Esta huelga hacía falta: Una huelga para volver a juntar el trabajo y la vida

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La convocatoria de una huelga general por la vivienda tiene algo que hacía tiempo que no veíamos: el conflicto ha recorrido el camino inverso. No ha nacido de una negociación entre grandes organizaciones para después buscar apoyos en la calle. Ha ocurrido al revés. El movimiento de inquilinas puso el problema encima de la mesa, las movilizaciones hicieron crecer la exigencia, CGT decidió asumir el paro de 24 horas y finalmente CCOO y UGT se han incorporado. Solo por eso merece atención.

Por Clara Sánchez. Ferroviaria y sindicalista.

Llevamos años hablando de salarios como si pudiéramos vivir dentro de una nómina. Discutimos convenios, IPC, subidas del 2%, del 3% o del 4%. Después llega el día 1, se cobra el alquiler o la hipoteca y buena parte de aquella subida desaparece. Por eso una huelga general por la vivienda tiene mucho más sentido del que algunos quieren reconocer. Hemos escuchado hablar de la vivienda como si fuera una desgracia particular. Uno no encuentra piso, otro vuelve a casa de sus padres, otro comparte habitación, una familia se marcha del barrio y otra dedica una barbaridad de su sueldo al alquiler. Historias aparentemente individuales que, puestas juntas, describen algo bastante diferente.

El Sindicato de Inquilinas ha conseguido hacer precisamente eso: convertir miles de problemas particulares en un conflicto colectivo. Y cuando en las manifestaciones comenzó a escucharse con fuerza la palabra huelga, la discusión cambió.

Ya no se trataba únicamente de manifestarse contra los alquileres. Se estaba planteando utilizar una herramienta histórica de la clase trabajadora para intervenir en un problema que ocurre aparentemente fuera de la empresa.

Ahí está, para mí, lo verdaderamente interesante.

Los sindicatos han tenido que moverse

CGT decidió apostar por una huelga general de 24 horas. Después han llegado CCOO y UGT. Que organizaciones tan diferentes puedan encontrarse alrededor de la vivienda dice bastante sobre la dimensión que ha alcanzado el problema.

No hace falta esconder sus diferencias. Sería absurdo. Tampoco necesitamos una fotografía de unidad artificial en la que todos parezcan pensar exactamente igual. Lo importante será comprobar si son capaces de hacer algo mucho más difícil: trabajar juntas sin intentar convertir la convocatoria en patrimonio de ninguna sigla.

Porque esta huelga no debería pertenecer a CCOO, UGT, CGT ni siquiera exclusivamente al Sindicato de Inquilinas. Tendrá sentido cuando la sienta como propia quien se levanta a las seis de la mañana, trabaja ocho horas y aun así hace cuentas para llegar al siguiente alquiler.

El sindicalismo necesitaba salir otra vez de la empresa

Hay algo de esta convocatoria que me interesa especialmente. Durante demasiado tiempo una parte del sindicalismo ha ido reduciendo su campo de actuación al interior del centro de trabajo: convenio, nómina, horario, vacaciones, despidos.

Todo eso sigue siendo fundamental. Pero la vida de un trabajador continúa cuando ficha la salida. Después aparece el supermercado. La factura de la luz. El transporte. Los cuidados. El alquiler. La hipoteca.

El movimiento obrero histórico entendió bastante bien que organizar a los trabajadores significaba también organizar la vida fuera de la fábrica. De ahí surgieron ateneos, cooperativas, cajas de resistencia, escuelas, bibliotecas, mutualidades y toda una cultura obrera que no terminaba en el puesto de trabajo.

Ahora viene lo difícil. Porque anunciar una huelga general proporciona un titular. Conseguir que alguien deje realmente de trabajar exige muchísimo más. No servirá de nada llenar las redes sociales de carteles si en los talleres, oficinas, hospitales, comercios y almacenes nadie habla de ella.

La huelga tendrá que explicarse cara a cara. Y probablemente la conversación más importante no será con quien ya está convencido, sino con quien pregunta: «¿Y qué conseguimos perdiendo un día de sueldo?»

Ahí empieza el verdadero trabajo sindical. No basta con responder con consignas. Hay que explicar objetivos concretos, escuchar dudas y conseguir que personas que nunca han participado en una huelga entiendan por qué esta convocatoria también les afecta.

Si eso no ocurre, tendremos una movilización. Pero difícilmente tendremos una huelga general.

Para las dos centrales mayoritarias el desafío es diferente. Su incorporación puede multiplicar enormemente el alcance de la convocatoria por su presencia en empresas y comités. Pero precisamente por eso tendrán una responsabilidad enorme.

No puede convertirse en uno de esos paros que se convocan desde arriba y llegan a los trabajadores cuando prácticamente está todo decidido. Si quieren que la movilización tenga profundidad, tendrán que abrir espacios de participación y explicar por qué han decidido dar este paso.

Esta huelga será mucho más interesante si consigue romper también algunas rutinas del propio sindicalismo.

Volver a hablar con quien tenemos al lado

Quizá lo que más me atrae de esta convocatoria sea algo mucho menos espectacular que una gran manifestación.

Imagino una sección sindical reuniéndose y hablando por primera vez del alquiler que pagan sus compañeros. Un trabajador de cincuenta años descubriendo que el chaval que tiene al lado cobra casi lo mismo pero paga una habitación porque no puede permitirse un piso. Una compañera explicando que tarda hora y media en llegar porque tuvo que marcharse a vivir cada vez más lejos.

Esas conversaciones también construyen conciencia de clase. No siempre empieza con un gran discurso. Algunas veces empieza cuando dos trabajadores comparan sus vidas y descubren que aquello que creían un fracaso personal tiene causas compartidas.

La huelga llegará y terminará. Habrá cifras diferentes de seguimiento, fotografías de manifestaciones y discusiones sobre quién ganó o perdió. Todo eso ocurrirá.

A mí me interesa más el día siguiente. Si después de la huelga los sindicatos vuelven a hablar exclusivamente de vivienda cuando haya otra manifestación, habremos avanzado poco.

Pero si el problema empieza a formar parte permanentemente de la acción sindical; si movimiento de inquilinas y organizaciones de trabajadores mantienen espacios comunes; si en las empresas empezamos a entender el coste de la vivienda como una parte esencial de nuestras condiciones materiales, entonces habrá quedado algo. Incluso aunque la huelga no consiga inmediatamente todas sus reivindicaciones.

Una posibilidad que merece ser construida

No sé si será una huelga histórica. Esa palabra se utiliza demasiado antes de que sucedan las cosas. Lo que sí tenemos delante es una posibilidad poco habitual.

Inquilinas organizadas, sindicalismo combativo y las grandes centrales sindicales coincidiendo alrededor de una misma convocatoria. Puede terminar siendo simplemente una jornada de protesta.

La preparación de la huelga llevará a las asambleas sindicales una discusión muy concreta: cuánto queda del salario después de pagar el alquiler y qué pueden hacer las plantillas para cambiarlo.

Clara Sánchez

Ferroviaria y sindicalista.