Mucho antes de que existieran palabras como socialismo, comunismo o anarquismo, Europa conoció movimientos populares que imaginaron la destrucción del orden existente y el nacimiento de una sociedad completamente nueva. Campesinos, artesanos, pobres urbanos, predicadores errantes y comunidades religiosas protagonizaron durante siglos episodios en los que la esperanza del fin del mundo llegó a mezclarse con el rechazo a la riqueza, la Iglesia, la propiedad y las jerarquías sociales. El historiador británico Norman Cohn reconstruyó ese extraordinario universo en En pos del milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media, una obra fundamental para comprender las corrientes radicales que recorrieron Europa entre los siglos XI y XVI.
Norman Cohn, el historiador de las ideas que podían incendiar una sociedad
Norman Rufus Colin Cohn nació en Londres en 1915 y murió en Cambridge en 2007. Formado en lenguas medievales y modernas en Oxford, su trayectoria intelectual estuvo profundamente marcada por la Segunda Guerra Mundial. Sirvió en el ejército británico y, terminada la guerra, trabajó en Viena dentro del Intelligence Corps, donde interrogó a miembros de las SS y conoció directamente el paisaje humano dejado por el nazismo y por la Europa devastada. Aquella experiencia contribuyó a orientar una pregunta que recorrería buena parte de su obra: ¿cómo pueden determinadas creencias colectivas transformar sociedades enteras y convertir fantasías de salvación o persecución en fuerzas históricas?
Cohn enseñó posteriormente en Glasgow, Derry y Newcastle y desarrolló buena parte de su carrera en la Universidad de Sussex, donde investigó las raíces históricas de las persecuciones y los genocidios. Después de En pos del milenio publicó investigaciones sobre los Protocolos de los Sabios de Sion, las persecuciones de brujas y las raíces antiguas de las creencias apocalípticas. Su territorio intelectual fueron, precisamente, esas zonas donde mito, miedo, religión, violencia y conflicto social terminan encontrándose.
En pos del milenio apareció por primera vez en 1957 y fue revisado y ampliado posteriormente. Cohn estudia movimientos milenaristas de Europa occidental durante aproximadamente cinco siglos y trata de explicar por qué determinadas profecías religiosas pudieron convertirse, en situaciones de desarraigo y crisis, en vehículos para aspiraciones sociales radicales.
Capítulo I. La tradición de la profecía apocalíptica
Cohn comienza mucho antes de las grandes rebeliones medievales. Para comprenderlas hay que entrar primero en el universo mental del Apocalipsis: la creencia en una batalla definitiva entre el bien y el mal, la derrota del Anticristo y la llegada de una nueva era.
La tradición procedía de antiguas corrientes apocalípticas judías y cristianas y sobrevivió durante siglos en Europa. El mundo no era concebido necesariamente como una realidad destinada a continuar indefinidamente. La historia tenía un final.
Ese elemento es fundamental. Si el orden existente estaba condenado a desaparecer, entonces reyes, señores, ricos e instituciones aparentemente eternas podían ser interpretados simplemente como habitantes provisionales de un mundo próximo a terminar.
El milenarismo ofrecía así una poderosa inversión de la realidad: los últimos podían convertirse en los primeros.
Capítulo II. La tradición de la disidencia religiosa
Cohn pasa después al ideal de la vida apostólica. Durante la Edad Media aparecieron continuamente predicadores que denunciaban la distancia entre la pobreza atribuida a Cristo y sus apóstoles y la riqueza acumulada por sectores de la Iglesia.
No toda disidencia religiosa era revolucionaria. Pero aquella comparación contenía una pregunta social evidente: si la pobreza constituía una virtud cristiana, ¿cómo podía justificarse la riqueza de quienes afirmaban representar a Cristo?
En ese ambiente surgieron personajes que dejaron de comportarse simplemente como predicadores y comenzaron a presentarse como figuras investidas de una misión extraordinaria.
Uno de los casos estudiados por Cohn es Tanchelmo de Amberes. Desde aproximadamente 1112, desarrolló su predicación por Flandes, Zelanda, Brabante, Utrecht y especialmente Amberes, denunciando al clero y cuestionando la autoridad sacramental de sacerdotes considerados indignos. Su movimiento adquirió una dimensión popular importante y conectó también con el rechazo campesino al pago de diezmos. Tanchelmo murió hacia 1115, probablemente asesinado por un sacerdote, pero su influencia sobrevivió durante algún tiempo en Amberes.
