Georges Brassens: la mala reputación de un hombre libre

De Renault y el trabajo obligatorio a la prensa anarquista y los escenarios: las canciones de Brassens hicieron de la irreverencia, la amistad y la libertad una forma de mirar el mundo.
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Una guitarra, un bigote y una voz que parecía conversar con la última mesa del bar. Georges Brassens podía desarmar la respetabilidad de un juez o la solemnidad de un patriota sin levantar demasiado el tono. Su humor tenía destinatarios concretos: quienes vigilaban la vida ajena, quienes confundían obediencia con virtud y quienes administraban castigos desde una posición cómoda. Escucharlo sigue siendo una buena manera de desconfiar de la gente que presume demasiado de ser decente.

Por Iván Molina, para sindicalismo.org

Georges Charles Brassens nació el 22 de octubre de 1921 en Sète, localidad portuaria del sur de Francia. Su padre, Jean-Louis, trabajaba en el sector de la albañilería; su madre, Elvira, era de origen italiano. En casa convivían las canciones populares y dos maneras muy distintas de mirar la religión: una madre católica y un padre ateo. El joven Georges no destacó por su disciplina escolar, pero en 1936 encontró a un profesor de francés, Alphonse Bonnafé, que le despertó el interés por la poesía. Aquello sí le acompañaría toda la vida: leyó, aprendió a medir las palabras y descubrió que un verso bien colocado podía resultar bastante más incómodo que un discurso solemne.

Su juventud tampoco fue la biografía impecable que algunos escriben después a sus ídolos. Se vio envuelto en pequeños robos con otros muchachos de Sète y acabó ante la justicia en 1939. En febrero de 1940 se trasladó a París, donde trabajó brevemente en una fábrica de Renault. En marzo de 1943, durante la ocupación alemana, fue enviado a Basdorf, cerca de Berlín, bajo el Servicio del Trabajo Obligatorio. Allí siguió escribiendo entre jornadas de trabajo y conoció a Pierre Onténiente, quien años después sería su estrecho colaborador. En 1944 aprovechó un permiso para regresar a París y decidió no volver a Alemania. Jeanne y Marcel Planche lo acogieron en su vivienda de la impasse Florimont. Sin aquella casa y sin aquella solidaridad doméstica, la historia del famoso cantautor habría sido muy distinta.

Su relación con el anarquismo no fue una pose adquirida con la fama. En la posguerra se vinculó a la Federación Anarquista francesa y, desde 1946, colaboró con Le Libertaire, su periódico: escribió, corrigió pruebas y desempeñó tareas de redacción. Se interesó por autores como Bakunin, Kropotkin y Proudhon y mantuvo contacto con círculos libertarios, incluidos exiliados españoles. Su compromiso no consistió en repetir una consigna en cada estribillo. Prefería desconfiar del militarismo, las jerarquías, las buenas costumbres obligatorias y el derecho que algunos se arrogan a dirigir la vida de los demás. Esa etapa está recogida en parte en el volumen Escritos libertarios, publicado en castellano.

En La mauvaise réputation, una de sus canciones más conocidas, basta con que un hombre no participe en la fiesta nacional o permita escapar a un ladrón de manzanas para que los vecinos lo consideren peligroso. En Le Gorille, la provocación y el humor negro sirven para cuestionar la pena de muerte y a quienes la aplican. Su contenido sexual y su crítica a la justicia provocaron restricciones radiofónicas. La caricatura hacía reír, pero dejaba un asunto desagradable encima de la mesa: las personas respetables podían defender tranquilamente una ejecución mientras se escandalizaban por una canción.

No se limitó a cantar contra las instituciones. El 26 de febrero de 1960 participó en una actuación de apoyo a Le Monde libertaire; en 1963 apoyó públicamente a los objetores de conciencia y en 1965 firmó una petición contra la censura sufrida por Jean Ferrat. Su oposición a la pena capital tuvo un desenlace histórico que alcanzó a conocer: Francia promulgó la ley de abolición el 9 de octubre de 1981, veinte días antes de su muerte. No fue una conquista personal de Brassens, sino el resultado de un largo combate abolicionista, pero ayuda a situar su obra en un debate real de su tiempo.

Al principio ni siquiera quería ser intérprete. Pensaba que otros cantarían mejor sus composiciones. La cantante Patachou le hizo cambiar de idea después de escucharlo en su cabaré de Montmartre el 24 de enero de 1952. Ese año llegaron sus primeras grabaciones y en 1953 apareció su primer álbum, asociado precisamente a La mauvaise réputation. También comenzó una larga relación con el teatro Bobino de París. En 1954 obtuvo un premio de la Academia Charles-Cros por Le Parapluie. La notoriedad crecía, pero el escenario seguía siendo casi espartano: una silla, una guitarra, la voz grave y, desde 1954, el contrabajo de Pierre Nicolas. Lo difícil estaba en las canciones, no en decorar el espectáculo.

