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Fernando Fernán Gómez: El Abuelo y El Compañero Libertario

Fernando Fernández Gómez, conocido como Fernando Fernán Gómez (Lima, Perú, 28 de agosto de 1921-Madrid, España, 21 de noviembre de 2007), fue un novelista, dramaturgo, actor, guionista y director de cine, de teatro y de televisión español. Durante la Guerra Civil recibió clases en la Escuela de Actores de la CNT, debutando como profesional en 1938.

Siempre impresionaban las declaraciones de Fernando Fernán-Gómez, duras a veces, pero cargadas de una gran reflexión y memoria del tiempo, sus últimas imágenes de entrega de premios que el cine le reconocía por su carrera, nos sorprendía con aquel saludo curioso y desconocido para la mayoría, con las manos entrelazadas sobre su cabeza, saludaba al mundo, con aquel gesto libertario de fraternidad y solidaridad obrera.

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El título de estas memorias procede de unos versos de Miguel Hernández: «… un día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía». El tiempo amarillo reúne en un solo volumen todos los recuerdos del cómico, escritor y director de cine Fernando Fernán Gómez. A través de más de 600 páginas, pese a que el autor dijo una vez que no le gustan nada los libros gordos y que «es mucho mejor no fiarse de las memorias», El tiempo amarillo brinda al lector una mirada muy personal sobre varias décadas de nuestro país, y también sobre sí mismo. En ella analiza su vida como colegial, cómo adquirió conciencia de clase, sus intereses políticos o hasta las memorias que tomó como referencia para escribir las suyas.
Una mirada distanciada y cercana al mismo tiempo, que transmite y contagia sinceridad y emoción: cómo era Madrid antes, durante y después de que se proclamase la Segunda República; disertaciones sobre por qué los actores españoles declaman fatal el teatro del Siglo de Oro; o profundas reflexiones acerca de por qué es tan complicado en este país convertir el prestigio artístico en un futuro económicamente estable.

Lo que a continuación publicamos es un texto de PlayGround y la editorial Capitán Swing, en relación a las memorias de Fernando El tiempo amarillo.

Cuando Fernando Fernán Gómez murió, en noviembre de 2007, una bandera rojinegra anarquista cubría su féretro expuesto en la capilla ardiente. Mucha gente se sorprendió.

Igual que mucha gente se sorprenderá de que ahora hablemos aquí de Fernán Gómez: pero lo cierto es que no fue un actor, escritor o director más. Su vida, cada vez más desconocida para el último par de generaciones y conocida sólo en su faceta de abuelo mediático y cascarrabias para los treintañeros, esconde algunos fogonazos del siglo XX. Ahora, la editorial Capitán Swing reedita sus memorias, El tiempo amarillo. Como explica el editor del libro, Daniel Moreno, “al igual que en su vida, en sus memorias se alterna lo popular con lo culto, lo clásico con lo romántico, la vanguardia con lo convencional, Bertolt Brecht con Massiel”.

David Trueba (coautor del documental-conversación con FFG La silla de Fernando) nos aclara qué tenemos entre manos: “Es uno de los libros de memorias más hermosos que se han escrito en España”.

Siempre fue feo, en sus propias palabras, con envidia de galanes como Paco Rabal. Por eso nunca notó que con el tiempo empeorase. Trueba, además de considerar su faceta de director a la altura de Buñuel o Berlanga, llegó a conocerle bien. “Lo que más recuerdo eran las risas, era el mejor conversador imaginable”. Para Luis Alegre, corresponsable de La silla de Fernando y del prólogo de estas memorias, hay consenso: “Soltaba una genialidad detrás de otra”.

Carné de afiliado a CNT de Fernán Gómez durante la Guerra Civil.

Individualista y libertario

Miembro del sindicato de actores de CNT desde 1936, reconocía las asambleas anarquistas “tan aburridas como las misas de los domingos” y aprendió las bases del oficio en una escuela de arte dramático organizada por la confederación libertaria. Fernán Gómez comenzó su carrera como actor en plena guerra civil, en zona roja y con un carnet cenetista en el bolsillo.

Debe ser, que el saludo Anarquista es el unico que puede hacerse esposado, con los grilletes puestos.

