En la primera parte recorrimos con Norman Cohn los orígenes de la tradición apocalíptica, los primeros mesías populares, las Cruzadas, los Pastoureaux y las profecías construidas alrededor de Federico II. Pero En pos del milenio reserva para su segunda mitad los movimientos más radicales. Entre los siglos XIII y XVI, la promesa de una nueva era comenzó a mezclarse con ideas sobre la comunidad de bienes, la desaparición de las jerarquías y la destrucción violenta del viejo orden. El recorrido nos lleva desde los flagelantes de la Europa de la Peste Negra hasta la ciudad anabaptista de Münster.
Capítulo VII. Los flagelantes: salvar el mundo mediante el sufrimiento
El movimiento de los flagelantes tuvo antecedentes anteriores, pero alcanzó dimensiones extraordinarias durante la Peste Negra de 1348-1349.
Europa estaba viviendo una catástrofe difícil de imaginar. La peste eliminó una parte enorme de la población europea y ciudades enteras quedaron devastadas.
En ese escenario aparecieron grupos que recorrían pueblos y ciudades azotándose públicamente.
La lógica era religiosa: si la humanidad estaba siendo castigada por sus pecados, el sufrimiento voluntario podía aplacar la ira divina.
Pero Cohn observa cómo determinados grupos desarrollaron una identidad mucho más radical. Algunos llegaron a considerarse una élite espiritual con una misión histórica propia, independiente de la Iglesia.
En 1349, el papa Clemente VI condenó el movimiento.
También aquí la búsqueda de salvación convivió con la persecución. Durante la Peste Negra, comunidades judías fueron acusadas falsamente de provocar la epidemia mediante el envenenamiento de pozos y sufrieron masacres en distintas ciudades europeas.
El Apocalipsis necesitaba nuevamente encontrar culpables.
Los flagelantes secretos de Turingia
La represión no eliminó completamente estas ideas.
En Turingia, en el centro de Alemania, sobrevivieron durante los siglos XIV y XV comunidades clandestinas relacionadas con tradiciones flagelantes. Cohn presta especial atención a figuras como Konrad Schmid, alrededor del cual se desarrolló una corriente que esperaba acontecimientos apocalípticos concretos.
El movimiento dejó de ser simplemente una práctica pública de penitencia.
Se convirtió en una comunidad clandestina de elegidos.
La transformación resulta importante: quienes creen poseer exclusivamente la verdad pueden terminar considerando ilegítimas todas las instituciones existentes.
Capítulos VIII y IX. Los «superhombres amorales» y el Libre Espíritu
Cohn dedica dos capítulos completos a uno de los fenómenos más difíciles y controvertidos del libro: la llamada herejía del Libre Espíritu.
Sus raíces se sitúan entre los siglos XIII y XIV y aparecen relacionadas con diferentes comunidades de Francia, Alemania y los Países Bajos, así como con ambientes de beguinas y begardos.
Una influencia temprana fue Amaury de Bène —Amalrico de Bena—, maestro parisino muerto alrededor de 1206. Algunos de sus seguidores, los llamados amaurinos, fueron condenados por herejía en París a comienzos del siglo XIII.
Determinadas doctrinas atribuidas posteriormente al Libre Espíritu sostenían que una persona podía alcanzar una unión tan completa con Dios que dejaba de encontrarse sometida a las normas ordinarias.
La consecuencia potencial era extraordinaria.
Si alguien había alcanzado la perfección espiritual, ¿qué autoridad podía juzgarlo?
¿La Iglesia?
¿La ley?
¿La moral convencional?
Cohn encuentra aquí aquello que denomina provocativamente «anarquismo místico».
Una advertencia necesaria sobre las fuentes
Pero esta parte del libro debe leerse con especial precaución.
Buena parte de lo que conocemos sobre estas comunidades procede de documentos eclesiásticos, procesos inquisitoriales y escritores encargados de combatirlas.
Las acusaciones de promiscuidad, inmoralidad absoluta o rechazo de toda norma fueron precisamente algunas de las herramientas tradicionales utilizadas contra grupos considerados heréticos.
Eso no significa que toda la información sea falsa.
Significa que estamos intentando reconstruir la vida de los perseguidos utilizando muchas veces los archivos de quienes los persiguieron.
