Demasiadas veces nos encontramos en los sindicatos, incluso en aquellos que se reclaman anarcosindicalistas, con personajes que ostentan cargos y mantienen unas actitudes que, siendo generosos, podríamos calificar de bastante discutibles. Y siendo menos generosos, que también tenemos derecho, de auténticas miserias humanas.
Pueden ser secretarios de un sindicato, secretarios generales o miembros de un secretariado permanente, como les gusta decir a algunos. Lo de «permanente» les entusiasma especialmente. Hay quien parece haber interpretado que no se refiere al órgano de gestión, sino a su derecho a permanecer eternamente en el cargo, como si se tratara de una plaza vitalicia concedida por la gracia de Bakunin.
Estos personajes suelen dedicar buena parte de sus energías a aplastar a quienes tienen alrededor, especialmente si son personas críticas, con ideas propias y esa molesta costumbre de pensar por sí mismas. Algo imperdonable en determinadas organizaciones que, curiosamente, presumen de asamblearismo y horizontalidad.
Las armas son las mismas de siempre, y algunas os sonarán: acosar a trabajadores del sindicato que no les hacen la pelota, desprestigiar a afiliados, difundir mentiras bastante burdas y desacreditar a cualquiera que cuestione sus decisiones. En ocasiones, estas prácticas pueden llegar a convertirse en verdadero acoso laboral o sindical. El objetivo es sencillo: que la persona crítica termine siguiendo el juego o, preferiblemente, que se marche del sindicato.
Y cuidado, porque marcharte tampoco garantiza que te dejen tranquilo.
Uno podría pensar que, una vez apartado de semejante compañía, cada cual seguiría su camino. Pues no. Cuando vuelven a verte, regresan a las andadas. Ataques personales, comentarios malintencionados y nuevas maniobras para desacreditarte. Eso sí, rara vez actúan solos.
Normalmente se rodean de personajes todavía más simples que ellos, con escaso sentido crítico y una sorprendente ausencia de amor propio. Son los mandados, los fieles escuderos, la guardia pretoriana del secretariado permanente. Los primeros en atacar y los últimos en comprender por qué lo hacen.
Porque esta gente hace vida en común. Van a conciertos, comparten cervezas y celebran sus asambleas de cuatro personas, en las que llevan ocho años repartiéndose los mismos cargos. Se hacen sopas juntos y, por no decir que se hacen pajas, diremos que mantienen una relación de admiración mutua verdaderamente conmovedora.
Y es que los cargos les ponen cachondos. No hay otra explicación. A algunos debe de ponérseles dura cada vez que firman un comunicado como miembros del «Secretariado Permanente». Imagino la emoción de abrir el correo, escribir el cargo debajo del nombre y sentirse, por unos segundos, una especie de ministro de la revolución social.
Les encanta aparentar que saben de todo, aunque muchas veces no tengan ni puta idea de lo que están diciendo. Y lo más preocupante es que esa ignorancia alcanza precisamente al terreno sindical, donde se supone que deberían tener alguna competencia.
Son auténticas fotocopiadoras humanas. En realidad, son la fotocopiadora, porque ni siquiera necesitan originalidad para copiar.
No tienen ideas propias, pero eso no les impide apropiarse de las ajenas. Lo verdaderamente divertido es que pueden pasarse meses atacándote a degüello y, al mismo tiempo, copiar tus propuestas para presentarlas después como grandes aportaciones de su brillante inteligencia colectiva.
Son militantes poco militantes. Mucho cargo, mucha reunión, mucho comunicado y poca vida sindical real. Pero lo peor no es su mediocridad, sino esa capacidad casi artística de sorprenderte cada vez que piensas que ya han alcanzado el fondo de la mezquindad.
Siempre encuentran una pala para seguir excavando.
A veces llegan directamente al insulto. Debe de ser el día en que se les olvida tomarse la pastilla de la prudencia. Después, cuando se les pasa el calentón y comprenden la patinada que han dado, aparecen las disculpas.
«Hombre, tampoco era para tanto».
«No me has entendido».
«Lo dije en caliente».
Incluso pueden pedir perdón con cierta solemnidad. No te confíes. La tregua suele durar lo mismo que una promesa electoral.
Y no se conforman con atacar a la persona. También les molesta cualquier proyecto en el que participes, aunque se desarrolle completamente fuera de su pequeño feudo sindical. Esto último les jode todavía más, porque demuestra algo que les cuesta aceptar: que la vida, las ideas y la militancia existen más allá de su despacho, de sus reuniones y de su sello de caucho.
El cargo, ese queso irresistible
A esta gente le gusta un cargo más que a una rata un queso.
