La tarea de la razón en el mundo crepuscular

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¿Por qué una nueva edición de La revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti?

«El anarquismo es el peatón que va por las calles de la historia y lucha junto con los hombres tal como son, y construye con las piedras que le proporciona su propia época.»
—Camilo Berneri.

Durante la década de los setenta hubo en el Estado español un movimiento obrero autónomo, «salvaje», acompañado de un renacimiento libertario. El franquismo se revolcaba en el fango de una crisis sin salida, y si el proletariado no había cambiado de objetivos finales, a saber, la autogestión de la sociedad, el simple conocimiento del pasado, de su pasado, era fundamental. Solo así los nuevos protagonistas de la lucha de clases podían comprender la posición real que ocupaban en la sociedad presente, cuál era su finalidad, y hacia dónde podían avanzar. Pero el pasado permanecía mitificado. Los vencidos suelen compensar las derrotas elevándolas al altar. Dentro de una perspectiva revolucionaria, era necesaria una desmitificación mediante una revisión crítica de la historia de la guerra civil. Los hechos de mayo del 37 constituían el momento crucial de la Revolución española y por tanto debían ser el eje de esta revisión. Y Los Amigos de Durruti, el elemento lúcido y ejemplar que había que resaltar. Balius todavía estaba vivo.

Un muro de dificultades me impidieron escribir la verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti y, cuando ya podía hacerlo, la situación había cambiado radicalmente. La sociedad capitalista es hiper-dinámica y se renueva sin parar, aprovechando todo lo que se le pone delante, sea bueno o malo. Debido a los pactos sociales, a la reconversión de la industria, a la expansión del funcionariado y al trabajo de zapa de los sindicatos oficiales, la clase obrera se había disgregado, ya no aspiraba a una transformación social profunda, ni tenía ideales por los cuales combatir. A finales de los 80, sobrevivía desvinculada de cualquier meta transgresora. Nunca pasó a la ofensiva contra el capital, por lo que los organismos autónomos no pudieron consolidarse, ni las finalidades revolucionarias concretarse.

La organización de pequeños sindicatos libertarios abrió la puerta a estériles disputas burocráticas, y obviamente, no aportó ninguna solución al enorme retroceso proletario. Entonces, el mundo del trabajo sufrió las consecuencias de los rápidos cambios capitalistas. La principal, la pérdida de centralidad de los trabajadores en la economía. La clase dirigente imponía sus reglas neoliberales. Atomizado, pasivo y sometido a liderazgos espurios, el proletariado ya no era un factor político y social a tener demasiado en cuenta por parte de la clase dirigente. Menos todavía el anarquismo, su fallida punta de lanza.

Sin embargo, la publicación de La revolución traicionada removió los residuos de aquel naufragio, colocando a los nuevos libertarios ante un dilema histórico no resuelto. La revelación de un anarquismo de Estado bien patente más allá del ministerialismo, tuvo efectos desmitificadores muy positivos e hizo más difíciles las adhesiones sentimentales a siglas devaluadas. Los historiadores orgánicos del anarcosindicalismo nunca han podido con eso. Tampoco la indiferencia desdeñosa de los nuevos pequeños burócratas.

Igualmente, la primera edición fue útil para obstaculizar las manipulaciones de los historiadores profesionales destinadas a legitimar el régimen vigente desde la universidad. El golpe de Estado nunca fue un simple levantamiento ilegal contra un régimen democrático, sino una contrarrevolución que pronto mostraría dos vertientes. Por encima de todo, en julio del 36 se emprendió una revolución obrera y campesina que se perdió en medio de concesiones al Estado forzadas por una guerra civil en nombre de un antifascismo ficticio.

Bien. Los cambios sociales tan intensos y exhaustivos provocados en la masa asalariada por el consumismo, la internacionalización de los mercados, el extractivismo, el desarrollo exponencial de la tecnología y el refuerzo sin precedentes de las capacidades represivas del Estado, hacen que la cuestión social sea hoy mucho más compleja de plantear que en los años setenta y ochenta; no digamos ya en los años treinta. La clase obrera no es la misma. Tampoco es demasiado clase, ya que no tiene la cohesión suficiente. De entrada no es la principal fuerza productiva y esta característica sustrae toda impronta anticapitalista a la lucha sindical y el obrerismo político. El concepto abstracto de «clase obrera» portadora de virtudes revolucionarias solo es el reflejo de la demagogia friki de las impotentes sectas populistas. El sujeto de la revolución se configurará a medida que las nuevas luchas salgan adelante en los diferentes frentes abiertos y se alejen tanto de la administración estatal como de los elementos políticamente equívocos.

La distancia en el tiempo nos permite una mayor objetividad y, por tanto, un mayor acercamiento a la verdad histórica, aquella que según el conocido dicho «nos hará libres». Hoy en día, la nueva publicación, aunque bastante ampliada, puede no ser demasiado provechosa de manera directa, en los detalles, para los rebeldes actuales; pero viene a reafirmar la separación completa entre sociedad civil y Estado como punto de partida de cualquier proceso revolucionario, y el carácter reaccionario de cierto antifascismo de tipo burgués o pequeñoburgués. Eso resulta básico para la elaboración de una estrategia rompedora o, como decía antes, de clase. También la posesión de más datos facilita un estudio de la psicología de los protagonistas y de su evolución ideológica, como es el caso de Balius. Y precisamente este aspecto, ligado a su paso del separatismo insurreccional al anarquismo revolucionario, y por tanto a la deserción de las filas de la pequeña burguesía por una causa superior, universal y liberadora, es lo que devuelve al presente su lectura.

Miquel Amorós
Charla del 29 de abril del 2026 con Luis Blanco en la libreria Anònims de Granollers.