Del trabajo infantil en los hornos de vidrio a la dirección de la CNT, de las cooperativas obreras de Mataró al Ministerio de Industria. La vida de Joan Peiró fue una búsqueda constante de una emancipación que no dependiera de los discursos, sino de la capacidad de los trabajadores para organizar la producción y gobernar sus propias vidas. El franquismo lo fusiló en Paterna el 24 de julio de 1942.
El niño que entró en la fábrica antes de aprender a leer
Joan Peiró Belis nació el 18 de febrero de 1887 en el barrio barcelonés de Hostafrancs, en una ciudad que estaba cambiando al ritmo de las máquinas, los talleres y las chimeneas. Barcelona crecía industrialmente, pero aquel desarrollo descansaba sobre unas condiciones de vida muy distintas para quienes poseían las fábricas y para quienes trabajaban en ellas.
Peiró conoció esa realidad desde niño. Con apenas siete u ocho años, según las distintas biografías, comenzó a trabajar en la industria del vidrio. Los hornos exigían temperaturas extremas, las jornadas eran prolongadas y el trabajo infantil formaba parte de una economía en la que las familias obreras necesitaban sumar cuantos salarios pudieran conseguir para sobrevivir. No tuvo una escolarización regular. Aprendió a leer y escribir siendo ya adulto, alrededor de los veintidós años. Aquel aprendizaje tardío, lejos de reducir sus posibilidades, terminó marcando una de las grandes preocupaciones de su vida: la formación de los trabajadores.
El muchacho que apenas había conocido una escuela acabaría dirigiendo periódicos, escribiendo ensayos, organizando sindicatos, impulsando una cooperativa industrial y defendiendo que ninguna transformación social sería duradera si la clase trabajadora no adquiría los conocimientos necesarios para sostenerla. La educación, para Peiró, no era un adorno cultural. Era una herramienta de emancipación tan importante como la huelga, la negociación colectiva o la organización sindical.
La experiencia en los hornos también le dejó una identidad que nunca abandonaría. Antes que dirigente, escritor o ministro, se consideraba un trabajador del vidrio. Su pensamiento político estuvo atravesado por esa condición: conocía los procesos productivos, las relaciones de poder dentro de las fábricas y las dificultades materiales que encontraba una organización obrera cuando pretendía transformar algo más que los salarios.
El sindicalismo antes de los grandes cargos
Su primera escuela política fueron las sociedades obreras del sector vidriero. Desde los primeros años del siglo XX participó en organizaciones profesionales que defendían mejores condiciones laborales. En 1915 llegó a la secretaría de la Federación Local de Sociedades Obreras de Badalona y, al año siguiente, asumió responsabilidades en la Federación Española de Vidrieros y Cristaleros. No era todavía el conocido dirigente de la Confederación Nacional del Trabajo. Era un organizador que había aprendido a conocer su oficio, sus compañeros y las necesidades de una profesión sometida a una enorme explotación.
La capacidad de negociación de aquellas organizaciones permitió conseguir avances significativos. En 1917, los vidrieros lograron establecer la jornada de ocho horas en su sector, dos años antes de que esa reivindicación adquiriera carácter general en España mediante el decreto de 1919. El dato tiene importancia porque ayuda a entender el sindicalismo que defendía Peiró.
Para él, una organización obrera debía ser capaz de mejorar las condiciones inmediatas de trabajo y, al mismo tiempo, preparar una transformación mucho más profunda de la sociedad. No consideraba ambas tareas contradictorias. Una conquista salarial, una reducción de jornada o la organización de una cooperativa podían contribuir a que los trabajadores descubrieran su fuerza colectiva.
En esos años también comenzó su actividad como propagandista y periodista obrero. Dirigió publicaciones vinculadas al movimiento sindical, entre ellas El Vidrio y La Colmena Obrera. La prensa permitía que los conflictos de una fábrica dejaran de ser asuntos aislados y pasaran a formar parte de una experiencia común. La palabra escrita ocupaba un lugar central en su militancia. Un trabajador que había aprendido a leer tardíamente comprendía hasta qué punto la información podía modificar las relaciones de poder.
