Estas modalidades de trabajo se han convertido en una forma habitual de funcionamiento de las sociedades actuales, con el fin de garantizar la continuidad de determinados servicios (algunos indispensables y otros no tanto), como la asistencia sanitaria, las emergencias, el transporte, la logística, la producción industrial y el ocio nocturno.
Núria Losada Pla. Secretaría de Salud Laboral de la CGT Catalunya.
Evidentemente, si realizamos una reflexión profunda como sociedad, podríamos prescindir de algunas de ellas, como determinados transportes y actividades logísticas o parte de la producción industrial, por no ser del todo indispensables si lo que pretendemos es identificar, prevenir y controlar los factores físicos, químicos y biológicos derivados de la actividad humana que pueden incidir negativamente en el bienestar y la salud humana y del medio ambiente.
Esta organización del trabajo tiene importantes consecuencias para la salud de las personas trabajadoras. La investigación científica ha demostrado de forma creciente que los horarios nocturnos pueden provocar numerosos efectos negativos, que van desde el cansancio inmediato hasta la aparición de enfermedades crónicas, entre ellas algunos tipos de cáncer. A pesar de los avances en la comprensión de los mecanismos biológicos implicados, las medidas preventivas siguen siendo insuficientes tanto a nivel institucional como personal.
Por ello, los impactos del trabajo nocturno, a turnos o de las jornadas prolongadas no deberían verse como una consecuencia inevitable de determinadas profesiones, sino como un problema de salud pública sobre el que es posible actuar mediante estrategias específicas de prevención.

Datos
Según datos de Eurostat recogidos en 2018 en 28 estados europeos, aproximadamente un 13 % de la población trabajadora afirma desarrollar habitualmente su actividad laboral en horario nocturno.
En España, la situación es similar, especialmente en ámbitos como la sanidad, la hostelería, la seguridad, el transporte o la industria, donde este tipo de jornada es muy frecuente. Entre los colectivos con mayor exposición al trabajo nocturno destacan los profesionales de enfermería, los vigilantes de seguridad, los conductores de transporte de mercancías y los trabajadores de fábrica.
¿Qué riesgos comporta el trabajo nocturno, a turnos o las jornadas prolongadas?
La principal problemática está relacionada con la alteración de los ritmos circadianos, es decir, con el desajuste entre el reloj biológico interno del organismo y los horarios impuestos por el entorno. El cuerpo humano funciona siguiendo unos ciclos naturales regulados por un “reloj central”, situado en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo, encargado de coordinar los distintos relojes biológicos presentes en tejidos y órganos.
Este sistema se regula sobre todo gracias a la luz que llega a la retina, considerada el principal sincronizador de los ritmos circadianos. Aun así, otros elementos como los horarios de las comidas, la actividad física, las rutinas laborales, las relaciones sociales o incluso el uso de pantallas digitales también pueden influir en este equilibrio biológico.
Los ritmos circadianos intervienen en funciones esenciales del organismo, como la producción hormonal, el metabolismo, el funcionamiento del sistema inmunitario, la expresión genética o los mecanismos de reparación del ADN. Cuando estos ritmos se alteran de manera continuada, como ocurre a menudo con estas modalidades de trabajo, se genera un estrés fisiológico persistente que, con el tiempo, puede aumentar el riesgo de desarrollar diversas enfermedades.

Efectos sobre la salud
Estas modalidades de trabajo pueden tener importantes repercusiones sobre la salud, tanto inmediatas como a largo plazo. A corto plazo, es frecuente que aparezcan problemas como cansancio intenso, somnolencia, dificultades para dormir, alteraciones digestivas o una menor capacidad de concentración. Estas situaciones no solo afectan al bienestar del trabajador, sino que también incrementan el riesgo de cometer errores y sufrir accidentes laborales.
En cuanto a los efectos prolongados en el tiempo, las consecuencias pueden ser aún más graves. Diversas investigaciones han relacionado estas modalidades de trabajo, especialmente el trabajo nocturno, con un aumento del riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares y metabólicas, como hipertensión, diabetes tipo 2, síndrome metabólico o problemas cardíacos.