Es una dificultad fundamental para cualquier historia de los movimientos populares medievales.
Capítulo X. El estado igualitario de naturaleza
A partir del capítulo décimo, Cohn entra directamente en el problema del igualitarismo.
Una idea comenzó a circular bajo diferentes formas: originalmente los seres humanos habían sido iguales y los bienes habían pertenecido a todos.
La propiedad privada y las jerarquías serían, por tanto, instituciones aparecidas después de aquella condición original.
Era una afirmación explosiva.
Porque si la desigualdad había sido creada por los seres humanos, también podía ser destruida por ellos.
No estamos todavía ante el comunismo moderno. No existe una teoría del capitalismo, de la plusvalía ni de la propiedad de los medios de producción.
Pero aparece una idea destinada a tener una larguísima historia:
la riqueza privada no forma necesariamente parte del orden natural del mundo.
Bohemia, Jan Hus y el comienzo de una revolución
A comienzos del siglo XV, Bohemia —en el territorio de la actual República Checa— se convirtió en uno de los grandes centros de ruptura religiosa europea.
El reformador Jan Hus, crítico con diferentes aspectos de la Iglesia, fue condenado por herejía y quemado en Constanza el 6 de julio de 1415.
Su ejecución provocó una enorme conmoción en Bohemia.
El conflicto religioso se mezcló con tensiones políticas y sociales y terminó desembocando en las guerras husitas, iniciadas en 1419.
Dentro del movimiento husita apareció un sector especialmente radical.
Los taboritas.
Tábor, 1420: una ciudad para el nuevo mundo
Los radicales establecieron en 1420 su gran centro en Tábor, al sur de Bohemia.
El propio nombre remitía al monte bíblico.
Allí confluyeron campesinos, artesanos, predicadores y combatientes convencidos de estar participando en una transformación decisiva de la historia.
Entre algunos sectores radicales aparecieron prácticas comunitarias y expectativas sobre la desaparición del viejo orden.
La revolución husita demuestra hasta qué punto las fronteras entre reforma religiosa, guerra, revolución política y conflicto social podían desaparecer.
Pero también surgieron divisiones internas.
Los sectores más extremos fueron perseguidos incluso por otros husitas.
La revolución comenzaba a devorar a algunos de sus propios revolucionarios.
Niklashausen, 1476: el pastor que movilizó a miles
Décadas después apareció otra figura extraordinaria: Hans Böhm, conocido como el Tamborilero de Niklashausen.
En 1476, este joven pastor y músico comenzó a predicar en Niklashausen, Franconia, afirmando haber recibido revelaciones de la Virgen.
Su mensaje adquirió rápidamente contenido social.
Denunció los privilegios eclesiásticos y las cargas que pesaban sobre los campesinos. Miles de personas acudieron a escucharlo.
Las autoridades comprendieron rápidamente el peligro.
Böhm fue detenido y ejecutado en Würzburg en 1476.
Otra vez encontramos el mismo mecanismo: una experiencia religiosa se convierte en punto de reunión de un malestar social que ya existía.
Alemania, 1524-1525: la Guerra de los Campesinos
Medio siglo después, Alemania vivió una insurrección incomparablemente mayor.
La Guerra de los Campesinos de 1524-1525 movilizó a campesinos y otros sectores populares en amplias zonas del Sacro Imperio.
Las causas eran múltiples: cargas feudales, derechos señoriales, aprovechamiento de tierras comunales, impuestos y transformaciones económicas.
Los famosos Doce Artículos de 1525 condensaron varias de las reivindicaciones campesinas.
La Reforma iniciada por Martín Lutero había roto además la antigua unidad religiosa.
En ese escenario apareció Thomas Müntzer.
Thomas Müntzer: cuando el Apocalipsis se convierte en revolución
Nacido hacia 1489, Müntzer fue sacerdote, teólogo y predicador.
Inicialmente próximo al ambiente de la Reforma, terminó enfrentándose radicalmente a Lutero.
Para Müntzer no bastaba con reformar determinadas doctrinas religiosas.
La transformación debía llegar mucho más lejos.
Encontró apoyo entre mineros, artesanos y campesinos y desarrolló una visión en la que los elegidos debían participar activamente en la destrucción del orden injusto.