Una CNT para organizar a toda la clase trabajadora
Cuando Peiró adquirió mayor protagonismo en la CNT, la organización atravesaba una etapa de crecimiento y enfrentamiento con la patronal y el Estado. La Confederación había sido fundada en Barcelona en 1910. Su sindicalismo revolucionario aspiraba a superar el capitalismo mediante la organización directa de los trabajadores, la acción colectiva y la construcción de una sociedad basada en la libertad y la cooperación. Pero dentro de la CNT convivían distintas interpretaciones sobre cómo alcanzar esos objetivos.
Peiró defendía el fortalecimiento de los sindicatos de industria y de las federaciones capaces de coordinar diferentes ramas productivas. Consideraba insuficiente organizarse únicamente alrededor de conflictos locales o de pequeños grupos de oficio. La economía industrial era compleja y exigía una organización obrera con conocimientos y estructuras capaces de intervenir en ella. Su planteamiento partía de una pregunta práctica: si algún día los trabajadores lograban desplazar a los propietarios y dirigir la economía, ¿estarían preparados para hacerlo?
No bastaba con proclamar el comunismo libertario. Había que conocer el funcionamiento de la producción, el abastecimiento, la distribución, el transporte y las relaciones entre sectores industriales. Peiró ocupó la secretaría general de la CNT en 1922 y volvió a ejercerla entre 1928 y 1929. Su trayectoria estuvo atravesada por la represión gubernamental y la violencia patronal que caracterizaron los años del pistolerismo en Catalunya. Las detenciones, los atentados contra militantes y la persecución de los sindicatos marcaron profundamente aquel período. La actividad sindical podía costar el empleo, la libertad y, en demasiados casos, la vida.
Peiró sufrió encarcelamientos y amenazas. Su insistencia en construir organizaciones sólidas no puede separarse de ese contexto: sabía que la fuerza colectiva necesitaba estructuras capaces de resistir incluso cuando sus dirigentes fueran perseguidos.
Mataró: una fábrica que debía pertenecer a quienes trabajaban en ella
En 1922 Joan Peiró se trasladó a Mataró. Llegó en un momento en que muchos trabajadores sindicalizados sufrían el llamado pacto del hambre, una práctica patronal consistente en negarles empleo por su actividad reivindicativa. La exclusión laboral pretendía castigar la militancia y privar a sus familias de medios de subsistencia. En Mataró encontró un proyecto singular: una fábrica de vidrio cuyos trabajadores aspiraban a convertir la producción en una experiencia cooperativa.
El establecimiento había comenzado su trayectoria en 1920 y en su desarrollo tuvo especial importancia Josep Ros Serra. Peiró se incorporó a aquel proceso y contribuyó decisivamente a darle una dimensión que superaba los objetivos económicos inmediatos. En 1925 se consolidó la cooperativa Cristalerías de Mataró, conocida popularmente como el Forn del Vidre, el Horno del Vidrio. Se trataba de una experiencia que atacaba directamente una de las bases del sistema fabril tradicional: la separación entre quienes poseían los medios de producción y quienes trabajaban con ellos.
Los obreros no pretendían limitarse a reclamar una parte mayor de los beneficios empresariales. Querían demostrar que una fábrica podía funcionar bajo una forma de propiedad y gestión colectiva. La cooperativa se especializó en la producción de vidrio industrial, especialmente bombillas eléctricas. Su actividad exigía maquinaria, conocimientos técnicos, materias primas, organización comercial y capacidad de adaptación a un mercado competitivo. Nada de aquello podía resolverse únicamente con entusiasmo revolucionario.
Había que producir, vender, reparar máquinas, administrar recursos, afrontar dificultades y garantizar el sustento de quienes participaban en el proyecto. Precisamente por eso Peiró atribuía tanta importancia a la experiencia. La cooperativa permitía comprobar, en la práctica, si los trabajadores podían asumir responsabilidades que normalmente se presentaban como exclusivas de empresarios y técnicos.
Cristalerías de Mataró consiguió desarrollar una actividad industrial significativa y mejorar las condiciones económicas de sus trabajadores. Algunos estudios históricos señalan que llegó a pagar remuneraciones superiores a las habituales en el sector. Pero su principal singularidad no estaba únicamente en los salarios.
Una cooperativa que no repartía sus beneficios como una empresa cualquiera
Peiró desconfiaba de que el cooperativismo terminara convirtiéndose en una forma de capitalismo colectivo. Una empresa propiedad de sus trabajadores podía reproducir comportamientos egoístas si su único objetivo era aumentar los beneficios de quienes pertenecían a ella, olvidando al resto de la clase obrera. Por eso defendía que la cooperativa debía mantenerse vinculada al movimiento sindical y al interés social. En Cristalerías de Mataró, los excedentes se destinaban a mejorar las instalaciones, reforzar la producción y sostener actividades educativas y culturales, en lugar de orientarse exclusivamente al reparto individual entre los socios.
