Valentín González: la huelga de Abastos, una muerte a manos de la policía y la València que se levantó

El 25 de junio de 1979, el joven cenetista Valentín González murió por una pelota de goma durante una huelga en el Mercado de Abastos. Su historia y la huelga general que paralizó València siguen interpelando a la memoria obrera.
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València, 25 de junio de 1979. En el Mercado de Abastos, un grupo de trabajadores de carga y descarga mantiene una huelga para cobrar unos salarios atrasados. Entre ellos está Valentín González Ramírez, un joven de veinte años afiliado a la CNT. Horas después, una pelota de goma disparada a corta distancia por un policía le causará la muerte. Dos días más tarde, una ciudad entera caminará detrás de su féretro. Lo que sucedió en Abastos sigue siendo una herida abierta en la memoria obrera de la Transición.

Por Miguel M. Fernández

El muchacho que trabajaba con su padre

Retrato de Valentín González Ramírez meses antes de morir durante la huelga de Abastos
Valentín González Ramírez, pocos meses antes de su muerte en junio de 1979.

Valentín González Ramírez había nacido en València el 1 de julio de 1958. Era el mayor de dos hermanos y había crecido en una familia trabajadora. Su abuelo, su padre y después él conocieron el oficio de las collas, cuadrillas encargadas de cargar y descargar mercancías. A los dieciocho años entró en la del Mercado de Abastos, donde también trabajaba su padre, que se llamaba Valentín como él.

Su hermana Paqui lo recordaba como un joven familiar, aficionado a la música, el cine, la fotografía, los animales y el deporte. Un muchacho que empezaba a trabajar, tenía novia y hacía planes. El dato importa: Valentín no había nacido para ocupar una placa ni para convertirse en símbolo de nada. Quería vivir su vida. La militancia sindical entró en ella cuando, tras la legalización de los sindicatos, pudo afiliarse a la CNT junto a otros compañeros. Según Paqui, le enseñó su carné con una alegría difícil de olvidar. Por primera vez sentía que podía participar y ayudar a cambiar las cosas.

La huelga no empezó por una consigna: empezó por dinero que no cobraban

Aquellas cuadrillas llevaban meses reclamando cantidades pendientes por trabajos ya realizados. Los asentadores del mercado, propietarios de los puestos, no habían satisfecho lo que debían pese a las reclamaciones y a las actuaciones administrativas para resolver el conflicto. No se trataba de una reivindicación abstracta: sin cobrar los atrasos, los cargadores veían comprometidos sus ingresos y la paga de verano.

La asamblea decidió recurrir a la huelga, legalmente convocada para el 25 de junio. Muchos de los trabajadores pertenecían al Sindicato de Transportes de la CNT. Acordaron mantener la calma, organizar piquetes informativos y evitar enfrentamientos. Los camioneros que llegaban para descargar, según los testimonios familiares y sindicales recogidos posteriormente, comprendían sus motivos. Nada hacía pensar a quienes estaban allí que aquella protesta por salarios acabaría con un trabajador muerto.

La versión ofrecida por la policía y reproducida por algunas crónicas inmediatas situó el origen del choque en el bloqueo del acceso de los camiones. Los testimonios reunidos por compañeros y familiares describen, en cambio, una intervención policial desproporcionada frente a una huelga pacífica. La discrepancia sobre lo sucedido no borra el hecho central: Valentín murió por el impacto de una pelota de goma disparada por un agente durante aquella actuación.

«Ya está bien de pegar a mi padre»

Según la reconstrucción publicada por el Sindicato de Transportes de CGT y los relatos de su hermana, un importante despliegue policial llegó a Abastos y ordenó desalojar a los huelguistas. Algunos trabajadores buscaron refugio en las casetas del mercado. Los agentes lanzaron botes de humo hacia el interior; cuando los hombres salieron, continuaron los golpes.

Entre ellos estaban los dos Valentín. Un agente golpeó al padre. El hijo reaccionó al verlo y protestó por la agresión. En ese momento recibió un disparo de pelota de goma directamente en el pecho, a muy corta distancia. El impacto le produjo una lesión cardíaca mortal. Tenía veinte años y le faltaban seis días para cumplir veintiuno.

La imagen que quedó grabada entre los compañeros fue la de un padre que intentaba llegar hasta su hijo mientras la policía impedía aproximarse a él. Valentín fue trasladado al hospital, pero ya no pudieron salvarle. Había salido a defender un salario que le debían y no regresó a casa.

La noche en que València empezó a parar

El féretro de Valentín González avanza entre la multitud durante su entierro en València el 27 de junio de 1979
València, 27 de junio de 1979. Una multitud acompaña el coche fúnebre de Valentín González durante la huelga general convocada tras su muerte. Fotografía histórica: Valencia Bonita.

La noticia corrió de boca en boca, de fábrica en fábrica, de mercado en mercado. No había redes sociales ni mensajes instantáneos. Hubo teléfonos, octavillas, pintadas, reuniones y compañeros que avisaron a otros compañeros. La CNT impulsó una huelga general de protesta, a la que se sumaron otras organizaciones sindicales, entre ellas CCOO, UGT, USO, CSUT, SU y SLMM, además de partidos y colectivos sociales.

