Sacco y Vanzetti: la historia de los anarquistas italianos condenados sin un juicio justo y ejecutados en la silla eléctrica
No eran unos criminales. Su mayor delito fue ser anarquistas. Y los ejecutaron como criminales solo porque eran anarquistas. Y porque eran extranjeros, italianos. Y porque eran inmigrantes. A veces, el pasado regresa cargado de infamia.

El drama que acabó con la vida de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti tuvo como escenario los Estados Unidos y los años que van desde 1919 a 1927, los primeros años de la revolución bolchevique triunfante en Rusia y los de los inicios de la gigantesca guerra civil, a menudo larvada y sin trincheras, que envolvió al mundo desde entonces y quién sabe si ha terminado.
En esos años, en Estados Unidos, el anarquismo era igualado con el bolchevismo y como una amenaza gravísima al capitalismo floreciente de ese país, que había entregado la vida de miles de sus jóvenes en las trincheras europeas para restaurar, o intentar restaurar, un mundo amenazado. Así tomaron a Sacco y a Vanzetti, como una amenaza grave a la integridad de un país.
A Sacco y Vanzetti, que se convirtieron casi en una sola persona, los ejecutaron en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927, hace noventa y nueve años, por un delito que no habían cometido. De alguna forma, fueron condenados antes de ser enjuiciados; y aún antes de sus ejecuciones, aquel zapatero y aquel vendedor ambulante de pescado desataron un movimiento mundial de protesta, vano, desnudaron un sistema judicial corrupto, prejuicioso, xenófobo y racista que terminaría por conmover los cimientos de uno de los pilares de la democracia americana que ensalzaba un poder judicial independiente de antojos y caprichos y capaz de llevar adelante un juicio justo, en base a la presunción de inocencia, a cualquier persona que fuese acusada de un delito.
Muchos años después de las ejecuciones en la silla eléctrica de Sacco y Vanzetti, a inicios de los años 70 del siglo pasado, volvió a reabrirse el debate sobre sus muertes injustas: ambos fueron rehabilitados en 1977. ¿Quiénes eran esos dos obreros humildes a los que el anarquismo convirtió en bandera? No eran dos santos de los altares; por el contrario, eran dos activistas del anarquismo pesado de la época, encarnado en la gigantesca inmigración que llegó a aquel país conformado por inmigrantes.
Sacco era zapatero. Había nacido en 1891 en Torremaggiore, Foggia, en la región de Apulia, en el talón de la bota italiana. Había llegado a Estados Unidos a los diecisiete años y se había vinculado enseguida con el anarquismo que impulsaba la “violencia revolucionaria”, los atentados con explosivos y los asesinatos.
Vanzetti era tres años mayor; había nacido en 1888 y en una familia humildísima, en Villafaleto, en el norte piamontés, un pueblo pequeño que hoy no llega a los cuatro mil habitantes. Era pastelero a los trece años y, luego de la muerte de su madre, en 1908, a sus veinte años, emigró a Estados Unidos y se instaló en Plymouth, Massachusetts.
En 1913, con veinticinco años, Vanzetti era miembro de un grupo anarquista dirigido por otro italiano, Luigi Galleani, que dirigía un periódico, “Cronaca Sovversiva (Crónica Subversiva)”. También enseñaba a sus lectores a fabricar explosivos caseros. Sus publicaciones se distribuían con generosidad entre sus seguidores. Para entonces, los anarquistas italianos eran los enemigos públicos número uno del gobierno y en especial de las autoridades de Massachusetts.
Galleani y sus fieles eran los principales sospechosos de varias explosiones que habían sacudido el Estado, y de varias palizas aplicadas a quienes, contratados por las empresas afectadas por las huelgas anarquistas, las habían roto. Fue en el grupo de Galleani en donde trabaron amistad Sacco y Vanzetti, que se había convertido ya en ciudadano americano y vendía pescado por las calles.
Cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, en 1917, y un año antes de la paz, un grupo de “galleanistas” escapó a México para evitar ser reclutados: con ellos iban Sacco y Vanzetti. Esa huida iba a ser un agravante en el juicio que les siguieron a ambos. Según los estudios académicos sobre el anarquismo que surgieron mucho después, aquel viaje a México formó parte también de un plan de formación y de adiestramiento: el “galleanismo” pensaba que era inminente un estallido político y social en Italia, a modo de réplica vigorosa de la Revolución Rusa. Cuando esas ilusiones se esfumaron, el grupo regresó a Estados Unidos y a sus atentados dinamiteros contra figuras del gobierno local. Los estadounidenses definían ese accionar anarquista como “El terror rojo”.
El mundo vivía convulsionado en 1919, pese a la paz que había llegado en noviembre del año anterior: fue el año de la Conferencia de Versalles, que impuso durísimas condiciones a la Alemania derrotada; de la reunión en Moscú de la Tercera Internacional comunista y el año en el que Benito Mussolini fundó el fascismo en Italia; también fue el año en que se extendieron las luchas sociales y la dureza política.
En abril, varias bombas enviadas por correo llegaron a las casas de jueces, de miembros del gabinete y de funcionarios de Massachusetts, y en junio Galleani y ocho de sus principales seguidores fueron detenidos y deportados a Italia. El resto de los militantes de su grupo continuó con sus ataques: una bomba destinada al fiscal general del Estado, Mitchell Palmer, estalló en las manos del anarquista Carlo Valdinocci y lo mató en el acto.
El 24 de diciembre de 1919 en Bridgewater, Massachusetts, un fallido intento de robo a los pagadores de una fábrica de zapatos se convirtió en la piedra angular del caso Sacco y Vanzetti. En el robo pasó nada: no hubo heridos, ni disparos, ni los ladrones llegaron a robar dinero alguno. Pero cuatro meses después, el 15 de abril de 1920 y en South Braintree, un municipio del condado bostoniano de Norfolk, fueron asaltados y asesinados Frederick Parmenter y el custodio Alessandro Berardelli, que transportaban el dinero para la paga de sueldos de los obreros de otra fábrica de zapatos. El botín fue de 15.776,51 dólares. Las autoridades afirmaron que del robo y los asesinatos habían participado cinco personas, en dos autos, y que todo había sido planificado a la perfección.
El jefe de policía, Michael Stewart, el fiscal Frederick Katzmann y un grupo de detectives de la legendaria agencia Pinkerton, dieron con los autos usados en el robo y con uno de los sospechosos, Mario Boda, conocido como “Mike Buda”. Lo detuvieron en una redada el 5 de mayo de 1920 junto a otros tres hombres: un tal Ricardo Orciani, y Sacco y Vanzetti. Boda y Orciani escaparon en una moto. Sacco y Vanzetti a pie: los detuvieron a bordo de un tranvía, los dos armados. Sacco llevaba una pistola Colt, automática, calibre treinta y dos. Vanzetti, un revólver calibre treinta y ocho. Dijeron que esas armas eran para protegerse.
A los dos los acusaron del robo en Bridgewater, en diciembre del año anterior. Sacco tenia una coartada: pudo demostrar con su tarjeta de entrada y salida que había estado todo el día del robo en la fábrica de zapatos. Vanzetti presentó dieciséis testigos que juraron haberle comprado anguilas la tarde de aquel robo: todos los testigos eran italianos y, de Plymouth.
Un abogado y jurista famoso de Boston, James Vahey aconsejó a Vanzetti que no declarara por temor a que su militancia anarquista condicionara al jurado. Fue un error grave, de principiante y no de jurista famoso: la falta de testimonio de Vanzetti hizo que el jurado lo creyera y lo declarara culpable. Vanzetti creyó, tal vez con razón, que aquel “yerro” de su abogado había sido una trampa. Gritó en referencia a Vahey: “¡Me vendió por treinta monedas, como Judas a Jesucristo!”
