Tal día como hoy: 14 de octubre

El 14 de octubre de 1976, más de un millón de trabajadores pararon en Canadá contra los controles salariales y protagonizaron la mayor movilización obrera de la historia del país.
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El 14 de octubre de 1976, más de un millón de trabajadores dejaron sus puestos en Canadá para enfrentarse a una política que intervenía directamente sobre sus salarios. La convocatoria, organizada como Jornada Nacional de Protesta por el Congreso Laboral Canadiense, paralizó durante veinticuatro horas fábricas, minas, puertos, obras, transportes y servicios públicos. Fue la mayor movilización obrera de la historia del país y es considerada su primera huelga general de alcance nacional.

El conflicto había comenzado un año antes, en plena inflación internacional. El Gobierno liberal de Pierre Elliott Trudeau implantó un programa de control de precios y salarios pese a haberse opuesto a esa fórmula durante la campaña electoral de 1974. La Ley Antiinflación creó una junta con capacidad para revisar y recortar aumentos salariales, incluidos incrementos que ya habían sido negociados y firmados en convenios colectivos. Para los sindicatos, el mensaje era claro: el Estado estaba dispuesto a limitar los salarios con mucha más eficacia que los precios o los beneficios empresariales.

La medida golpeaba el corazón de la negociación colectiva. Si un sindicato conseguía una subida después de meses de organización, asambleas y conflicto, un organismo ajeno al centro de trabajo podía rebajarla. La protesta no se reducía, por tanto, a discutir un porcentaje. Estaba en juego quién decidía el valor del trabajo y si un convenio firmado seguía obligando a las partes. Bajo el lema «¿Por qué yo?», las organizaciones obreras recorrieron centros de trabajo y ciudades explicando que la lucha contra la inflación no podía descargarse sobre las nóminas.

En mayo de 1976, el congreso sindical canadiense autorizó la preparación de una huelga general si resultaba necesaria. La fecha elegida fue el primer aniversario de la política de controles. La organización se hizo desde abajo: federaciones provinciales, sindicatos de rama, consejos laborales locales y delegados de empresa prepararon paros, marchas y concentraciones. Hubo trabajadores amenazados con sanciones, suspensiones o despidos si participaban, pero la convocatoria continuó creciendo.

Cuando amaneció el 14 de octubre, amplias zonas industriales se detuvieron. En la Columbia Británica secundaron la protesta cerca de 200.000 personas: cesó la actividad forestal y minera, se pararon los muelles, no circularon autobuses ni transbordadores y quedaron vacías numerosas obras y oficinas públicas. Los principales periódicos de Vancouver tampoco se imprimieron. En otras provincias hubo cierres, marchas y concentraciones que mostraron que el rechazo no pertenecía a una sola profesión ni a un único territorio.

Saint John, en Nuevo Brunswick, vivió uno de los paros más completos. Cerraron el puerto, los astilleros, las fábricas de papel, la refinería de azúcar y la de petróleo; tampoco funcionaron los autobuses ni los taxis. Unas 12.000 personas faltaron al trabajo y miles marcharon desde distintos puntos de la ciudad hasta reunirse en el centro. La fuerza de aquella jornada estuvo precisamente en reunir a trabajadores industriales, empleados públicos, transportistas y personal de servicios bajo una misma reivindicación.

La protesta no logró retirar inmediatamente los controles, que continuaron aplicándose hasta 1978. Tampoco abrió una cadena sostenida de huelgas generales. Pero dejó una enseñanza de mayor alcance: una agresión presentada como medida técnica contra la inflación podía recibir una respuesta política de toda la clase trabajadora. Durante un día, millones de relaciones laborales separadas se convirtieron en un conflicto común frente al Gobierno y la patronal.

Cincuenta años después, el 14 de octubre de 1976 conserva una actualidad incómoda. Cada crisis vuelve acompañada del mismo reparto interesado de responsabilidades: moderación para los salarios, paciencia para quienes pierden poder adquisitivo y libertad para precios y beneficios. La jornada canadiense demostró que la negociación colectiva solo mantiene su fuerza cuando existe capacidad para defenderla y que, cuando el ataque afecta a todos, la respuesta más poderosa sigue siendo la solidaridad organizada.

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