El 27 de junio, el día del entierro, la actividad se paralizó en buena parte de la ciudad y localidades próximas. Cerraron comercios; hubo paros en centros de trabajo, obras y servicios. Decenas de miles de personas salieron a las calles y las crónicas de entonces llegaron a cifrar en unas 300.000 las que acompañaron el cortejo desde el Hospital Clínico hasta el cementerio. Es una estimación histórica, no un recuento preciso, pero da la medida de una movilización excepcional.

El féretro avanzó acompañado por familiares, amigos y trabajadores. Muchos llevaban el puño levantado; otros guardaban silencio. En las obras, algunos albañiles dejaron sus herramientas para sumarse a la marcha. La muerte de un cargador de veinte años había convertido una reclamación salarial del Mercado de Abastos en una protesta de toda València.

Una Transición que no fue igual para todos

En 1979 España había aprobado ya su Constitución y los ayuntamientos democráticos acababan de constituirse tras las primeras elecciones municipales. Pero en las calles y en los centros de trabajo seguían presentes estructuras, prácticas y mandos heredados de la dictadura. La Transición se recuerda muchas veces mediante pactos, parlamentos, grandes dirigentes y fotografías de despacho. La historia de Valentín obliga a contemplarla también desde la puerta de un mercado y desde el cuerpo de un trabajador alcanzado por un arma policial.

Los familiares denunciaron la falta de una investigación y una respuesta judicial satisfactorias. Paqui relató años más tarde que su padre fue avisado prácticamente en vísperas del procedimiento, que no pudo acceder a la vista y que el desenlace se tradujo en una indemnización de un millón de pesetas, sin el esclarecimiento de responsabilidades que esperaban. Es su testimonio, indispensable para comprender por qué la familia habló durante tanto tiempo de impunidad.

En una entrevista conservada en el cuaderno de memoria de 2014, Paqui resumió lo que la muerte de su hermano hizo con las esperanzas que acompañaron al cambio político: «Y volvió el miedo». No hablaba de una derrota privada. Hablaba del mensaje que podía recibir cualquier trabajador que acababa de conquistar el derecho a organizarse y comprobaba que una huelga legal no lo protegía necesariamente de la violencia del Estado.

El olvido también se combate

Durante décadas, compañeros y familiares se negaron a que Valentín fuera solamente un nombre en una noticia antigua. La CNT mantuvo actos de recuerdo; CGT, heredera de la trayectoria del Sindicato de Transportes que había vivido la huelga, impulsó homenajes, investigaciones y publicaciones. En 2009 se colocó una placa en su memoria en Abastos, y en 2014 el sindicato editó el cuaderno Valentín González. Dignidad y Memoria 1979-2014, con fotografías históricas, testimonios de familiares y crónicas de la huelga. En 2016 se estrenó el documental Valentín, la otra Transición, y en 2019 la CNT inauguró un monolito con motivo del cuadragésimo aniversario.

Estos gestos no devuelven una vida, ni sustituyen la justicia que sus familiares reclamaron. Pero impiden que el relato de una época quede en manos únicamente de quienes ocuparon el poder. La fotografía de Valentín, con su pelo oscuro y sus gafas, devuelve al centro de la historia a alguien que no figuraba en las listas de los grandes protagonistas y que, sin embargo, movilizó después de muerto a cientos de miles de personas.

Un nombre propio, una memoria colectiva

Hay una tentación habitual cuando se escribe sobre víctimas de la represión: convertirlas en figuras inmóviles, despojadas de su vida cotidiana. Valentín era algo más cercano. Un trabajador joven al que le gustaba el cine, un hijo que trabajaba junto a su padre y un sindicalista que acababa de descubrir la posibilidad de actuar colectivamente. Lo mataron en su primera etapa de militancia, cuando aún tenía casi todo por delante.

Por eso su historia no pertenece solamente a una sigla ni a una ceremonia anual. Pertenece a las collas que exigieron cobrar, a quienes se solidarizaron con ellas, a quienes paralizaron la ciudad y a los que siguieron pronunciando su nombre cuando dejó de ser noticia. La memoria obrera no consiste en conservar un retrato para contemplarlo una vez al año. Consiste en recordar qué se reclamaba, quién disparó, cómo respondió la ciudad y por qué hubo que luchar también contra el silencio.

Valentín González Ramírez murió el 25 de junio de 1979. La huelga de Abastos no debería terminar nunca convertida en una nota al pie de la Transición.

Miguel M. Fernández

Realiza artículos de investigación y divulgación histórica en Sindicalismo.org, con especial atención al movimiento obrero y la memoria de las luchas sociales. Sus trabajos se apoyan en testimonios, documentación, archivo e historiografía para recuperar protagonistas de la historia social.
Ha sido miembro de JJ.LL, CNT- CGT, así como colaborador de radios libres, prensa confederal y ateneos.