Julio del 36: Cuando la clase obrera derroto el golpe y abrió las puertas de la revolución

El 19 y 20 de julio, las organizaciones obreras y fuerzas leales derrotaron la sublevación militar en Barcelona. Juan García Oliver, el Comité de Milicias y la revolución social que siguió.
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Por José Miguel Morcillo Moreno.

El 19 de julio de 1936, Barcelona se convirtió en uno de los escenarios decisivos de la resistencia al golpe militar. Las tropas sublevadas salieron de los cuarteles para ocupar los puntos estratégicos de la ciudad, pero encontraron una fuerza que sus mandos habían subestimado: organizaciones obreras con experiencia de lucha, comités de defensa, vecinos movilizados y unidades de seguridad que permanecieron leales a la República. La victoria del movimiento antifascista no fue obra de un solo dirigente. Nació de las barricadas, de la coordinación entre grupos distintos y de una resistencia que se pagó con muertos y heridos.

Durante décadas, los trabajadores de la capital catalana habían aprendido a organizarse frente a la patronal y al Estado. La huelga de La Canadiense de 1919 y la conquista de la jornada de ocho horas formaban parte de esa memoria. También el pistolerismo, la represión de la CNT, la dictadura de Primo de Rivera y las tensiones entre sindicalismo, acción revolucionaria y política republicana. Cuando llegó la sublevación de julio, ese pasado se convirtió en capacidad de movilización.

Un golpe preparado antes del verano

La conspiración militar contra la República se desarrolló durante meses y fue dirigida por oficiales como Emilio Mola. El levantamiento comenzó el 17 de julio en el protectorado español de Marruecos y se extendió a la Península el 18. En Barcelona, los militares comprometidos esperaron hasta la madrugada del 19. Su objetivo era asegurar comunicaciones, plazas, centros de mando y edificios oficiales antes de que las organizaciones obreras pudieran coordinar una respuesta.

Las unidades rebeldes avanzaron desde distintos cuarteles hacia puntos neurálgicos, entre ellos la plaza de Cataluña, la plaza de la Universidad y la zona portuaria. Los hombres que marchaban bajo las órdenes de los oficiales sublevados no encontraron una capital paralizada. Grupos de la CNT-FAI, trabajadores de otros sindicatos, guardias de Asalto y sectores de la Guardia Civil leales al régimen republicano combatieron en las calles. La intervención de mandos como José Aranguren y Antonio Escobar fue decisiva, junto con la resistencia popular; omitir cualquiera de esas contribuciones falsearía la historia.

De las derrotas de 1909 y 1917 a una organización preparada para combatir

Juan García Oliver recordaba en El eco de los pasos dos imágenes que lo persiguieron durante años. En la Semana Trágica de 1909, había conocido la desesperación de jóvenes obreros superados por tropas profesionales; en los conflictos de 1917, había observado barricadas desguarnecidas y combatientes que se dispersaban ante el fuego de la artillería. «No se puede con el ejército», evocaba como expresión de aquella impotencia. El recuerdo no buscaba glorificar la derrota, sino explicar por qué una nueva sublevación militar debía encontrar una resistencia distinta: organizada, capaz de moverse y con enlaces entre grupos.

Durante los años anteriores a 1936, dentro de la CNT se había desarrollado una experiencia clandestina de defensa que combinaba conocimiento de barrios, reuniones discretas, búsqueda de armas y preparación de acciones coordinadas. Los llamados cuadros de defensa no eran un ejército regular ni tenían medios para enfrentarse en campo abierto con una división militar. Conocían, en cambio, rutas, cruces, locales sindicales y los puntos por los que podían avanzar las tropas desde los cuarteles. La precisión de aquellos preparativos varió mucho de un barrio a otro, y sería exagerado atribuir a toda la organización una planificación única y perfecta.

La experiencia no había sido gratuita. El sindicalismo barcelonés conservaba la memoria de Salvador Seguí y Ángel Pestaña, del pistolerismo patronal, de detenciones y de periódicos clausurados. Aquellos militantes no improvisaron de la nada una cultura de resistencia. Habían aprendido a proteger reuniones, imprimir y distribuir consignas y reconstruir organizaciones después de cada golpe represivo. En julio esa capacidad civil adquirió una dimensión militar, con todas las improvisaciones y tragedias que implicaba.

El 19 de julio, entre barricadas y cuarteles

Desde las primeras horas se improvisaron posiciones defensivas y se buscaron armas. Las organizaciones libertarias contaban con grupos de defensa por barrios, pero no disponían del armamento de un ejército. La geografía urbana ofrecía ventajas para quienes conocían sus calles: cortar el paso a una columna militar podía impedir que diferentes destacamentos enlazasen entre sí. Cada minuto ganado permitía extender la movilización.

