El 16 de octubre de 1953, la huelga de los trabajadores de la caña se extendió por los campos de Reserve y otras zonas del sur de Luisiana. Las compañías azucareras se negaban a reconocer como interlocutor al National Agricultural Workers’ Union, y la plantilla respondió en plena cosecha. En un territorio construido alrededor de las plantaciones, parar no significaba únicamente perder el jornal: para muchas familias también suponía arriesgar la vivienda y el acceso a los recursos más básicos.
El sindicato llevaba organizando a los trabajadores de las plantaciones desde la primavera de 1952. Su Local 317 tenía la sede en Reserve y había tejido secciones en las principales parroquias productoras de caña. En sus filas convivían hombres y mujeres, trabajadores negros y blancos, dentro de una mano de obra que las grandes empresas habían mantenido durante generaciones en condiciones de fuerte dependencia.
La movilización alcanzó a unos 2.000 trabajadores, alrededor de una décima parte de la fuerza laboral del sector. Antes del amanecer, grupos de huelguistas se reunían en logias masónicas y locales de sociedades de ayuda mutua para sostener el paro. Cuatro de cada cinco eran afroamericanos. Los peones del campo apenas rondaban los 700 dólares anuales y los trabajadores cualificados llegaban, en el mejor de los casos, a unos 1.200. Muchos vivían en casas propiedad de las compañías y compraban en tiendas controladas por los propios plantadores.
La reivindicación central no era todavía una mejora salarial, sino algo más elemental: que las empresas reconocieran al sindicato y aceptaran negociar. La huelga recibió el respaldo de la AFL y la CIO; Walter Reuther, dirigente del sindicato del automóvil, envió 5.000 dólares para sostenerla. También sectores de la Iglesia católica del sur pidieron públicamente a los propietarios que se sentaran con la representación obrera.
La respuesta patronal fue contundente. La Sugar Cane League anunció despidos masivos y desalojos si el paro continuaba, mientras algunos propietarios llevaron rompehuelgas desde Misisipi. La policía estatal patrulló las carreteras bajo el argumento de evitar incidentes. En la parroquia de Terrebonne, cuatro hombres emboscaron y dispararon contra tres trabajadores negros de un ingenio, que resultaron heridos; los agresores fueron detenidos.
La huelga terminó en noviembre sin conseguir el reconocimiento sindical. Fue una derrota inmediata, pero dejó al descubierto la estructura de poder de las plantaciones: el mismo empresario podía controlar el empleo, el salario, la casa y la tienda. Aquellos trabajadores pusieron en juego todo para defender una idea sencilla y todavía peligrosa en los campos estadounidenses de 1953: que quienes producen la riqueza tienen derecho a organizarse y hablar con voz propia.
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