramente el criterio expresado por Jean-Paul Sartre en “La náusea”: “Solo los cerdos creen ganar”. La primera regla a seguir es por ello no confundir nuestro compromiso moral con el éxito que pueda obtener. Hermann Hesse ponía el dedo en la llaga al decir por boca del protagonista de su gran novela “El lobo estepario”: “Tu lucha, Harry, no perderá su sentido por el hecho de que no sea coronada por el éxito”. Por mi parte digo: en última instancia y en el sentido más profundo de la palabra, sólo se puede hablar de éxito o de victoria cuando nuestra manera de obrar persigue fines altruistas. Ser humano en un mundo deshumanizado como el que estamos viviendo no puede consistir en otra cosa que en tomar partido por las personas oprimidas y humilladas de la tierra, una opción que, lejos de ser un lastre, constituye un privilegio y un honor y la forma más idónea de dar a nuestra vida el mayor sentido posible.

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