Presidía aquel juicio el juez Webser Thayer, un jurista graduado en la Universidad de Dartmount, que había sido nombrado en la Corte Suprema de Massachusetts en 1917. Era un buen abogado, pero un enemigo acérrimo de los italianos y de los anarquistas. A los primeros los llamaba “bachicha” y a los segundos los consideraba enemigos de los Estados Unidos. Dos meses antes del juicio contra Sacco y Vanzetti, Thayer criticó con furia a un jurado que había declarado inocente al anarquista Sergei Zabraff.
Durante el juicio contra Vanzetti por el robo en Bridgewater, Thayer también despreció al nuevo abogado de los acusados, Fred Moore, a quién negó varias mociones, pedidos de pruebas y peritajes, y a quien descalificó frente a la prensa: “¡Ningún anarquista de pelo largo de California va a llevar por delante a esta Corte”! En privado, Thayer dijo que Sacco y Vanzetti eran “¡Bolsheviki!” y que él se iba a encargar de “castigarlos bien y de forma adecuada”.
Vanzetti fue condenado a diez años de cárcel por el robo de diciembre de 1919 en Bridgewater. Con Vanzetti condenado y con Sacco a punto de ir a juicio por el robo y asesinato en South Braibtree, se abrió un nuevo juicio contra los dos anarquistas: el segundo para Vanzetti. Thayer pidió ser el juez del caso y lo nombraron. Después del proceso que envió a los anarquistas a la silla eléctrica, el Boston Globe afirmó en un editorial que Thayer “se manejó en forma indigna y de una manera que no se ha visto en treinta y seis años”. Frank Sibey, otro periodista del mismo medio escribió una protesta formal al fiscal general de Massachusetts en la que condenaba el favoritismo del juez Thayer.
Tres años después de que un jurado hallara culpables a Sacco y Vanzetti y antes de que fuesen condenados a muerte, Thayer denegó cinco pedidos para que se celebrara un nuevo juicio, a raíz de todas las irregularidades halladas en el primero. El juez dijo también a un abogado del foro local: “¿Vio lo que hice con esos bastardos anarquistas el otro día? ¡Creo que eso los va a detener un poco! ¡Que vayan a la Corte Suprema y vean qué es lo que pueden hacer allí!” Pero estas expresiones se conocieron en 1927, cuando Sacco y Vanzetti habían sido ya ejecutados.
En el primero de los juicios contra Vanzetti, la fiscalía y el juez Thayer centraron sus argumentos en la condición de anarquista del acusado, más que en probar su participación en el robo de Bridgewater. Ahora, en el segundo juicio que empezó el 31 de mayo de 1921, Thayer y el fiscal Katzmann también intentaron demostrar las conexiones de Sacco y Vanzetti con el anarquismo, algo que no era difícil certificar, más que probar su participación en el asesinato del pagador Parmenter y del custodio Berardelli en el asalto de South Braintree.
Pero el nuevo abogado de los italianos, Moore, el anarquista de pelo largo de California según el juez Thayer, modificó la estrategia defensiva: si la acusación quería politizar el juicio, la defensa haría lo mismo. Hizo que Sacco y Vanzetti se declararan anarquistas, alegó que esa parecía ser la cuestión de fondo para el tribunal y no el de esclarecer un robo seguido de asesinato; señaló las arbitrariedades del tribunal, lo acusó de pretender dar un escarmiento al movimiento anarquista italiano, pidió peritajes independientes porque desconfiaba de los policiales, tal vez con razón, repartió panfletos, convocó a marchas y puso el caso en conocimiento de organizaciones sindicales de Estados Unidos y del mundo.