Juan García Oliver, Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso estuvieron entre los militantes anarquistas implicados en la lucha. La trayectoria de García Oliver —nacido en Reus en 1901, trabajador y destacado militante de la CNT— condensaba los debates del anarcosindicalismo de la época: la preparación revolucionaria, la autodefensa obrera y la relación con las instituciones republicanas.

El general Manuel Goded llegó desde Mallorca el mismo día para asumir el mando de la rebelión. Su plan chocó con unas tropas divididas y con posiciones sublevadas cada vez más aisladas. Cercado en Capitanía General, terminó prisionero y reconoció públicamente la derrota en una emisión radiofónica. Pero el combate no acabó en esa tarde: el 20 de julio todavía quedaban focos de resistencia, incluido el cuartel de Atarazanas.

La Brecha de San Pablo y la iniciativa de los grupos de defensa

Una de las escenas que García Oliver recreó con especial atención fue la lucha alrededor de la Brecha de San Pablo, en el entorno del Paral·lel y las vías que conducían al centro. El plan golpista exigía que columnas procedentes de distintos acuartelamientos atravesaran la ciudad y se reunieran en sus puntos neurálgicos. Allí se encontraron con grupos de trabajadores que trataron de cortar sus recorridos. No bastaba con resistir detrás de unos adoquines: los destacamentos debían impedir que las tropas se reorganizaran y que sus mandos recuperasen libertad de movimientos.

García Oliver contrapuso la maniobra de los defensores al estatismo de quienes se guarecían en posiciones cerradas. En sus memorias llegó a formular una provocación contra la épica tradicional: «Decir “a las barricadas” es decir “a la derrota”». Su tesis no significaba que no existieran barricadas en Barcelona, ni que quienes las levantaron fueran inútiles. Significaba que, a su juicio, los grupos más eficaces eran los que atacaban, cambiaban de posición y no permitían al ejército imponer un combate prolongado con sus mejores armas.

De este modo se explica una parte del heroísmo colectivo que rara vez aparece en un retrato oficial: personas que salían de sus barrios sin saber si regresarían, enlaces que cruzaban calles batidas por el fuego, trabajadores que retiraban heridos, y grupos capaces de continuar combatiendo cuando ya habían visto caer a compañeros. No conocemos los nombres de todos. La propia estructura clandestina de los grupos de defensa y la rapidez de la batalla dejaron muchas identidades fuera de los relatos posteriores.

La madrugada y la mañana del 20: Atarazanas, una posición que había que tomar

En sus recuerdos del 20 de julio, García Oliver sitúa a varios grupos descendiendo por la Rambla hacia la zona del monumento a Colón, mientras los sublevados se defendían desde Atarazanas y las Dependencias militares. Describe cómo algunos combatientes avanzaban protegidos por los árboles y otros intentaban desplegarse en línea, bajo un fuego que podía convertir cualquier movimiento descubierto en una sentencia de muerte. La escena es particularmente expresiva de las dificultades del combate urbano: faltaban armas y preparación común, pero había voluntad de mantener la iniciativa.

En uno de esos movimientos se produjo la muerte de Francisco Ascaso, compañero de lucha de Durruti y García Oliver desde años anteriores. Ascaso no murió en un episodio abstracto ni en una victoria sin víctimas; cayó mientras se atacaba uno de los reductos militares que seguían resistiendo tras la derrota de Goded. Su muerte conmovió al movimiento libertario porque simbolizaba el coste de una victoria que aún no estaba asegurada. En la misma ciudad, otros muchos combatientes anónimos tuvieron un destino parecido.

La caída de Atarazanas y el control de depósitos de armamento, especialmente el arsenal de San Andrés, alteraron la relación de fuerzas. Donde antes había pequeñas partidas con pistolas y escopetas aparecieron organizaciones con fusiles y posibilidad de equipar columnas. Sin embargo, los nuevos arsenales tampoco resolvían por sí solos la escasez de munición, formación y estructura militar. Habían ganado una ciudad, pero comenzaba una guerra.

El 20 de julio: Ascaso muere, la resistencia vence

Francisco Ascaso murió durante los combates de Atarazanas. El coste humano de la victoria fue real. La caída del cuartel de San Andrés y la captura de un importante arsenal facilitaron la distribución de armas entre las organizaciones obreras. El equilibrio de fuerzas se transformó de manera brusca. En otras ciudades españolas la sublevación había triunfado; en Barcelona, sin embargo, la derrota de los oficiales golpistas abrió un escenario sin precedentes.

La Generalitat seguía existiendo, encabezada por Lluís Companys, pero una parte fundamental del poder armado y de la capacidad de movilización había pasado a las organizaciones obreras. Había que organizar la guerra y decidir cómo gobernar una ciudad cuyo orden tradicional acababa de resquebrajarse.