El objetivo no era crear un pequeño grupo de propietarios privilegiados. Era desarrollar una experiencia económica capaz de demostrar que podían existir otras relaciones laborales. Esta idea diferenciaba su cooperativismo de una simple fórmula empresarial. Peiró no consideraba que las cooperativas, por sí solas, pudieran sustituir al movimiento obrero. Tampoco pensaba que una fábrica aislada pudiera escapar completamente de las relaciones capitalistas que dominaban la economía. Las entendía como instrumentos complementarios de la organización sindical, espacios de aprendizaje y preparación para una transformación social más amplia.
En ese sentido, el Forn del Vidre fue algo más que una fábrica. Fue también un laboratorio social.
La escuela racionalista: aprender para no depender de ningún patrón
Uno de los aspectos más relevantes de la experiencia de Mataró fue su dimensión educativa. La cooperativa impulsó una escuela racionalista destinada inicialmente a los aprendices del establecimiento. Con el tiempo, el proyecto amplió su alcance y llegó a acoger a más de doscientos alumnos de la ciudad. El modelo educativo se relacionaba con la tradición pedagógica libertaria y con el pensamiento de Francesc Ferrer i Guàrdia, fusilado en 1909. La enseñanza racionalista defendía una educación alejada del dogmatismo religioso, basada en el conocimiento científico, la formación integral y el desarrollo de la capacidad crítica.
Pero Peiró incorporaba además una preocupación industrial y económica. Los trabajadores debían aprender a comprender los procesos técnicos que sostenían la sociedad. La emancipación no podía depender de sustituir a un empresario por otro administrador si quienes realizaban el trabajo continuaban excluidos del conocimiento y de las decisiones fundamentales. La cooperativa y la escuela expresaban, así, dos dimensiones inseparables de su pensamiento. Una permitía ensayar la gestión colectiva de la producción. La otra preparaba a las personas para ejercer esa responsabilidad.
Peiró había vivido el analfabetismo en primera persona y conocía sus consecuencias. Sabía que la ignorancia no era una condición natural de los trabajadores, sino el resultado de una organización social que les negaba oportunidades. La escuela de Mataró representaba una respuesta concreta a esa desigualdad. No era necesario esperar al triunfo de una revolución futura para comenzar a transformar la educación y el trabajo. Parte de ese cambio podía construirse inmediatamente, en las propias organizaciones obreras.
La revolución también debía saber producir
El pensamiento de Joan Peiró se alejaba de la imagen de una revolución reducida al momento insurreccional. No rechazaba la acción revolucionaria ni la necesidad de enfrentarse al poder económico. Sin embargo, insistía en que destruir las estructuras capitalistas no resolvía automáticamente el problema de cómo organizar una sociedad diferente. La alimentación de las ciudades, el funcionamiento de los ferrocarriles, el abastecimiento de energía, la producción industrial y la distribución de bienes seguirían siendo necesidades colectivas después de cualquier transformación política. Alguien tendría que hacerse cargo de esas tareas.
Para Peiró, debían hacerlo los propios trabajadores mediante organizaciones preparadas, con conocimiento técnico y una cultura de responsabilidad colectiva. Su planteamiento cuestionaba la idea de que la emancipación pudiera producirse exclusivamente como consecuencia de un levantamiento armado o de una decisión adoptada por una minoría revolucionaria. La transformación social exigía capacidad constructiva. Esta preocupación por la organización económica explica buena parte de sus posiciones dentro de la CNT y también algunos de los enfrentamientos que mantuvo con otros militantes libertarios.
El trentismo y las fracturas del anarcosindicalismo
En agosto de 1931, pocos meses después de proclamarse la Segunda República, Joan Peiró figuró entre los firmantes del conocido Manifiesto de los Treinta. El documento expresaba las discrepancias de un sector de la CNT con las estrategias insurreccionales impulsadas por determinados grupos anarquistas. Peiró y otros dirigentes consideraban que una sucesión de levantamientos sin suficiente preparación ni apoyo social podía conducir al aislamiento, la represión y el debilitamiento de la organización.