Fue un gran escándalo que puso en juicio al sistema legal estadounidense, la calidad del orden público, los verdaderos alcances de las garantías constitucionales, el significado de patriotismo, racismo y xenofobia latentes en la corte. El juicio duró seis semanas y terminó el 14 de julio. Ese día, el jurado declaró culpables a Sacco y a Vanzetti. El juicio se basó en las pruebas materiales, en particular en las balas, las armas y en una gorra hallada en la escena del crimen. Hubo muchas dudas sobre la pericia balística presentada por la fiscalía de Katzmann y, años después, la defensa sugirió que el fiscal había sustituido la bala fatal que mató a Parmenter para hacerla coincidir con el arena que llevaba encima Sacco cuando lo detuvieron.
Los testigos del asesinato del pagador juraron que el asesino había vaciado el tambor de su revólver en el cuerpo de Parmenter. Pero sólo una bala coincidía con la pistola de Sacco. El arma que decían era de Vanzetti usaba balas calibre treinta y ocho, mientras que las balas que habían matado a Parmenter y al custodio Berardelli eran calibre treinta y dos. En cuanto a la gorra hallada en la escena del crimen, Sacco aceptó probársela ante la Corte y ante todo el mundo: era chica. Y así lo registraron los dibujantes de la Corte, donde no se podían tomar fotos. Katzmann insistió en que la gorra le quedaba bien y durante el resto del juicio habló de ella como si en verdad hubiese sido del anarquista.
Hasta los testigos se contradijeron. Uno de ellos, Mary Splaine, llamada por la fiscalía, había identificado a Sacco como autor de los disparos desde un auto en marcha, pero luego admitió que había visto el auto con el tirador desde media cuadra de distancia.
Varios testigos de la fiscalía identificaron a Sacco y a Vanzetti, pero muchos más testigos, de ambas partes, se negaron a hacerlo. A los jurados le bastaron tres horas, incluida la pausa para la cena, para declararlos culpables. Les cabía la pena de muerte en la silla eléctrica.
Empezó entonces una batalla legal que duró seis años y que llegaría a sacudir a todo el mundo. La fiscalía defendía el veredicto, pero la defensa de Moore lo denunciaba: tres testigos clave admitieron haber sido coaccionados para identificar a Sacco en la escena del crimen. Pero cambiaron su testimonio a la hora de enfrentar al fiscal Katzmann. En 1923, Moore denunció que el presidente del jurado había dicho antes del juicio: “Malditos, deberían ahorcarlos de cualquier manera”.
Ese mismo año, el capitán de policía William Proctor se retractó de su testimonio en el juicio, que relacionaba a Sacco con el arma homicida: dijo que le había dicho a Katzmann que no existía tal conexión, pero que el fiscal había dirigido el interrogatorio de tal manera que él no había podido dar su opinión. En 1924 se descubrió que el tambor del arma de Sacco había sido cambiado antes de la comparación balística. Sacco y Vanzetti pedían un nuevo juicio, pero el juez Thayer lo negó.
La verdad era que la condena de Sacco y Vanzetti olía a podrido y un movimiento mundial de simpatía y adhesión hacia los condenados crecía con el correr de los meses. A ese movimiento se unieron intelectuales socialistas como Dorothy Parker, Edna St. Vincent, Bertrand Russell, John Dos Pasos, Upton Sinclair, George Bernard Shaw y H.G. Wells entre otros muchos. Un prestigioso jurista y futuro juez de la Corte Suprema, Félix Frankfurter, también pidió un nuevo juicio para los anarquistas italianos y redactó una dura crítica contra el juez Thayer, publicada en el Atlantic Monthly en 1927.
En su prisión en la cárcel de Dedham, Sacco conoció a un portugués que en 1925 dijo que había cometido el asesinato por el que lo habían condenado. La confesión de Celestino Medeiros generaba dudas por algunas incoherencias, pero hizo que la defensa de los dos italianos buscara nuevas pruebas. Llegaron a una banda liderada por un tal Joe Merelli, de asombroso parecido físico con Sacco. Morelli negó todo, pero, seis años después confesó el crimen a un abogado de New York: Sacco y Vanzetti ya habían sido ejecutados. La apelación que exigía un nuevo juicio fue negada por el juez Thayer y el portugués Medeiros fue electrocutado la misma noche en la que murieron Sacco y Vanzetti.
