En las últimas décadas el acceso a la vivienda se ha convertido en el principal problema de la clase trabajadora. Primero fue la crisis de las hipotecas que arrojó de las casas que habían comprado a miles de familias, las cuales acabaron por no poder pagar los créditos hipotecarios que los bancos les habían concedido. Estas entidades aprovecharon el momento para quedarse con los pisos y con el dinero que ya habían cobrado.
La burbuja inmobiliaria y la especulación en el sector del ladrillo acabaron por cerrar el acceso al mercado de la vivienda a la mayoría de asalariados, obligando a la gente a buscar casa en un sector del alquiler que no contaba con una oferta suficiente de viviendas de titularidad pública. La entrada de los fondos buitre y la transformación de muchos hogares en pisos turísticos agudizaron la carencia y elevó los precios de forma desmesurada.
Al mismo tiempo la precarización del empleo y el deterioro de los salarios han provocado que para la mayoría social (jóvenes, trabajadores precarios, pensionistas, personas migrantes, etc.) el alquiler de una vivienda normal tampoco sea una opción a su alcance; ahora la única salida es un piso compartido entre varias personas o alquilar cubículos con unas dimensiones absolutamente insultantes. Un negocio al alza que está enriqueciendo a los especuladores sin ningún tipo de escrúpulos.
Si en los primeros años de la crisis de la vivienda la mayoría de los desahucios se producían por no poder pagar las hipotecas y el movimiento que surgió para luchar contra esa lacra fue la PAH (Plataforma de Afectadas por las Hipotecas), años después el problema es que la gente ya no puede ni pagar un alquiler; máxime cuando entraron los fondos buitre para apoderarse del pastel y decidieron expulsar a los inquilinos antiguos para elevar los precios a los nuevos. Ante esta emergente situación se buscaron nuevas formas de lucha y surgieron los sindicatos de inquilinos e inquilinas, alcanzando un nivel de implantación y una capacidad de respuesta admirables frente a los caseros.
Tanto la PAH como los sindicatos de la vivienda han creado unas redes de apoyo con las víctimas de los desahucios y logrado detener muchos de ellos; o al menos pactar un aplazamiento con juzgados y propietarios. No todos, evidentemente, puesto que en nuestro país en los últimos diez años se han realizado más de 425.000 desahucios, entre hipotecarios, impagos de alquiler y otras causas.
La respuesta al mayor problema social de ahora mismo ha dinamizado un activismo como no se conocía desde hace mucho tiempo, impulsando la organización horizontal y generando movilizaciones de todo tipo; especialmente tras el desahucio y la muerte de Maricarmen, la anciana madrileña expulsada de la que fue su casa de toda la vida por un grupo inmobiliario.
Este hecho dio lugar a grandes manifestaciones, acampadas y convocatorias de resistencia frente a los desahucios, consiguiendo un gran apoyo social y las simpatías de la mayoría de la población, algo que nunca antes había ocurrido de forma tan rotunda. Desde los movimientos por la vivienda y el sindicalismo alternativo se valoró que era el momento de dar otro paso adelante, de elevar el nivel de la protesta; había llegado la hora de llamar a la huelga general. Tras largas y complejas conversaciones se pudo concretar la convocatoria para el 11N, y a ella se han sumado la práctica totalidad del sindicalismo de clase, los colectivos por el derecho a la vivienda, los movimientos sociales, las asociaciones de vecinos, el Sindicato de Estudiantes, la Federación de Consumidores y Usuarios, Ecologistas en Acción y un amplio abanico más, lo que garantiza que la huelga será no solo laboral, sino también vecinal, de servicios y de consumo.
Por eso, por haber conseguido aglutinar alrededor del 11N a un conjunto tan extenso y variado de organizaciones, plataformas y colectivos, por haber sido organizada de forma horizontal desde barrios, centros de trabajo y el mundo estudiantil es por lo que esta huelga general es ya un éxito, incluso antes de que haya llegado la fecha del paro general. Y un triunfo mayor será que la lucha y la autorganización continúen después de ese esperado 11 de noviembre.

Nacido en tierras de Cuenca, bastante tiempo antes de que el destape y el rock and roll trajeran algo de alegría a este país de penitencias y saetas, ha vivido y trabajado (que no es lo mismo) en Valencia durante los últimos cuarenta y tantos años.