La ruptura con Lutero fue completa.
Cuando la rebelión campesina se extendió, Müntzer terminó unido a los insurgentes de Turingia.
Frankenhausen, 15 de mayo de 1525
El momento decisivo llegó en Frankenhausen.
El 15 de mayo de 1525, miles de campesinos se enfrentaron a las fuerzas de los príncipes alemanes.
La batalla terminó en desastre.
Los insurgentes fueron masacrados.
Müntzer fue capturado, torturado y ejecutado pocos días después, el 27 de mayo de 1525, en Mühlhausen.
Su figura adquiriría posteriormente una segunda vida.
Durante los siglos XIX y XX sería reinterpretado como precursor revolucionario. Friedrich Engels lo situó en el centro de su estudio sobre la Guerra de los Campesinos en Alemania.
Pero el Müntzer histórico seguía siendo un revolucionario profundamente religioso.
No pretendía construir el socialismo.
Pretendía cumplir una transformación que consideraba querida por Dios.
Capítulos XI, XII y XIII. El milenio igualitario
Los tres últimos capítulos de Cohn están dedicados precisamente al desarrollo de estas aspiraciones igualitarias.
La historia se aproxima ahora al final de la Edad Media y al comienzo de la Europa moderna.
La Reforma había roto la unidad religiosa occidental.
Por diferentes territorios circulaban predicadores, interpretaciones de la Biblia y comunidades que rechazaban el bautismo infantil y defendían un cristianismo radical.
Entre ellas estaban los anabaptistas.
La mayoría de los anabaptistas no protagonizaron revoluciones violentas. Muchos defendieron posteriormente posiciones pacifistas.
Pero una rama radical terminaría protagonizando uno de los episodios más extraordinarios de todo el libro.
Münster, 1534: la Nueva Jerusalén
La ciudad de Münster, en Westfalia, se convirtió en 1534 en el escenario del último gran drama de En pos del milenio.
Predicadores anabaptistas consiguieron una creciente influencia sobre la ciudad.
Entre ellos destacó Jan Matthys, procedente de los Países Bajos, que interpretó Münster como la futura Nueva Jerusalén.
Los creyentes debían reunirse allí.
El resto del mundo estaba próximo a ser destruido.
Una vez más, la profecía comenzaba a organizar físicamente una sociedad.
Jan van Leiden y el Reino de Münster
Tras la muerte de Matthys en 1534, el liderazgo pasó a Jan van Leiden —Juan de Leiden—, un antiguo sastre y tabernero neerlandés.
La revolución adquirió entonces características todavía más extraordinarias.
Se reorganizó la propiedad, se establecieron formas de comunidad de bienes y el nuevo poder reguló intensamente la vida cotidiana.
Pero la pretendida sociedad de los elegidos terminó creando una nueva jerarquía.
Jan van Leiden se proclamó rey de la Nueva Jerusalén.
La paradoja era enorme.
Un movimiento que había cuestionado las autoridades existentes terminaba construyendo una nueva monarquía teocrática.
1535: cae Münster
Mientras tanto, Münster permanecía cercada por las fuerzas del príncipe-obispo.
El hambre fue destruyendo la resistencia.
Finalmente, en junio de 1535, las tropas consiguieron entrar en la ciudad.
La experiencia había terminado.
Jan van Leiden y otros dirigentes fueron capturados. Tras meses de prisión fueron ejecutados públicamente en enero de 1536.
Sus cadáveres fueron introducidos en jaulas de hierro y colgados de la torre de la iglesia de San Lamberto de Münster.
Las jaulas todavía pueden verse hoy.
Era el macabro final de una comunidad que había creído estar construyendo el Reino de Dios sobre la Tierra.
¿Eran realmente anarquistas?
Después de recorrer quinientos años de historia, la pregunta resulta inevitable.
¿Podemos llamar anarquistas a aquellos movimientos?
Solamente con enormes precauciones.
No existía todavía el anarquismo como ideología política. No había teoría moderna del Estado, capitalismo industrial ni movimiento obrero organizado.
Muchos de aquellos rebeldes tampoco pretendían abolir toda autoridad.
Münster demuestra precisamente lo contrario: una revolución contra las autoridades tradicionales podía terminar construyendo una autoridad todavía más absoluta.