Cohn estudia igualmente otros mesías populares como Eudes de l’Étoile —Eón de la Estrella—, activo en la Bretaña francesa durante el siglo XII. Lo importante para el historiador no es solamente la extravagancia de determinados dirigentes, sino su capacidad para reunir comunidades convencidas de que una transformación sobrenatural estaba comenzando realmente.
Capítulo III. El mesianismo de los pobres desorientados
Aquí aparece uno de los conceptos centrales del libro: los «pobres desorientados».
La Europa medieval no era una sociedad completamente inmóvil. El crecimiento demográfico, la expansión de las ciudades, el comercio, las guerras y las transformaciones económicas producían continuamente desplazamientos de población. Junto al campesinado integrado en comunidades tradicionales aparecían mendigos, trabajadores ocasionales, jornaleros, artesanos pobres y personas sin vínculos estables.
Para Cohn, esos sectores desarraigados fueron especialmente receptivos a movimientos que prometían una transformación total.
La miseria por sí sola no producía milenarismo. Lo explosivo era la combinación de pobreza, desorientación social y una tradición religiosa capaz de explicar el sufrimiento como anuncio de una transformación inminente.
1096: la Cruzada Popular
La Primera Cruzada, iniciada en 1096, ocupa por ello un lugar importante en el relato.
Antes incluso de que los ejércitos nobiliarios emprendieran la expedición hacia Jerusalén, enormes grupos populares comenzaron a desplazarse por Europa impulsados por predicadores como Pedro el Ermitaño.
Campesinos, pobres y aventureros marchaban convencidos de participar en una empresa sagrada. Pero aquella movilización produjo también algunos de los episodios más terribles del periodo.
En mayo de 1096, grupos cruzados atacaron comunidades judías del valle del Rin. Hubo violencia en Speyer, Worms y Maguncia, entre otras ciudades. En Worms fueron saqueadas casas y la sinagoga, y numerosos judíos fueron asesinados tras rechazar el bautismo forzoso.
La historia del milenarismo medieval no es, por tanto, únicamente una historia de rebeldes enfrentados a los poderosos. También contiene persecuciones, fanatismo y violencia dirigida contra minorías convertidas en enemigos imaginarios.
Capítulo IV. Los santos contra las huestes del Anticristo
Cohn dedica otro capítulo precisamente a esa transformación del conflicto social en una batalla cósmica.
Cuando una comunidad llega a considerarse elegida para construir el nuevo mundo, sus adversarios pueden dejar de ser simples enemigos políticos o religiosos. Se convierten en representantes del Anticristo.
El conflicto adquiere entonces dimensiones absolutas.
Ya no existen adversarios con los que negociar.
Existen fuerzas del mal que deben desaparecer.
Para Cohn, esta estructura mental ayuda a comprender por qué determinados movimientos milenaristas podían oscilar entre aspiraciones radicalmente igualitarias y explosiones de extrema violencia.
El paraíso prometido tenía frecuentemente un reverso: alguien debía ser expulsado o destruido antes de que pudiera comenzar.
Capítulo V. En el trasfondo de las Cruzadas
Las Cruzadas no terminaron con las expediciones oficiales. Durante los siglos siguientes continuaron apareciendo movimientos populares que intentaban recuperar aquella promesa.
Uno de los episodios más sorprendentes fue la Cruzada de los Pastores —Pastoureaux— de 1251, surgida en Francia durante el reinado de Luis IX, que se encontraba entonces ausente en Tierra Santa.
Un misterioso dirigente conocido como el Maestro de Hungría consiguió reunir a miles de seguidores. Muchos eran pastores, campesinos y jóvenes pobres. El movimiento recorrió diferentes ciudades francesas y adquirió rápidamente una dimensión difícil de controlar.
Sus participantes denunciaban al clero y algunas órdenes religiosas, entraban armados en las ciudades y eran recibidos por sectores de la población como hombres santos. Pero el movimiento derivó también hacia saqueos y ataques contra comunidades judías.
La monarquía y las autoridades terminaron reprimiéndolo.
En 1320 apareció en Francia una segunda gran movilización de Pastoureaux, nuevamente formada en buena medida por sectores populares que pretendían marchar a Tierra Santa. También acabó transformándose en un movimiento violento y perseguido.
Cohn utiliza estos episodios para mostrar una constante: una movilización religiosa podía comenzar como peregrinación y terminar convertida en rebelión social.
Flandes: artesanos y ciudades en rebelión
El libro sitúa igualmente estos fenómenos dentro de una Europa atravesada por conflictos sociales mucho más amplios.
Entre 1320 y 1380, las grandes ciudades textiles de Gante, Brujas e Ypres, en Flandes, fueron escenario de repetidas insurrecciones de trabajadores textiles. En 1379, los tejedores de Gante consiguieron hacerse con el poder en la ciudad y extender su influencia por buena parte de Flandes.