No renunciaban al objetivo revolucionario, pero defendían un sindicalismo capaz de acumular fuerza entre las masas trabajadoras y desarrollar una preparación económica y cultural sólida. Las diferencias adquirieron una intensidad considerable. La relación entre sindicalismo y anarquismo, el papel de la Federación Anarquista Ibérica, las estrategias frente a la República y la organización interna de la CNT provocaron enfrentamientos que terminaron fragmentando parte del movimiento confederal. Peiró fue uno de los principales referentes de la corriente que acabaría vinculada a los Sindicatos de Oposición.
Sin embargo, reducir aquel conflicto a una lucha entre revolucionarios y reformistas sería demasiado sencillo. Existían concepciones diferentes sobre los tiempos, los métodos y las condiciones necesarias para una transformación social. Peiró seguía defendiendo la superación del capitalismo, pero rechazaba que la voluntad revolucionaria pudiera sustituir a la organización real de los trabajadores. La reunificación confederal avanzó en el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936, apenas dos meses antes del golpe militar.
Las divisiones internas no habían desaparecido por completo, pero la amenaza fascista alteró profundamente las prioridades del movimiento libertario.
Julio de 1936: cuando la revolución dejó de ser una hipótesis
El levantamiento militar del 17 y 18 de julio de 1936 abrió una nueva etapa. En Barcelona y otros territorios, la resistencia obrera contribuyó decisivamente a derrotar a los militares sublevados. Las organizaciones sindicales adquirieron un protagonismo extraordinario y numerosas empresas fueron colectivizadas. Aquello que Peiró había debatido durante años pasó a convertirse en una cuestión inmediata. La organización de la producción ya no era únicamente una reflexión teórica. Era una necesidad urgente en una economía alterada por la guerra, la movilización militar y la ruptura de las estructuras tradicionales de poder.
Las fábricas necesitaban materias primas. Los trabajadores necesitaban salarios y alimentos. Los transportes debían mantenerse operativos y parte de la industria debía adaptarse a las necesidades bélicas. Las experiencias cooperativas y los conocimientos acumulados por el movimiento sindical adquirieron entonces una importancia considerable. Pero la revolución también planteó problemas políticos y morales.
Peiró denunció públicamente los asesinatos y las violencias cometidas en la retaguardia republicana durante los primeros meses de guerra. Su oposición a aquellas prácticas no respondía a una ruptura con sus ideales libertarios, sino a una convicción profunda: la transformación social no podía justificar cualquier medio. Esa posición le granjeó reconocimientos inesperados entre personas de ideologías muy alejadas de la suya. Años después, algunos de aquellos individuos declararían a su favor cuando fue juzgado por el franquismo.
Un anarcosindicalista en el Ministerio de Industria
En noviembre de 1936, Joan Peiró entró en el Gobierno de Francisco Largo Caballero como ministro de Industria. Lo hizo junto con otros tres representantes del movimiento libertario: Frederica Montseny, Juan García Oliver y Juan López. La participación de dirigentes de la CNT en un gobierno estatal constituyó uno de los episodios más controvertidos de la historia del anarcosindicalismo español. Una organización que había defendido durante décadas la acción directa, el antiparlamentarismo y la superación del Estado aceptaba asumir responsabilidades dentro de un gobierno republicano en plena Guerra Civil.
La contradicción era evidente y provocó debates profundos. Para sus defensores, la excepcional gravedad de la situación militar justificaba la colaboración institucional. Para sus críticos, aquella decisión comprometía principios fundamentales del movimiento libertario y podía debilitar las conquistas revolucionarias. Peiró asumió el Ministerio de Industria con un conocimiento poco habitual del mundo productivo. Había trabajado en los hornos, organizado sindicatos profesionales y dirigido una cooperativa industrial. Su experiencia le permitía comprender la producción desde dentro, pero la gestión ministerial resultó mucho más compleja.
La economía republicana estaba condicionada por la guerra, la escasez de materias primas, la competencia entre administraciones y organismos, las tensiones entre proyectos políticos y la necesidad de mantener la producción. Peiró intentó impulsar medidas de reorganización industrial, pero sus posibilidades estuvieron limitadas por la situación militar y las disputas dentro del propio campo republicano. Su paso por el Ministerio concluyó en mayo de 1937, con la crisis del Gobierno de Largo Caballero.