El concepto de «anarquistas místicos» de Cohn describe determinadas tendencias radicales, no una continuidad directa entre aquellos grupos y el anarquismo de los siglos XIX y XX.
Del Apocalipsis a la revolución social
Sin embargo, resulta imposible leer En pos del milenio sin reconocer determinados hilos históricos.
La comunidad de bienes.
La denuncia de los ricos.
El cuestionamiento de la propiedad.
El rechazo de las jerarquías.
La aspiración a una sociedad igualitaria.
La aparición de movimientos construidos desde sectores populares.
Pero existe una diferencia decisiva.
Para aquellos revolucionarios, la transformación del mundo todavía estaba escrita en el cielo.
Las revoluciones modernas terminarían bajándola definitivamente a la tierra.
Un libro que también debe discutirse
En pos del milenio es un clásico, pero no una última palabra sobre la Edad Media.
La investigación histórica posterior ha discutido diferentes aspectos de la interpretación de Cohn, especialmente la tendencia a reunir movimientos muy diferentes bajo grandes categorías como milenarismo revolucionario.
También debemos recordar constantemente la naturaleza de las fuentes.
Muchos pobres medievales no escribieron su propia historia.
La escribieron inquisidores, sacerdotes, cronistas, jueces y enemigos.
Por eso debemos distinguir entre lo que aquellos movimientos dijeron realmente y aquello que sus perseguidores afirmaron que decían.
Esa precaución no disminuye el interés de la historia.
Lo aumenta.
De Amberes a Münster: cinco siglos buscando el milenio
El recorrido de Norman Cohn atraviesa casi toda la Europa occidental y central.
Amberes, hacia 1112: Tanchelmo desafía la autoridad eclesiástica.
Calabria, siglo XII: Joaquín de Fiore imagina una nueva edad espiritual.
Francia, 1251 y 1320: los Pastoureaux convierten la cruzada popular en una enorme movilización social.
Europa central, 1348-1349: la Peste Negra impulsa el movimiento flagelante.
Bohemia, 1419-1434: la revolución husita y los taboritas construyen comunidades radicales.
Niklashausen, 1476: Hans Böhm reúne multitudes de campesinos.
Alemania, 1524-1525: la Guerra de los Campesinos sacude el Sacro Imperio y Thomas Müntzer termina ejecutado.
Münster, 1534-1535: los anabaptistas intentan construir la Nueva Jerusalén.
No fueron capítulos de una misma revolución.
No existió una organización clandestina atravesando cinco siglos.
Tampoco fueron anarquistas esperando que apareciera Bakunin.
Fueron fenómenos diferentes nacidos en sociedades diferentes.
Pero compartieron algo extraordinario.
La negativa a aceptar que el mundo conocido fuera necesariamente eterno.
Antes de las banderas rojas y negras
Siglos después, la industrialización transformaría completamente el conflicto social.
El campesino dejaría paso al proletario industrial como gran protagonista de las nuevas teorías revolucionarias. Aparecerían sindicatos, sociedades obreras, cooperativas, internacionales y organizaciones políticas.
La desigualdad dejaría progresivamente de explicarse mediante el pecado o el Anticristo y comenzaría a analizarse mediante la propiedad, el salario, las clases sociales y las relaciones económicas.
El paraíso dejaría de necesitar una intervención divina.
Pero algunas preguntas sobrevivieron.
¿Por qué unos poseen la tierra y otros la trabajan?
¿Por qué unos acumulan riqueza mientras otros viven en la pobreza?
¿De dónde procede el derecho de unos seres humanos a gobernar sobre otros?
¿Puede organizarse una sociedad sin las jerarquías existentes?
Los revolucionarios medievales respondieron utilizando el lenguaje de su época.
Nosotros no necesitamos convertirlos en algo que nunca fueron para reconocer la fuerza de esas preguntas.
Quizá ahí reside la razón por la que En pos del milenio, publicado por Norman Cohn en 1957, continúa resultando tan fascinante.
Detrás de sus profetas, herejes, campesinos, visionarios, flagelantes y falsos mesías aparece una constante mucho más antigua que cualquier ideología moderna: la obstinada capacidad humana para imaginar que el mundo existente puede ser sustituido por otro.




