«No somos nada»: La Polla Records, la rabia de clase y el punk contra el poder

El disco de La Polla Records que convirtió el desprecio hacia los de abajo en un desafío obrero, con ecos del marxismo, el anarquismo y el antimilitarismo.
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Por Iván Molina

Hay una frase que los de arriba llevan siglos repitiendo, aunque rara vez la pronuncien en voz alta: vosotros no sois nadie. En 1987, La Polla Records le dio la vuelta a ese desprecio y lo convirtió en título, estribillo y desafío. No somos nada nació en una España que estrenaba escaparates democráticos mientras cerraba fábricas, mandaba jóvenes al paro y esperaba que los barrios obreros agradecieran los sacrificios exigidos por la modernización.

El disco, publicado por el sello Txata Records creado por la propia banda, reúne veintiuna canciones. No es un tratado sobre la lucha de clases ni un cancionero sindical: es algo menos ordenado y bastante más peligroso para los solemnes. Desmonta la autoridad, se ríe de la patria, desconfía de los partidos y observa cómo las instituciones pueden servir para imponer disciplina a quienes tienen menos poder.

Una banda nacida lejos de los despachos

Evaristo, Txarly, Sume, Abel y Fernandito venían de Agurain, en Álava, y hablaban un lenguaje que no necesitaba traducción en las calles de los barrios industriales. En aquella década, la reconversión dejó desempleo, conflictos y comunidades enteras obligadas a rehacer sus vidas. La promesa era un país moderno; la factura llegaba a los trabajadores.

La Polla no romantizaba al obrero con mono azul ni pintaba una juventud impecablemente revolucionaria. Sus canciones estaban pobladas de miedo, rabia, contradicciones y una mala leche muy concreta: la del que descubre que las normas se redactan arriba y se pagan abajo. Por eso el grupo encontró público entre trabajadores, parados, antimilitaristas y jóvenes que no se reconocían en el entusiasmo oficial.

Marx en el conflicto; el anarquismo en la desobediencia

La lectura marxista aparece al situar las relaciones de poder en una sociedad dividida por intereses materiales. El progreso técnico no es necesariamente progreso social: en Progreso y ciencia resuena la pregunta por quién se beneficia de las innovaciones y quién soporta sus costes. No hace falta que una canción cite a Marx para señalar que la riqueza y las decisiones no se reparten por igual.

El impulso anarquista asoma con más claridad en el rechazo a los poderes que exigen obediencia por el mero hecho de existir. Odio a los partidos cuestiona la representación política; Socios a la fuerza se burla de una pertenencia social impuesta, y Otro militar o Todo por la patria disparan contra la disciplina castrense y los símbolos utilizados para exigir sacrificios. Son sensibilidades que se cruzan, no una filiación doctrinal que haya que inventarle al grupo.

En la España del servicio militar obligatorio, el antimilitarismo no era una pose estética. La autoridad del cuartel se parecía demasiado a otras jerarquías cotidianas: mandar, acatar, no discutir. La banda convirtió esa lógica en objeto de desprecio y, sobre todo, de carcajada.

La justicia no vive fuera de las clases sociales

Señores del jurado y La justicia apuntan hacia otro mito respetable: la idea de que las instituciones juzgan a todos desde el mismo punto de partida. La diferencia entre poder pagar una defensa y no poder hacerlo, entre tener influencias o carecer de ellas, también forma parte de la experiencia de clase. La Polla plantea esa desigualdad sin la cortesía que suele exigirse a quien la denuncia.

Tu más enérgica repulsa transforma las condenas oficiales en una farsa reconocible. Unas palabras solemnes pueden llenar titulares sin mover un dedo para cambiar lo que las provocó. Y Hipócritas ataca a quienes predican virtudes mientras disfrutan de excepciones. Evaristo domina un arma vieja de la cultura popular: quitarle al poderoso la seriedad con la que se protege.

El sonido de una negativa colectiva

Las guitarras de Txarly y Sume, el bajo de Abel y la batería de Fernandito sostienen canciones directas, casi siempre cortas. La voz de Evaristo no busca belleza convencional: acusa, se ríe, cambia de registro, vuelve a gritar. La gaita del tema inicial convierte el arranque en una especie de himno callejero; Jamaica demuestra que la banda podía salirse del acelerador punk sin perder identidad.

La portada dibujada por Santi Orúe remata la idea. No presenta héroes musculosos ni barricadas de postal. Hay calle, marginación y una frase que parece escrita desde el lugar reservado a quienes no cuentan. El título dice «No somos nada», pero el disco entero responde: precisamente por eso no os debemos respeto ni obediencia.

Un disco obrero sin carnet de pureza

Conviene no domesticar a La Polla Records convirtiéndola retrospectivamente en la sección cultural de un sindicato o en portavoz ortodoxo del marxismo o del anarquismo. Su fuerza está en la mezcla: conciencia de desigualdad, sensibilidad libertaria, antimilitarismo, provocación y un humor que no pide permiso. También hay exageraciones y contradicciones. El punk nunca prometió un comité de redacción sin faltas.

Escuchado casi cuarenta años después, No somos nada conserva algo más que nostalgia. Hoy cambian los nombres de las empresas, las formas de precariedad y las tecnologías que prometen salvarnos. Pero persiste la pregunta de fondo: ¿quién trabaja, quién decide y quién paga las consecuencias? Cuando esas tres respuestas siguen señalando a grupos distintos, las canciones no han perdido el destinatario.

No ofrece un programa para transformar el mundo. Sí algo previo y nada pequeño: se niega a aceptar que las personas que lo sostienen tengan que vivir de rodillas. Y esa negativa, cantada a gritos, también forma parte de la cultura obrera.

Iván Molina

Activista social, antiguo miembro de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias. Amante de la musica en todos sus estilos, forma parte de la mesa de redaccion de sindicalismo.org