Companys, el poder real y una victoria sin programa único

La reunión entre Companys y los representantes confederales, celebrada una vez derrotados los focos principales de la sublevación, ha pasado a la historia como una encrucijada del anarquismo. La Generalitat conservaba legitimidad institucional, pero el armamento y gran parte de la capacidad de organizar la ciudad habían cambiado de manos. García Oliver sostuvo que la CNT podía aprovechar aquella situación para impulsar directamente el comunismo libertario. Otros dirigentes dudaban de que esa salida fuera viable en una Cataluña rodeada por territorios donde el golpe sí había triunfado y con la amenaza de una guerra de gran escala.

En El eco de los pasos, escrito muchos años después, García Oliver presenta el acuerdo de colaboración como una renuncia decisiva. Esa es su interpretación y debe leerse como tal: el testimonio de un actor implicado, no el acta neutral de una reunión. Los historiadores han reconstruido matices importantes en las posiciones de los distintos militantes y han discutido hasta qué punto existía una alternativa capaz de durar. La CNT no era un bloque uniforme; la discusión enfrentaba estrategias, riesgos y concepciones diferentes de la revolución.

Lo que sí está fuera de duda es el carácter extraordinario del momento. Las organizaciones que habían evitado la victoria del golpe debían decidir sobre una ciudad necesitada de pan, ambulancias, transporte, seguridad y trabajo, mientras preparaban la lucha contra el ejército sublevado fuera de Cataluña. No existía una solución sin costes: concentrar todo el poder en la CNT podía aislarla de aliados indispensables; compartirlo con instituciones republicanas implicaba abrir la posibilidad de que estas recuperasen una autoridad que las calles acababan de arrebatarles.

García Oliver y el dilema de ir a por todo

Tras la victoria se produjo el encuentro entre Companys y representantes de la CNT-FAI. La discusión no consistía únicamente en repartir cargos: afectaba al destino de la revolución. García Oliver defendió aprovechar la correlación de fuerzas para avanzar de manera inmediata hacia una transformación social profunda. En sus memorias reconstruyó esa posición con la expresión «ir a por el todo». Como ocurre con los testimonios escritos décadas después, sus palabras deben contrastarse con las decisiones colectivas posteriores.

Entre los libertarios existían discrepancias serias. Unos temían que participar en estructuras estatales significara frenar la revolución; otros creían que un poder exclusivamente confederal podía romper la unidad antifascista y debilitar la defensa frente al ejército sublevado. Prevaleció la colaboración entre organizaciones y con la Generalitat, aunque la controversia no desapareció. García Oliver acabó participando en la dirección del nuevo organismo común.

21 de julio: el Comité Central de Milicias Antifascistas

El Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña se constituyó el 21 de julio de 1936, no en la madrugada del 19. Fue un órgano de coordinación surgido de la nueva relación de fuerzas, con participación de la CNT-FAI, la UGT, organizaciones marxistas y partidos republicanos. Actuó junto a la Generalitat y asumió competencias efectivas en la organización de columnas, aprovisionamientos, transportes y otros aspectos esenciales de la defensa.

Su existencia expresó una situación de poder compartido y disputado, no la desaparición automática de las instituciones catalanas. Las organizaciones obreras podían imponer decisiones sobre las calles y los centros productivos, mientras el gobierno autonómico conservaba su estructura y buscaba recuperar su capacidad de dirección. Ese equilibrio fue inestable desde el primer día.

De los barrios a las columnas: una revolución con nombres propios

El paso de los grupos de defensa a las columnas de milicianos convirtió el entusiasmo de julio en un esfuerzo organizativo gigantesco. No bastaba con encontrar voluntarios: había que distribuir fusiles, inventariar camiones, requisar o negociar combustible, localizar médicos, crear cocinas y asegurar una cadena de suministros que un ejército regular tardaba años en construir. La Columna Durruti fue uno de los símbolos de aquel impulso, pero no la única. Partieron también fuerzas organizadas por otras tendencias y sindicatos, en una coalición antifascista con proyectos políticos distintos.

En los barrios, quienes permanecieron tuvieron que mantener con vida la retaguardia. Los sindicatos intervinieron en tranvías, metalurgia, talleres de reparación, transportes y abastecimientos. La victoria contra los oficiales sublevados no habría tenido continuidad si los trabajadores hubieran abandonado cada máquina y cada almacén. La revolución de julio no fue solo un fusil en una fotografía: fue el mecánico que reparaba un motor, la trabajadora que confeccionaba ropa y quien organizaba un hospital sin saber cuándo llegarían los siguientes heridos.