A pesar de las protestas, de los movimientos solidarios, de las huelgas desatadas en todo el mundo, pero en especial a pesar de las dudas que generaba todo el proceso legal en su contra, Sacco y Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927. Sacco tenía treinta y seis años y Vanzetti treinta y nueve; ambos rechazaron recibir los auxilios de un sacerdote y marcharon serenos a la muerte. Sacco murió después de decir en italiano “¡Viva la anarquía!” y Vanzetti estrechó la mano de sus guardias, les agradeció el trato y leyó un breve texto: “Deseo perdonar a algunas personas por lo que me están haciendo ahora”. Luego murmuró: “Addío mía madre”.
La ejecución desató una ola mundial de protestas, la mayoría desplegada por el anarquismo. En París fue atacada la embajada de Estados Unidos y el embajador recibió en su casa una bomba que hirió a su valet; en Buenos Aires, el anarquista Severino Di Giovanni, que sería fusilado en 1931, también colocó una bomba en la embajada americana y explosivos en otras instituciones ligadas a ese país. Otros artefactos similares, dirigidos a las legaciones diplomáticas estadounidenses en Europa, fueron desactivados a tiempo. En Massachusetts, una bomba fue desarmada en la casa del gobernador, Alvan Fuller. Otra, en cambio, demolió la casa de uno de los jurados del caso y otra derrumbó también la casa del ejecutor de la condena, Robert Elliot.
En los meses siguientes estallaron explosivos en el metro de Nueva York, en una iglesia de Filadelfia y en la casa del alcalde de Baltimore. El juez Thayer también fue víctima de un intento de asesinato: una bomba derrumbó parte de su casa e hirió a su mujer y a su ama de llaves. Vivió con custodia policial permanente, protegido durante las veinticuatro horas hasta su muerte, el 18 de abril de 1933, por una embolia cerebral.
Sacco y Vanzetti legaron su testamento político en mensajes que escribieron en prisión a los trabajadores del mundo, entre ellos a los argentinos, y al movimiento anarquista. Las cartas que dejaron a sus familiares, en especial la carta de Sacco a su hijo Dante, son de un hondo humanismo. Fueron velados durante tres días, a ataúd abierto, en la Longone Funeral Home del barrio italiano de Boston. Cerca de doscientas mil personas los acompañaron, todos custodiados por la policía montada, hasta el Forest Hill Cemetery, el único que contaba con crematorio porque ambos pidieron ser cremados.
Muchos de los manifestantes que los acompañaron en aquel viaje último llevaban en el brazo derecho un brazalete en el que se leía: “Justice Crucified – Justicia crucificada”. El sistema judicial estadounidense nunca pudo quitarse de encima la mácula de haber abandonado en el caso Sacco y Vanzetti uno de los principios básicos del derecho: la presunción de inocencia.
A inicios de los años 70, el cine rescató la historia de los dos anarquistas italianos. La película la dirigió Giuliano Montaldo, con tres o cuatro actuaciones brillantes: Gian María Volonté como Vanzetti, Ricardo Cucciola como Sacco, Rossana Fratello como la mujer de Sacco. A modo de coro griego, el film contó con una música excepcional del gran Ennio Morricone, en especial la balada “That’s to you, Niccola and Bart – Esto es para ustedes Nicola y Bart” que Joan Baez pidió cantar para el film: fue un himno de la época.
En 1977, el gobernador de Massachusetts. Michael Dukakis ordenó una investigación que estableció por fin que Sacco y Vanzetti habían sido injustamente procesados, que no habían recibido un juicio justo y que “cualquier deshonor debería ser para siempre borrado de sus memorias”. Dukakis estableció el 23 de agosto como el Día de Sacco y Vanzetti, “con el propósito de remover todo estigma de sus nombres”.