La participación ministerial de Peiró debe entenderse como una de las grandes tensiones de su trayectoria. El mismo hombre que había defendido la capacidad de los trabajadores para organizar una sociedad sin patronos aceptó intervenir en el aparato del Estado. No es necesario ocultar esa contradicción para comprender su vida. Al contrario, permite observar los dilemas que la guerra impuso al movimiento libertario y las distintas respuestas que sus militantes dieron a unas circunstancias excepcionales.
Tras abandonar el Gobierno regresó a su actividad vinculada a la cooperativa de Mataró. Más adelante, a finales de 1938, asumió responsabilidades relacionadas con la energía eléctrica en el Gobierno republicano. Pero para entonces la derrota militar estaba cada vez más cerca.
El exilio y la persecución
A comienzos de 1939, el avance franquista sobre Catalunya obligó a cientos de miles de personas a cruzar la frontera francesa. Entre ellas se encontraba Joan Peiró y su familia. El exilio no significó el final de su actividad sindical y política. Participó en labores de ayuda a los refugiados republicanos, mientras Europa avanzaba hacia la Segunda Guerra Mundial. La ocupación alemana de Francia agravó la situación de miles de exiliados españoles. Los republicanos que habían escapado de la dictadura franquista quedaron expuestos a la colaboración entre las autoridades nazis y el régimen español.
Peiró fue detenido por las autoridades alemanas en 1940. Posteriormente, reclamado por el franquismo, fue entregado a España en febrero de 1941. Su captura formó parte de la persecución sufrida por numerosos dirigentes republicanos y sindicalistas refugiados en Francia. El régimen franquista no había olvidado su protagonismo en la CNT, su participación en la República ni su defensa de la revolución social. Sin embargo, antes de ejecutarlo, las autoridades intentaron aprovechar su prestigio y su capacidad organizativa.
El hombre que se negó a servir al sindicalismo vertical
El franquismo había destruido las organizaciones obreras libres y había impuesto un modelo sindical subordinado al Estado y a la dictadura. El llamado sindicalismo vertical integraba formalmente a empresarios y trabajadores en una misma estructura controlada por el régimen, negando la autonomía sindical y el derecho de organización independiente. Para consolidar ese sistema, las autoridades necesitaban cuadros con experiencia y capacidad de dirección. Joan Peiró reunía unas características que podían resultar especialmente valiosas: era un dirigente de prestigio, conocía el mundo industrial y tenía una larga experiencia de organización.
Durante su encarcelamiento se realizaron gestiones para tratar de incorporarlo al aparato sindical franquista. Peiró rechazó esa posibilidad. El significado de su negativa iba mucho más allá de una decisión personal. Había dedicado su vida a defender que los trabajadores debían organizarse sin estar sometidos a los empresarios ni al Estado. Aceptar una responsabilidad dentro del sindicalismo vertical significaba colaborar con una estructura levantada sobre la destrucción de esa autonomía.
El hombre que había defendido la construcción paciente de organizaciones obreras no estaba dispuesto a prestar su nombre a un sistema que las había ilegalizado. La negativa no detuvo el proceso represivo.
Un juicio con testigos que el régimen no quiso escuchar
Joan Peiró fue sometido a un consejo de guerra. En su defensa comparecieron numerosas personas que habían sido protegidas por él durante el conflicto, entre ellas religiosos, militares y ciudadanos de derechas. Algunos pertenecían a organizaciones ideológicamente enfrentadas al anarquismo. Los testimonios recordaron que Peiró había intervenido para impedir asesinatos y proteger a personas amenazadas en la retaguardia republicana. Aquellas declaraciones complicaban el relato propagandístico con el que la dictadura pretendía justificar la persecución de sus enemigos políticos.
Peiró había sido uno de los dirigentes más importantes de la CNT, pero también había defendido públicamente el rechazo a los asesinatos indiscriminados. Su comportamiento durante la guerra no encajaba fácilmente en la caricatura del enemigo que el franquismo necesitaba construir. Entre los testigos favorables figuraron personas que reconocieron deberle la vida. El proceso demostró, sin embargo, que los testimonios de descargo no bastaban para proteger a un dirigente obrero cuya trayectoria representaba todo aquello que la dictadura quería eliminar. Fue condenado a muerte.
