«La ecología social y radical de Murray Bookchin: una propuesta actual»

TEXTO:FONDO:

“La sociedad de la economía del crecimiento y del bienestar no produce desde luego la mayor felicidad al mayor número de personas. Se basa en la programación de la caducidad, tanto para las mercancías −que la aceleración del “usar y tirar” transforma rápidamente en desperdicios−, como para las personas −excluidas o de “usar y despedir”-, desde el ejecutivo o el manager desechables, hasta los parados, desahuciados, indigentes y otros residuos sociales.”

Autores: Floreal M. Romero, Vincent Gerber, Carlos Taibo Arias (pr.), Alfredo Apilánez (pr.)
Editores: Books2bits
Año de publicación: 2025
País: España
Idioma: español

Esta tercera edición, revisada y aumentada, recupera y actualiza el legado de un pensador imprescindible que supo tender puentes entre las mejores tradiciones del movimiento obrero: el análisis crítico del capitalismo propio del marxismo y la vocación autogestionaria y antiestatal del anarquismo.

Floreal M. Romero y Vincent Gerber nos guían a través de la vida y obra del neoyorquino, desde su militancia obrera hasta la formulación del municipalismo libertario.

Lejos de caer en el pesimismo o en el «ecologismo de jardín», Bookchin propone una salida política concreta: el comunalismo. Una apuesta por reorganizar la vida desde el municipio libre, las asambleas de barrio y una tecnología liberadora puesta al servicio de las necesidades humanas auténticas y no del beneficio.

La propuesta de Bookchin —actualizada aquí por Romero y Gerber— desafía al lector a elevar la mirada y considerar si la verdadera sostenibilidad requiere, inevitablemente, recuperar la dimensión política de la ecología y repensar el rol de la comunidad.

¿Es posible evitar el colapso ecológico sin transformar radicalmente la organización política de la sociedad? Murray Bookchin, padre de la ecología social, nos advirtió hace décadas que la destrucción del planeta no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un sistema basado en la valorización infinita y la jerarquía.

La fuerte influencia del anarquismo español

Conociendo la obra de Bookchin y sus exigencias en cuanto a las necesidades concretas de organización y compromiso, podemos afirmar que los anarquistas españoles han sido la pieza maestra, la piedra de toque de su genial propuesta política ecológica radical. Sobre todo si nos referimos a la organización del Municipalismo Libertario en cuanto a estructura y funcionamiento federal y confederal, partiendo de la autonomía local basada en el compromiso de las individualidades. Y es este ejemplo de anarquismo social organizado en la CNT el que opuso Bookchin a los comunistas a lo largo de sus frecuentes debates y desde que se salió del trotskismo hasta los últimos maoístas, pasando por los castristas. Esos mismos que trataban al anarquismo de «pequeño-burgués» —igual que la izquierda, en general, trataría al incipiente movimiento ecologista— no podían concebir una fuerte organización sin el politburó y su férrea estructura piramidal. Y es que, para colmo, al final toda esta organización de «la obediencia y el orden», según las propias palabras de Engels, todo este sacrificio inmolador no fue más que para unas revoluciones modernizadoras, un titánico intento de unas sociedades campesinas para alcanzar a las sociedades industriales.

Aparte de la fuerte capacidad organizativa del proletariado del estado español, Bookchin le daba mucha importancia a la inmensa tarea de contracultura desarrollada por los anarquistas desde principios del siglo XX hasta los años treinta en los sindicatos, las escuelas racionalistas y los ateneos. Algo que compararía con la que, de alguna manera, se estaba desarrollando en su país en esa época de los 60.

Así pues, se acercaría a la Liga Libertaria en Nueva York donde conoció de primera mano y de manera más íntima a la revolución española por Russell Blackwell, quien llegó a pertenecer al grupo Los Amigos de Durruti. Pero se hubiese entusiasmado y enamorado todavía más de la revolución española de haberse enterado de su desconocido proyecto ecologista radical, tan cercano a ese propuesto por la ecología social y llamado: «urbanismo social». En los años 1930 Isidoro Martínez Rizo, ingeniero industrial de la CNT, demuestra que las grandes ciudades devoran una gran cantidad de energía y que «cuanta más gente viva en una ciudad, más consumirá por habitante». La metrópolis provoca una creciente distancia entre el centro y las zonas de residencia, por lo que los habitantes dependen de los transportes públicos, lo que a su vez genera un intenso volumen de desplazamientos. También observa cómo el divorcio entre campo y ciudad sitúa a la ciudad en un estado de total dependencia respecto al campo, de lo que deduce que «el complicado mecanismo de cambio y la distribución pueden generar hambre en una gran ciudad». Con lo cual, la ciudad debe alcanzar cierto grado de autonomía como cuerpo biológico integrado en el medioambiente. Y no solamente se piensa en términos energéticos y, de manera más general, ecológicos, sino también en términos políticos. Según los cálculos de Martínez Rizo, una ciudad como Barcelona debería tener menos de cien mil habitantes para alcanzar esa autonomía, ese espacio agradable y sano, esa integración biológica y, a la vez, esa funcionalidad democrática y autogestionada como municipio libre. Tras estudiar los recursos locales (agrícolas, energéticos y de materias primas), el proyecto de urbanismo social propone una nueva arquitectura, plantar árboles y crear huertos para una mejor higiene general. Le seguirá la descentralización de las propias ciudades para favorecer la toma de decisiones por parte de las asambleas de barrios y fábricas. El federalismo, por su parte, permite articular la organización de la ciudad y, a continuación, del territorio y luego el confederalismo (Martínez Rizo, 1932; Masjuan Bracons, 1992).

Toda una estrategia flexible, con capacidades innovadoras, elaborada no por intelectuales afamados sino por la inteligencia colectiva de los de abajo, de los hijos del pueblo. Desarrollada emocionalmente al calor de la acción, tanto en las luchas proletarias y ecologistas como en las alternativas, con la estrecha complicidad de un objetivo común: el comunismo libertario inspirado en los comunes de los pueblos y aldeas (Concejos abiertos, etc). Este movimiento, al encontrarse aislado, fue destruido por el capital vestido con su traje pardo: el fascismo. Pero hemos de recordar que antes supo luchar, crear, perdurar e incluso crecer durante más de siete décadas, generación tras generación. Para ello, la cultura libertaria desempeñó un papel central, y ello en todos los aspectos de la vida, en el quehacer cotidiano en pro de las luchas contra la dominación y la explotación en el campo, las fábricas, los talleres y los barrios. Y a todo ello, como parte integrante de esta cultura, se sumaban las realizaciones alternativas autogestionadas, como las cooperativas de trabajo, de vivienda, de consumo, los ateneos y las escuelas racionalistas. Esa cultura se alimentaba al calor de una complicidad colectiva por un objetivo común, con sentido y alcanzó su cenit con la revolución de 1936 en las comunidades de Aragón, como prototipo de comunalismo. Así lo concebía Xun Kuang cuando dijo hace ya 24 siglos: «Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo». Es este movimiento que supo crear sus propias instituciones en paralelo y al margen de las del Estado y contra él, el que inspiraría la estrategia libertaria de Bookchin. Luego, a lo largo de toda su extensa vida militante, Bookchin se dedicaría a afianzar y afinar ese proyecto político ecologista radical, rozándose y debatiendo con las personas afines y las que lo eran menos, cuando todavía las luchas y las potencialidades están llenas de esperanza para el movimiento ecologista.

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