FFG nos ahorró siempre las melosas idealizaciones de la profesión: para él sólo era un oficio, lo único en que, más allá de hacerlo bien o no, se había profesionalizado. Para él, el trabajo de actor, junto al de escribir y posteriormente dirigir, eran sólo una especie de compensaciones por cuestión de habilidades y tiempo: ” No sé conducir, no sé bailar, no sé montar en bicicleta. No sé hacer otras muchas cosas que cualquier hace”.

Esta concepción del trabajo como mero instrumento le hizo reconocer que aceptó papeles en función de intereses más o menos hedonistas como la cercanía en el rodaje a ciertas actrices. Para Fernando, lo personal estaba siempre por encima de lo profesional. Una concepción en el fondo individual y libertaria, perfectamente encajada en su defensa feroz del particular mundo del cómico.

El contaba que ese gesto es el saludo ácrata. No el anarquista, el ácrata…

Ateo de cualquier sistema y marcado por la derrota

Atraído por el anarquismo por oposición a todo lo demás, consideraba al estado como enemigo de los individuos. Su fascinación ácrata provenía de que no podía probarse la inviabilidad del estilo de vida anarquista: “Cuando en algún perdido rincón un grupo de locos se atrevió a probar, fueron exterminados a sangre y fuego”. FFG era una especie de ateo del capitalismo y del comunismo. “Él se sentía libertario. Decía que el comunismo y el capitalismo habían fracasado y nos habían llevado a un mundo injusto y cruel”, relata Alegre.

Pasó la guerra civil deseando que terminara, pero suyo es otro de los remates a la tragedia española. ” No ha llegado la paz: ha llegado la victoria”, se advierte en el final de su obra de teatro Las bicicletas son para el verano. Tras 40 años de la más cruel de las victorias, y a pesar de ser acusado de pasar sus mejores años profesionales durante la dictadura, sus memorias ofrecen la más simple pero también certera descripción del clima político a la muerte de Franco: ” El champán lo tomamos en privado”. Para Daniel Moreno, “el suyo fue un anarquismo muy machacado por la perspectiva vital de la derrota”.

El 21 de noviembre de 2007 falleció Fernando Fernán-Gómez; desaparece así una figura clave de la cultura contemporánea española.
Una bandera anarcosindicalista (roja y negra) cubrió su féretro.

Quizá mucha gente no sepa, o no recuerde ya que FFG participó junto a su pareja de entonces, la actriz Emma Cohen, en el multitudinario mítin que CNT organizó en Montjuïc en 1977. Él mismo decía que nunca se atrevió a ser un revolucionario, pero sus últimos años los habitan artículos en prensa recordando la muerte de Carlo Giuliani por la policía en Génova en 2001 y su participación en las movilizaciones del No a la Guerra en 2003.

Cuando su cuerpo sin vida fue cubierto por la rojinegra, la oficialidad política prefirió quedarse con aquello que podía asimilar mejor. Con el abuelo gruñón. Con aquel “váyase usted a la mierda” que escondía una vida marcada por el deseo de que todo fuera diferente.

Tal y como dijo Eduardo Haro Tecglen, en la obra Las bicicletas son para el verano -incuestionablemente, una de las mejores del teatro contemporáneo-, cargada de resonancias autobiográficas de Fernando Fernán Gómez, se recoge el sentido de las aspiraciones de un grupo de personas que pierde la ocasión histórica de cambiar de vida y cambiar la vida. Aunque la familia protagonista no es una clara víctima de la opresión de clase, ni tiene una ideología muy definida -el propio autor la calificó de obra de “antihéroes”-, el pensamiento ácrata resulta clave en el desarrollo de la obra y hace declaración de intenciones en boca del miliciano Anselmo de manera tosca e ingenua:

“Primero, a crear riqueza; y luego, a disfrutarla. Que trabajen las máquinas. Los sindicatos lo van a industrializar todo. La jornada de trabajo, cada vez más corta; y la gente, al campo, al cine o a donde sea, a divertirse con los críos… Con los críos y con las gachís… Pero sin hostias de matrimonio ni de familia, ni documentos, ni juez, ni cura. Amor libre, señor, amor libre… Libertad en todo: en el trabajo, en el amor, en vivir donde te salga de los cojones”. La frase final de la pieza teatral forma ya parte también de la cultura popular y de la historia de este país, que tantos problemas tiene con su memoria: “No ha llegado la paz, ha llegado la victoria”.