Pero no cualquier queso. Tiene que venir acompañado de cierta autoridad, capacidad para mandar y, si es posible, algún subordinado al que dar instrucciones.
Cuando llega el momento de contratar a alguien para trabajar en el sindicato, no siempre buscan a la persona más preparada, experimentada o comprometida. En ocasiones prefieren a alguien dócil, que no haga demasiadas preguntas y que redacte exactamente los comunicados que ellos quieren leer.
Alguien que les grabe en las ruedas de prensa, les prepare los discursos y les haga sentirse importantes. Una especie de secretario personal revolucionario, con sueldo sindical y paciencia infinita.
Así se construye una bonita cadena de mando: unos tontos alimentando el ego de otros todavía más tontos.
Después se lamentan amargamente de la escasa militancia.
«Es que la gente no participa».
«Es que nadie quiere asumir responsabilidades».
«Es que siempre estamos los mismos».
Naturalmente, omiten un pequeño detalle: llevan años encargándose de que cualquiera con iniciativa propia termine harto y se marche.
Porque no quieren militantes activos, críticos y capaces de proponer cosas. Eso sería peligrosísimo. Podrían cuestionar decisiones, pedir explicaciones o, en el peor de los casos, demostrar que las cosas pueden hacerse de otra manera.
Prefieren gente domesticada. Quieren que les tomes las actas, les envíes los correos que ellos son incapaces de redactar y les resuelvas los problemas cotidianos. Ellos, mientras tanto, están muy ocupados supervisando el trabajo que no sabrían hacer por sí mismos.
Y todavía tendrán el valor de explicarte cómo debes hacerlo.
Los verás paseándose por el sindicato como pequeños monarcas sin corona, sacando pecho de palomo y comportándose con los trabajadores de la organización como esos encargados de empresa a los que después denuncian en los comunicados.
Algunos incluso pueden llegar a incumplir cuestiones elementales de la legislación laboral, mientras por las mañanas proclaman su defensa inquebrantable de los derechos de la clase trabajadora.
Son los peores jefes, los peores encargados y, demasiadas veces, los peores compañeros.
Pero tranquilos, que los últimos serán los primeros.
Aleluya, hermanos.
El sindicato de los cuatro magníficos
Resulta especialmente curioso observar a ciertos responsables de Acción Sindical que presumen de una trayectoria impecable mientras dejan detrás un paisaje organizativo bastante parecido a un solar abandonado.
Conozco casos de sindicatos de transportes —y no, no hablo de Madrid, por cierto— que han terminado hechos una mierda después de años bajo determinadas direcciones.
Pero no pasa nada. Ahora se reúnen los cuatro de siempre, levantan acta entre ellos, estampan su cuño y pueden regresar satisfechos a casa. Democracia sindical en estado puro. Cuatro asistentes, cuatro votos y, con un poco de suerte, unanimidad absoluta.
A vivir, que son dos días.
Cuando alguien les pregunta por qué llevan tantos años ocupando los mismos cargos, recuperan su explicación favorita:
«Es que la gente no se compromete».
No os creáis ese cuento. En muchos casos ya se han encargado de que no quede nadie dispuesto a soportarlos. Han confundido la militancia con la obediencia y el sindicato con una propiedad privada administrada por una pequeña comunidad de propietarios.
No es nada personal, entiéndelo. Simplemente resulta más cómodo.
Sin gente crítica no hay preguntas incómodas. Sin preguntas incómodas no hay que dar explicaciones. Y sin explicaciones, el cargo se conserva estupendamente.
El problema es que, después de tanto tiempo encerrados en su pequeño mundo, terminan creyendo que realmente son imprescindibles.
En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y algunos se han comprado hasta la corona.
Diseñadores gráficos de la revolución
La estupidez alcanza dimensiones verdaderamente extraordinarias cuando entramos en el maravilloso mundo de la propaganda sindical. Aquí aparece otra especie digna de estudio: el diseñador gráfico autoproclamado.
Personajes que llevan años presentándose como grandes especialistas en comunicación, diseño y propaganda, pero cuyos trabajos parecen realizados durante un apagón, con un ordenador de 1998 y una impresora que lleva tres años pidiendo la jubilación.
Ves sus carteles, calendarios y pegatinas y no puedes evitar preguntarte:
«Pero ¿esta mierda qué es, tío?».
Y lo peor es que están encantados con el resultado.
Les fascina que el sindicato financie sus pequeñas obras maestras, aunque después nadie quiera pegar sus pegatinas ni colgar sus calendarios. Cuando propones encargar el trabajo a una imprenta profesional, para que el resultado no parezca un accidente industrial, pueden llegar incluso a mentirte.