La experiencia terminó en 1382, cuando las fuerzas rebeldes fueron derrotadas por el ejército francés en la batalla de Roosebeke.
Estos movimientos no pueden calificarse automáticamente como milenaristas. Precisamente ahí está una distinción importante del libro: la Europa medieval conoció numerosos conflictos sociales, pero sólo algunos adoptaron la forma particular de una revolución destinada a transformar definitivamente el mundo.
Capítulo VI. Federico II, el emperador que debía regresar
Una de las partes más fascinantes del libro está dedicada al emperador Federico II Hohenstaufen, nacido en 1194 y muerto en 1250.
Rey de Sicilia, rey de Alemania y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico mantuvo un prolongado conflicto con el papado y terminó convertido en una figura casi mítica.
Su muerte no terminó con él.
Circularon relatos según los cuales Federico seguía vivo o regresaría algún día para cumplir una misión histórica.
En ese imaginario desempeñaron un papel fundamental las profecías relacionadas con Joaquín de Fiore, el abad calabrés muerto en 1202, cuya interpretación de la historia anunciaba una nueva edad espiritual.
Después de Federico II aparecieron impostores y profecías que anunciaban el regreso de un futuro Federico destinado a reformar la Iglesia, castigar a los poderosos y establecer un nuevo orden.
La figura del emperador se transformó así en algo mucho mayor que el personaje histórico.
Se convirtió en mesías político.
Joaquín de Fiore y la Tercera Edad
Joaquín de Fiore merece detenerse aparte porque su influencia atraviesa buena parte del universo estudiado por Cohn.
El monje dividía la historia en grandes edades relacionadas con las personas de la Trinidad. Después de la edad del Padre y la del Hijo llegaría una nueva etapa vinculada al Espíritu Santo.
Sus propias ideas eran considerablemente más complejas que las versiones revolucionarias que posteriormente circularon bajo su influencia.
Pero la posibilidad de una Tercera Edad, radicalmente diferente de todo lo anterior, resultó extraordinariamente poderosa.
La historia ya no era solamente decadencia.
Podía avanzar hacia una transformación.
Y otros se encargarían de convertir aquella expectativa espiritual en algo mucho más peligroso para el orden existente.
De la religión al conflicto social
Los seis primeros capítulos de En pos del milenio dibujan así un mapa que atraviesa Francia, Flandes, Renania, los Países Bajos, Alemania e Italia durante varios siglos.
Tanchelmo en Amberes hacia 1112-1115.
Joaquín de Fiore en Calabria durante el siglo XII.
Federico II entre 1194 y 1250.
Los Pastoureaux franceses de 1251 y 1320.
Las insurrecciones flamencas del siglo XIV.
No existe una organización común que una todos estos acontecimientos ni una ideología política equivalente al anarquismo moderno. Lo que Cohn encuentra es otra cosa: una tradición de imágenes, profecías y expectativas que podía reaparecer cuando determinados sectores sociales quedaban atrapados entre un mundo que desaparecía y otro que todavía no existía.
Antes del anarquismo
Llamarlos simplemente «anarquistas medievales» sería engañoso.
El anarquismo como corriente política pertenece al siglo XIX, a la industrialización y al nacimiento del movimiento obrero moderno. Bakunin, Proudhon o Kropotkin pertenecen a otro universo histórico.
Pero algunas preguntas resultan sorprendentemente familiares.
¿Es legítima la riqueza de unos frente a la pobreza de otros?
¿De dónde procede la autoridad?
¿Es sagrada la propiedad?
¿Puede existir una comunidad sin las jerarquías conocidas?
¿Tiene el pueblo derecho a derribar un orden considerado injusto?
En la Edad Media las respuestas estaban formuladas mediante el lenguaje disponible: Dios, Apocalipsis, Anticristo, profecía, salvación y Reino de los Cielos.
Todavía no existía el lenguaje moderno de la revolución.
Pero comenzaba a existir la idea de que el mundo podía ser completamente transformado.
Y en la segunda mitad del recorrido de Norman Cohn esa idea dará un paso mucho más peligroso.
Los profetas ya no se limitarán a anunciar el nuevo mundo.
Los flagelantes recorrerán Europa después de la Peste Negra, los seguidores del Libre Espíritu desafiarán las normas religiosas, en Bohemia aparecerá la revolución taborita y, finalmente, Thomas Müntzer y los campesinos alemanes de 1525 y los anabaptistas de Münster en 1534-1535 intentarán convertir la promesa del milenio en una realidad inmediata.