Paterna, 24 de julio de 1942
El 24 de julio de 1942, Joan Peiró fue fusilado en el campo de tiro de Paterna, en Valencia. Tenía cincuenta y cinco años. No murió solo. Junto a él fueron ejecutados otros siete militantes de la CNT: Decoroso Edo, Bartolomé Flores, Luis Garrote, Agustí Peiró, Mariano Sanchís, Juan Gómez Subiela y Josep Maria Tomàs. La ejecución formó parte de la represión sistemática desarrollada por la dictadura franquista contra quienes habían participado en las organizaciones sindicales y políticas de la República. Los fusilamientos de Paterna ocuparon un lugar especialmente doloroso en la geografía represiva de la posguerra.
Durante años, aquel territorio fue escenario de ejecuciones y enterramientos de numerosas víctimas del régimen. El asesinato de Peiró privó al movimiento obrero de uno de sus dirigentes más experimentados y de un pensamiento que había intentado combinar sindicalismo revolucionario, cultura obrera y organización económica. Pero su muerte no eliminó las experiencias que había contribuido a desarrollar.
El legado del Forn del Vidre
Cristalerías de Mataró sobrevivió a la Guerra Civil y a la ejecución de Joan Peiró. La cooperativa continuó durante décadas, aunque sus condiciones de funcionamiento y su entorno económico cambiaron profundamente. Finalmente, la crisis industrial y financiera del siglo XXI condujo al cierre de aquella experiencia histórica. La escuela racionalista que había sido uno de los mayores orgullos de la cooperativa no sobrevivió de la misma manera. Aun así, la trayectoria del Forn del Vidre conserva un valor que supera las circunstancias de su desaparición.
Demostró que los trabajadores podían intervenir directamente en la organización de una industria compleja, mejorar sus condiciones laborales y destinar recursos a actividades culturales y educativas. La experiencia también mostró las dificultades de desarrollar iniciativas colectivas dentro de una economía capitalista, sometidas a mercados, competencia, financiación y decisiones que exceden las posibilidades de una sola empresa. Peiró nunca resolvió todas esas contradicciones. Tampoco fue un personaje ajeno a los conflictos internos ni a las decisiones discutibles.
Su importancia histórica reside precisamente en haber afrontado problemas concretos que el movimiento obrero no podía resolver únicamente mediante declaraciones ideológicas. ¿Cómo organizar la economía sin patronos? ¿Qué conocimientos necesitan los trabajadores para gestionar la producción? ¿Cómo evitar que una cooperativa reproduzca nuevas desigualdades? ¿Qué relación debe existir entre las conquistas inmediatas y la transformación revolucionaria? Son preguntas que continúan abiertas.
La revolución que se construye cada día
La vida de Joan Peiró permite recuperar una dimensión del anarcosindicalismo que a veces queda eclipsada por los grandes acontecimientos de 1936, las insurrecciones o los nombres más conocidos de la revolución. Se trata de la labor cotidiana. Organizar una sociedad obrera, negociar una reducción de jornada, sostener un periódico, crear una escuela, enseñar un oficio, estudiar el funcionamiento de una industria o construir una cooperativa pueden parecer actividades modestas frente a las grandes proclamaciones revolucionarias. Para Peiró no eran cuestiones secundarias.
Constituían parte esencial de la preparación necesaria para una sociedad diferente. Su pensamiento no proponía sustituir la lucha por la gestión empresarial ni convertir el cooperativismo en una alternativa individual a la organización sindical. Defendía que la emancipación necesitaba instituciones obreras capaces de unir la resistencia al capitalismo con la capacidad de construir nuevas relaciones sociales.
El trabajador que había entrado en los hornos de vidrio siendo un niño terminó defendiendo una idea tan sencilla de formular como difícil de realizar: que quienes producen la riqueza deben adquirir los conocimientos, la organización y la autonomía necesarios para decidir sobre ella. El franquismo pudo fusilar a Joan Peiró el 24 de julio de 1942. No pudo borrar las preguntas que había planteado ni el ejemplo de aquella fábrica de Mataró donde un grupo de trabajadores intentó demostrar que la producción, la cultura y la solidaridad podían organizarse sin necesidad de un patrón. Ese es quizá su legado más importante.
No el de un dirigente convertido en estatua, sino el de un obrero que quiso llevar la revolución del discurso a los talleres, las aulas y los hornos donde transcurría la vida cotidiana de su clase.

Historiador y sindicalista, miembro de la redacción de sindicalismo.org