Brassens sabía mirar más allá del provocador que llevaba dentro. Chanson pour l’Auvergnat agradecía los gestos de quienes ayudan sin pedir credenciales; Les Amoureux des bancs publics defendía la intimidad de unos enamorados frente a la vigilancia ajena; Pauvre Martin retrataba una existencia marcada por el trabajo y la pobreza. En 1964, Les Copains d’abord convirtió la amistad en una declaración de principios. Había ternura junto a la insolencia. No eran dos Brassens diferentes: era el mismo hombre tomando partido por el que recibe una reprimenda, por quien trabaja sin reconocimiento o por quien necesita que le abran la puerta.

También ejerció esa lealtad fuera de las canciones. Cuando comenzó a ganar dinero, en 1955 compró la casa de Jeanne y Marcel Planche y la vivienda contigua para ponerlas a su disposición. En su vida personal mantuvo desde 1947 una relación duradera con Joha Heiman, a quien llamaba cariñosamente Püppchen. No se casaron ni establecieron una convivencia convencional. Brassens, que desconfiaba del matrimonio como obligación social, no necesitó convertir su vida íntima en una campaña pública.

Su obra mereció reconocimientos que habrían resultado incómodos para cualquier enemigo declarado de la solemnidad. En 1967 recibió el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa. Había puesto música a versos de François Villon, Victor Hugo, Louis Aragon y otros poetas, al tiempo que creaba una poesía propia hecha de vocabulario popular, rima precisa y una métrica trabajada hasta el detalle. El 6 de enero de 1969 compartió una célebre conversación con Jacques Brel y Léo Ferré sobre música, libertad, vida y muerte. Su último álbum de canciones originales apareció en 1976, y entre octubre de ese año y marzo de 1977 ofreció en Bobino su última larga serie de recitales.

Su influencia llegó muy pronto a España, especialmente a través de Paco Ibáñez. En el Olympia de París, el 2 de diciembre de 1969, Ibáñez interpretó en castellano La mala reputación, con traducción de Pierre Pascal. En un país todavía gobernado por Franco, la historia del hombre señalado por negarse a marchar al paso de los demás adquiría una resonancia política inmediata. A finales de los setenta, Ibáñez dedicó un disco a sus canciones. Después, Javier Krahe grabó en 1981 adaptaciones como La tormenta y Marieta, mientras Loquillo y Trogloditas llevaron La mala reputación al rock en 1988. En catalán y euskera también se han interpretado versiones de sus temas. Su música cruzó fronteras, generaciones y estilos sin perder del todo aquel punto de insolencia original.

Su salud llevaba años dándole problemas, especialmente por dolencias renales. Durante sus últimos años redujo las actuaciones, y un cáncer agravó definitivamente su estado. Murió el 29 de octubre de 1981 en Saint-Gély-du-Fesc, cerca de Montpellier, apenas siete días después de cumplir 60 años. La noticia se difundió al día siguiente y ocupó un lugar destacado en los informativos franceses. Fue enterrado el 31 de octubre, en una ceremonia íntima, en el panteón familiar del cementerio de Le Py, en Sète. No fue sepultado en la playa, pese a la petición irónica que había convertido en canción.

La repercusión de su muerte fue mucho más allá del mundo musical. La televisión francesa habló de conmoción nacional. El presidente François Mitterrand lamentó públicamente la desaparición de uno de los poetas de su tiempo, y el ministro de Cultura, Jack Lang, recordó hasta qué punto su voz había acompañado a varias generaciones. La prensa publicó homenajes y testimonios de escritores, artistas y oyentes. Era una paradoja muy brassensiana: el hombre que se había burlado de los honores oficiales recibía, al morir, el reconocimiento de las máximas autoridades del Estado.

En España, el golpe fue particularmente duro para Paco Ibáñez. Se encontraba en Asturias cuando recibió la noticia y explicó a la prensa la profunda tristeza que le producía la pérdida de quien consideraba su maestro. Anunció que dedicaría a Brassens el concierto previsto en Gijón y que interrumpiría su gira para desplazarse a Francia. No era un homenaje de compromiso: Ibáñez reconocía que de él había aprendido una manera de poner la música al servicio de las palabras y de defender una canción que no necesitaba pedir permiso.

Después de 1981 llegaron nuevas grabaciones, reediciones y homenajes. Maxime Le Forestier, Renaud y otros músicos franceses mantuvieron vivo su repertorio; en España, sus canciones siguieron circulando entre cantautores, rockeros y públicos que incluso conocían las versiones antes que el original. En 2021, el centenario de su nacimiento y el cuadragésimo aniversario de su muerte dieron lugar a publicaciones, exposiciones y recuperaciones de archivos, incluida una selección de la Biblioteca Nacional de Francia. Su permanencia no se explica solo por la nostalgia: la vigilancia moral, el abuso de autoridad, el desprecio al pobre y el valor de una amistad concreta siguen siendo asuntos perfectamente reconocibles.

De Brassens se suele recordar la pipa, el bigote y las bromas. Conviene no perder de vista al trabajador de Renault, al joven obligado a desplazarse a Alemania, al colaborador de un periódico anarquista y al hombre que nunca olvidó a quienes lo acogieron cuando no tenía casi nada. Su mala reputación era, en el fondo, una negativa a obedecer por costumbre. Y esa forma de libertad sigue resultando incómoda.

Fotografía: Georges Brassens en concierto en el Théâtre national populaire, 1966. Roger Pic / Bibliothèque nationale de France, vía Wikimedia Commons. Dominio público.

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