«No, si ya lo hemos encargado a una imprenta».
Mentira.
Pero lo dicen con una convicción admirable. Quizá piensan que, si repiten la mentira suficientes veces, la impresora doméstica terminará convirtiéndose por generación espontánea en una Heidelberg industrial.
Lo importante no es mejorar la propaganda. Lo importante es que nadie cuestione al artista del secretariado.
Y, sobre todo, que te calles.
La neutralidad del que nunca pierde
Otra de sus grandes habilidades aparece cuando estalla alguna disputa interna.
Dos bloques enfrentados, posiciones distintas y decisiones que exigen tomar partido. Aquí nuestros protagonistas despliegan una extraordinaria capacidad para la supervivencia política.
Nunca se posicionan del todo.
No porque sean especialmente inteligentes, prudentes o partidarios del diálogo. Qué va. Lo hacen porque necesitan mantener un pie en cada lado, por si cambia el viento y peligra su pequeño espacio de poder.
Son capaces de darte la razón en privado y desautorizarte en público. De criticar a unos mientras toman café con ellos y de abrazar a los otros mientras calculan qué les conviene más.
Una auténtica obra de ingeniería moral. No se trata de neutralidad. Se trata de no perder el asiento.
Y así, entre silencios interesados, medias verdades y lealtades de quita y pon, van sembrando una mezcla de mediocridad y mezquindad que termina contaminándolo todo.
La militancia no empieza ni termina en su despacho
Como cualquier persona con un mínimo de dignidad, no acostumbro a acudir a lugares donde no se me aprecia ni se me respeta. Mucho menos si, además, tengo que soportar insultos, desprecios o ataques personales.
Por eso hace bastante tiempo que dejé de acudir regularmente al sindicato.
No significa que haya dejado de tener conciencia de clase, de defender mis ideas o de participar en las luchas que considero necesarias. Simplemente he decidido no regalar mi tiempo a determinados personajes.
Pero ellos viven tan encerrados en su propia burbuja que no consiguen comprenderlo.
Se han convencido de que el sindicalismo empieza cuando ellos abren la puerta del local y termina cuando se marchan a casa. Si no acudes a sus reuniones, no militas. Si no participas en sus actividades, no luchas. Y si no desfilas con ellos detrás de una pancarta, prácticamente has abandonado a la clase trabajadora.
Por cierto, algunos de esos desfiles son bastante malos. Y la música, peor.
De vez en cuando aparece alguno, normalmente con buena intención, y te dice:
«Yo estoy aquí luchando por ti».
Lo dice muy serio.
Y lo más sorprendente es que se lo cree. No entiende que alguien con conciencia de clase puede seguir luchando con ellos, sin ellos o incluso a pesar de ellos.
Porque la lucha obrera no es patrimonio de ningún secretariado permanente. Ni necesita la autorización de un secretario general para existir.
La conciencia de clase no se entrega al entrar en un local sindical ni se pierde al salir de él. Y la militancia, por suerte, no se mide por el número de actas que firmas, los cargos que acumulas o las fotografías en las que apareces sujetando una pancarta.
El porcino arte de conservar el ego
Así es, amiguitos, como se cultiva el porcino arte del ego de los cargos.
Un arte que requiere años de práctica, una buena dosis de mediocridad, cierta habilidad para rodearse de aduladores y una capacidad casi infinita para confundir la organización colectiva con el engrandecimiento personal.
Algunos se esconden detrás de frondosas barbas, gafas de pasta y poses de intelectuales revolucionarios. Hablan de horizontalidad, apoyo mutuo y emancipación mientras se comportan como pequeños jefes de negociado.
Otros llevan tantos años en el cargo que ya deben de pensar que su nombre viene incluido en los estatutos.
Y todos tienen algo en común: se les enrojecen los carrillos cada vez que alguien se atreve a decirles ciertas verdades a la cara. Es curioso. Presumen de querer acabar con toda autoridad, pero no soportan que alguien cuestione la suya.
Tal vez el problema no sea que falte militancia. Tal vez sobren cargos que se han olvidado de para qué existen los sindicatos.
Porque el anarcosindicalismo no nació para fabricar pequeños monarcas con sello de caucho, sino para que los trabajadores y las trabajadoras pudieran organizarse sin amos, sin patrones y sin jefecillos que les dijeran lo que tenían que pensar.
Y convendría recordarlo de vez en cuando.
Especialmente a quienes llevan ocho años sentados en el mismo sillón. No vaya a ser que terminen echando raíces y tengamos que convocar una huelga de jardineros para sacarlos de allí.
Por JM-QTF





