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Historia Memoria

Infancia, juventud y sindicalismo a principios del siglo XX

A propósito de una obra en construcción, un joven y su encuentro con la clase obrera organizada

Por Ludmila Scheinkman *
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Las anécdotas de la infancia de quien sería luego un dirigente comunista del gremio de la construcción invitan a  reflexionar sobre las condiciones laborales, la violencia en el sitio de trabajo y el encuentro con el activismo sindical y político de las y los niños y jóvenes que, a comienzos del siglo XX, se incorporaban a muy corta edad al mercado laboral.

Pedro Chiarante nació en Las Chacras, Provincia de Buenos Aires, en 1898 y falleció en la Ciudad de Buenos Aires en 1973. Fue obrero de la construcción y dirigente comunista. Su autobiografía contiene uno de los relatos más descriptivos y desarrollados sobre la infancia obrera. Su escritura extensa sobre la niñez proviene de su autorreflexión como adulto sobre las carencias que padeció en la infancia, y sobre la falta de oportunidades de los niños obreros en los suburbios pobres de la ciudad de Buenos Aires.
Pedro empezó a trabajar a los 6 años como sirviente doméstico. Esta experiencia culminó con una golpiza por parte de sus patrones. Su trabajo siguiente, en la fábrica textil Bozalla, a los 12 años, no fue mejor.

“Trabajaba once horas por noche y me pagaban 20 centavos diarios. ¡Sí, veinte centavos diarios! De tal manera se explotaba a los chicos. Eso sí, el capataz, Longhoni, no nos mareaba con fuego como hicieron con los esclavos. Usaba, en cambio, su látigo cuando algunos de los pibes, rendidos por la fatiga, nos quedábamos dormidos entre la lana, desatendiendo los husos. Nos pegaba solamente para que nos despabiláramos y pudiéramos seguir hasta el final de la jomada” (p. 24).

En el relato de Chiarante, pero también en muchas crónicas y noticias periodísticas y literarias de la época, podemos observar que la violencia en el sitio de trabajo era particularmente intensa para con los niños. Se hacía presente en los malos tratos aplicados por los capataces con especial virulencia a los menores. Pero también en las duras condiciones laborales, o en el accidente por el cual su hermano, también cuando niño, cayó en el pozo de cal de una obra quedando casi ciego, sin recibir indemnización o resarcimiento alguno. 

¿Cómo eran las condiciones laborales de las y los niños y jóvenes que se incorporaban a muy corta edad al mercado laboral a comienzos del siglo XX? ¿Cuál fue el papel de la violencia en esos trabajos? ¿Cómo se relacionaron estas experiencias con el activismo sindical y político?

A comienzos del siglo XX, en la Ciudad de Buenos Aires, las niñas y niños constituían entre el 4 y el 7% de la fuerza laboral en el comercio y la industria, según la información censal que tradicionalmente ha subregistrado el fenómeno. La edad oficial promedio de ingreso al mercado de trabajo eran los 14 años, cuando finalizaba la escolarización que era obligatoria desde la ley 1420 de educación común de 1884, pero era frecuente que las niñas y niños de familias obreras ingresaran al mercado laboral entre los 9 y los 10 u 11 años, cuando no antes. En las ciudades, se desempeñaban mayormente en el trabajo fabril, callejero, en el comercio o en el servicio doméstico (destino preferente para las niñas). En las zonas rurales, trabajaban en el campo junto a sus familias. Muchas veces sus trabajos eran eventuales, poco interesantes, rutinarios, “propios de la edad”. Había también quienes lograban emplearse como aprendices de diversos oficios, en un camino que les permitiría a futuro insertarse ventajosamente en el mercado laboral. 

En todos los casos, sus condiciones de trabajo estuvieron signadas por la inequidad laboral, la violencia y los bajos -más bien bajísimos- salarios. En trabajos sin calificación, niños y jóvenes ganaban muchas veces menos que la mitad del salario adulto, brecha que se incrementaba para las niñas. La violencia era omnipresente: era frecuente en la época que padres, madres, capataces e incluso docentes castigaran físicamente a las y los menores de edad. Como respuesta a esto, las niñas, niños y jóvenes participaron activamente en protestas, organizaron y participaron de huelgas y se vincularon con el movimiento obrero adulto. Ejercieron también otras formas de resistencia más veladas, como jugar, perder el tiempo o ralentizar los ritmos productivos.

De las muchas entradas posibles para pensar la experiencia infantil y juvenil en el mundo laboral, me interesa en esta ocasión reflexionar sobre el papel de la violencia, lo formativo y el impacto de ciertas vivencias y aprendizajes ocurridos temprano en la vida, a partir de una anécdota que relata Pedro Chiarante en sus memorias, publicadas póstumamente en 1976. 

