EDITORIAL | NOVIEMBRE 2026
Noviembre llega con las calles revueltas, los centros de trabajo en conflicto y los partidos preparando sus discursos para las elecciones del 29. Mientras las organizaciones obreras y sociales intentan arrancar mejoras concretas, la política institucional se dispone a protagonizar otra campaña de promesas. Son dos escenarios que se cruzan, pero no deben confundirse.
Francia ha vivido grandes protestas y detenciones; Italia, Portugal y Grecia afrontan conflictos en la educación, los servicios públicos y la vivienda. En Bélgica, Irlanda y Alemania también se suceden las movilizaciones laborales. Más allá de Europa, la industria textil de Bangladés vuelve a mostrar las duras condiciones que sostienen buena parte del consumo mundial. Cada conflicto tiene sus causas, pero todos recuerdan que el bienestar de quienes trabajan sigue siendo objeto de disputa.
El 11-N: salarios, vivienda y organización
La huelga general del 11 de noviembre une la reivindicación de salarios dignos con una evidencia que cualquiera conoce al pagar el alquiler: de poco sirve conseguir una subida si la vivienda se queda con ella. La precariedad no termina al salir de la empresa; continúa en la factura de la luz, la compra y la imposibilidad de llegar a fin de mes.
La confluencia de sindicatos y colectivos por la vivienda abre una oportunidad para organizar una respuesta compartida. Pero una jornada de huelga no puede reducirse al recuento de manifestantes o a la fotografía de las portavocías. Su fuerza estará en las asambleas, los piquetes, la solidaridad y la capacidad de mantener la organización al día siguiente.
El 29-N: las urnas no sustituyen a las asambleas
Dieciocho días después llegarán las elecciones generales. La derecha y la izquierda institucional mantienen diferencias reales, también en sus políticas laborales y sociales. Reconocerlas no obliga a aceptar que el horizonte de la clase trabajadora se limite a escoger quién administra las instituciones.
Desde nuestra perspectiva de clase obrera, la autonomía sindical es irrenunciable. No podemos convertirnos en oposición automática cuando gobiernan unos y en acompañamiento silencioso cuando lo hacen otros. Los salarios, los accidentes laborales, los despidos y los desahucios no cambian de naturaleza según el color del Gobierno. El sindicalismo debe responder ante quienes trabajan, no ante los calendarios electorales.
Tampoco basta con invocar la revolución desde la comodidad de un eslogan. Hay que organizar a las plantillas subcontratadas, a las personas migrantes, a quienes encadenan empleos precarios y a una juventud para la que emanciparse se ha convertido en un lujo. Recuperar asambleas, fortalecer las cajas de resistencia y practicar el apoyo mutuo tiene menos brillo que un mitin, pero bastante más recorrido.
Noviembre terminará con un nuevo reparto de escaños. El día 30 seguirán ahí los alquileres, las fábricas, los hospitales y los conflictos laborales. No defendemos que todas las políticas sean iguales; defendemos que ningún gobierno puede reemplazar la iniciativa de quienes sostienen la sociedad con su trabajo.
La emancipación de la clase trabajadora no puede delegarse: ni en un partido, ni en un gobierno, ni en un sindicato que decida sin sus propias bases.
La Redacción de Sindicalismo.org
NOVIEMBRE de 2026