Las columnas parten hacia Aragón

La victoria en Barcelona no significaba la victoria en la guerra. Zaragoza había quedado en poder de los sublevados. Desde Cataluña salieron columnas de voluntarios hacia el frente de Aragón, entre ellas la Columna Durruti el 24 de julio. Sindicatos y partidos organizaron sus propias unidades. La disposición para combatir era enorme, pero escaseaban el material, la instrucción y los sistemas de coordinación necesarios para una guerra prolongada.

También participaron mujeres, tanto entre las primeras milicianas como en redes de sanidad, abastecimiento, propaganda y mantenimiento cotidiano. La imagen de combatientes armados ha dominado el recuerdo visual de julio, pero sostener una columna exigía alimentos, ropa, transporte, hospitales y producción industrial.

Los talleres, los tranvías y las tierras: la revolución social

El derrumbe parcial de la autoridad empresarial permitió que comités de trabajadores intervinieran fábricas, transportes, talleres y servicios. En algunos lugares se colectivizó la producción; en otros hubo controles obreros de modalidades diferentes. Muchas empresas siguieron funcionando bajo nuevas direcciones elegidas o supervisadas desde sindicatos y asambleas. No existió una fórmula única para toda Cataluña.

En octubre de 1936, la Generalitat promulgó un decreto sobre colectivizaciones que reguló parte de esas experiencias surgidas desde julio. En zonas de Aragón también se desarrollaron colectividades agrícolas. La transformación económica abrió posibilidades de autogestión, pero produjo asimismo conflictos sobre propiedad, abastecimiento, disciplina militar y coacción, que un relato histórico no debe ocultar.

Lo extraordinario no fue solamente la bandera que ondeaba sobre un edificio. Miles de trabajadores se vieron discutiendo cómo organizar los turnos, conseguir materias primas, distribuir productos, mantener servicios y decidir quién debía responder ante la plantilla. La defensa frente al fascismo y la transformación de la sociedad aparecieron íntimamente ligadas, aunque no siempre fueran compatibles con la estrategia de todos los aliados.

La revolución tampoco estuvo libre de contradicciones

En la retaguardia actuaron comités de barrio y patrullas armadas con atribuciones irregulares. Se organizaron servicios fundamentales, pero también hubo detenciones arbitrarias, asesinatos y persecuciones. Reconocer esa violencia no equipara sin más el golpe militar con la resistencia popular; permite estudiar la revolución como un proceso real, con responsabilidades, víctimas y conflictos internos.

El Comité de Milicias se disolvió a comienzos de octubre de 1936 y sus competencias pasaron a estructuras reorganizadas de la Generalitat. La CNT entró en el gobierno catalán y, en noviembre, varios de sus dirigentes asumieron ministerios en el gobierno republicano. García Oliver llegó a ser ministro de Justicia. Esa evolución abrió un debate que sigue vivo en la historiografía: cuánto podía ceder la revolución para sostener la unidad antifascista y cuánto poder estaba dispuesta a recuperar la administración estatal.

La herencia del 19 de julio

Barcelona derrotó el golpe mediante una combinación de resistencia obrera y acción de fuerzas leales a la República. Después surgió una experiencia de control popular y transformación económica que no puede reducirse a las decisiones de unos cuantos dirigentes. García Oliver fue un protagonista esencial, pero la historia también pertenece a quienes se atrincheraron, cargaron municiones, atendieron heridos, pusieron en marcha los tranvías y siguieron produciendo alimentos.

El 19 de julio no terminó en una victoria definitiva. La guerra continuó y la revolución acabó enfrentándose tanto a las necesidades militares como a las disputas entre sus propios aliados. Pero dejó un hecho incontestable: durante aquellas jornadas la clase trabajadora organizada tuvo una intervención decisiva en la derrota de los militares rebeldes y abrió una discusión práctica sobre quién debía dirigir la economía y la vida colectiva.

Documentación y bibliografía

Juan García Oliver, El eco de los pasos, testimonio personal sobre los combates de Barcelona y los debates revolucionarios de julio de 1936; Abel Paz, Durruti en la revolución española; Agustín Guillamón, investigaciones sobre los comités de defensa y el Comité Central de Milicias Antifascistas; estudios históricos de Burnett Bolloten y Chris Ealham; y documentación conservada en archivos catalanes y del movimiento libertario sobre la resistencia al golpe y la organización de las milicias. Las memorias de García Oliver se utilizan como testimonio de un protagonista, contrastado con otras investigaciones.

Trabajador de jardinería de FCC durante una movilización en Zaragoza
José Miguel Morcillo Moreno

Estuvo en CNT-FIJL, Actualmente Anarcosindicalista de CGT. Luchador sindical en defensa de la memoria obrera antifascista. Amante de la cerveza y de las conversaciones de café que nunca terminan. Aparte de hablar le gusta escribir.