El episodio en cuestión se inicia cuando el capataz de una obra, donde trabajaba como aprendiz a los 14 años, le negó permiso para ir al baño, obligándolo a bajarse los pantalones a la vista de todos. Esto fue impedido por un grupo de carreros que traían materiales a la obra y habían presenciado la “constructiva’’ escena. 

““Deje de joder a ese pibe, déjelo cagar tranquilo. Porque si no no solamente le paramos la obra, sino que lo tiramos al pozo de la cal, después de molerle los huesos y hacer azúcar. ¡Si para algo sirven sus huesos, hijo de puta!” Con estos “profundos” argumentos, los carreros obtuvieron mi derecho a la higiene interior” (p. 20). 

Para Chiarante, fue la intervención de los carreros, “feliz coincidencia de la organización obrera y la casualidad”, lo que lo salvó de tal “ultraje patronal” (p. 20). Si los carreros, que eran como los camioneros de hoy, llegaban a hacer paro, se frenaba la obra. Una huelga de carreros tenía incluso el poder de paralizar la actividad de la ciudad. Por eso mismo, el capataz cedió ante ellos. 
Como podemos apreciar, en esta escena para Pedro se pusieron en juego, ligadas a la violencia, la “bronca” y “humillación”, nociones de masculinidad, adultez y hombría. Estas se cruzaban con la relación asimétrica de poder entre niños y adultos, entre capataces y aprendices y entre obreros adultos organizados y aquellos que no lo estaban. ¿Quién más estaría mirando la escena? ¿Qué nos dice esto de la naturalización de la violencia hacia los menores, y de su cuestionamiento?
A su vez, esta “tragicómica anécdota” tuvo para él una significación profunda: “luego de algunos años comprendí cabalmente qué había significado esa actitud: nada menos que la fuerza de la clase obrera organizada” (p. 20). El temprano encuentro con el sindicalismo, la política obrera y la rebeldía juvenil fueron también componentes clave de las infancias trabajadoras recopiladas en las memorias de otros militantes. Su primer contacto con la organización obrera, para Pedro, 

“no se piense que se efectuó en el proceso de una lucha o en una jornada más o menos brillante, antológica, por alguna reivindicación de esas que quedarán escritas en la historia de la clase obrera de nuestro país. No. Fue en circunstancias mucho menos singulares. Derivada de un simple, común y natural proceso fisiológico. (…) Yo tenia ya 14 años. Ganaba 2 pesos diarios; 2 pesos muy necesarios en mí casa. Estaba dispuesto, literalmente, a bajarme los pantalones delante del capataz y hacer mis necesidades. El sindicato de carreros lo impidió, la organización proletaria lo impidió. Y me enseñó algo que jamás olvidé. Que nunca olvidaré. La solidaridad entre los obreros debe ser cuidada, estimulada, ejercida, enseñada” (p. 19-20).

La razón por la cual Pedro Chiarante incluyó esta historia en su autobiografía es transmitirnos una enseñanza a nosotros, más jóvenes lectores y lectoras de su obra, en torno a las inequidades y violencias que acechaban a los jóvenes trabajadores. La moraleja apunta al poder de la clase obrera organizada, que él mismo descubrió en su juventud. Los relatos educativos y con fuerte carga moral fueron una forma usual de intervención en las autobiografías de militantes obreros devenidos escritores, y un rasgo propio del género. La lección que Chiarante quería inculcarnos es que tan sólo con solidaridad, en organización común y colectiva, podemos protegernos de las injusticias y actuar también en favor de aquellas y aquellos que se encuentran en posiciones menos ventajosas que la nuestra, como es el caso de las generaciones más jóvenes en esta historia.

Bibliografía consultada

CHIARANTE, Pedro, Pedro Chiarante, ejemplo de dirigente obrero clasista. Buenos Aires, Fundamentos, 1976.
SCHEINKMAN, Ludmila (2016),“Pequeños huelguistas: Participación de menores en los conflictos de la industria del dulce en Buenos Aires en la primera década del siglo XX”. En: Trashumante. Revista americana de historia social. [online]. 2016, vol. 8. Disponible en: https://doi.org/10.17533/udea.trahs.n8a06
SURIANO, Juan. “El trabajo infantil” en TORRADO S. (ed.), Población y bienestar en la Argentina del primero al segundo centenario: Una historia social del siglo XX. Tomo II. Buenos Aires, Edhasa, 2007.

Foto 1: Año 1930 Buenos Aires ASADO DE OBRA Trabajadores de la construcción a la hora del almuerzo AGN
Foto 2: Tapa del libro de Chiarante

*LUDMILA SCHEINKMAN
es Doctora en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Es investigadora asistente del CONICET, en el Instituto de Investigaciones de Estudios de Género de la UBA. Su área de indagación se vincula con la experiencia laboral, familiar, cultural, política y de sindicalización de niñas, niños y jóvenes de familias obreras en Buenos Aires entre 1880 y 1943.

Publicado en Historia Obrera de Argentina

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