También se han observado efectos negativos sobre la salud mental y las funciones cognitivas. Las personas que trabajan habitualmente en estos horarios presentan con mayor frecuencia síntomas de ansiedad, depresión y deterioro cognitivo, factores que pueden estar influenciados por la falta de descanso adecuado y la reducción de las relaciones sociales.
Uno de los aspectos que genera mayor preocupación es la posible relación entre el trabajo nocturno y el cáncer. En 2019, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) consideró que el trabajo nocturno asociado a alteraciones del ritmo circadiano era “probablemente cancerígeno para los humanos” (Grupo 2A), especialmente en relación con los cánceres de mama, próstata y colorrectal.
Además de los efectos físicos y psicológicos, los horarios nocturnos pueden dificultar la conciliación de la vida laboral, familiar y social. Las personas que trabajan en estos turnos suelen tener más complicaciones para mantener rutinas familiares, participar en actividades sociales o compatibilizar sus horarios con los del resto de la sociedad.
Uno de los efectos más habituales es la alteración del descanso. Dormir menos horas o tener un sueño fragmentado dificulta la recuperación física y mental del organismo, y puede repercutir en funciones como el control de la glucosa, la regulación de la presión arterial o la estabilidad emocional.
Otro elemento importante es la exposición a la luz artificial. Esta luz interfiere en la producción de melatonina, una hormona relacionada con la regulación del sueño y que también posee propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y protectoras frente a determinadas enfermedades.
Además, estas modalidades de trabajo pueden alterar el funcionamiento hormonal normal del organismo. Los niveles de cortisol, insulina y hormonas sexuales siguen ritmos circadianos concretos, y su modificación puede provocar desequilibrios en distintos sistemas endocrinos. Paralelamente, el desajuste de los ritmos biológicos también se ha relacionado con alteraciones del sistema inmunitario y con procesos inflamatorios persistentes de baja intensidad, presentes en muchas enfermedades crónicas.
Las personas que trabajan con estas tipologías de jornada suelen presentar con mayor frecuencia rutinas alimentarias irregulares, menor actividad física, una mayor prevalencia de tabaquismo y una alimentación menos saludable. Todo ello puede potenciar todavía más los efectos negativos derivados.
¿Cómo afrontarlo como agentes sociales y como trabajadores?
Las respuestas políticas y empresariales continúan siendo prácticamente inexistentes.
Estas modalidades de jornada probablemente no desaparecerán, aunque sí pueden reducirse, y una parte clave reside en delimitar aquello que es esencial. Las actividades derivadas del consumo material no son esenciales, y somos nosotros mismos quienes las legitimamos mediante un consumo irresponsable.
Sin embargo, sus efectos nocivos sí pueden y deben reducirse. Desde los lugares de trabajo hasta los propios trabajadores, y desde la regulación hasta la investigación, ya disponemos de herramientas para intervenir.
El hecho de que los efectos del trabajo nocturno no aparezcan reconocidos de manera explícita en muchas normativas laborales o en los cuadros oficiales de enfermedades profesionales no significa que este riesgo no exista ni que no pueda tener consecuencias jurídicas y sanitarias. De hecho, si la evaluación de riesgos de un puesto de trabajo identifica el trabajo nocturno y la disrupción circadiana como un factor de riesgo relevante, la empresa tiene la obligación de prevenirlo y minimizar sus efectos.
Esto abre una reflexión importante: el reconocimiento de un riesgo laboral no depende únicamente de que aparezca detallado en una norma específica, sino también de la evidencia científica disponible y de su incorporación en las evaluaciones preventivas. Por tanto, si una persona desarrolla una enfermedad o sufre consecuencias relacionadas con años de exposición al trabajo nocturno, podría llegar a acreditarse la relación entre su situación clínica y las condiciones laborales, especialmente cuando existen informes técnicos o preventivos que ya advertían de este riesgo.
En este sentido, la prevención de riesgos laborales no debería limitarse únicamente al cumplimiento formal de la normativa, sino que debería incorporar una visión más amplia y actualizada de la salud laboral. El trabajo nocturno es un claro ejemplo: aunque su impacto sobre la salud está cada vez más documentado, las políticas de reconocimiento y protección continúan avanzando lentamente. El punto de partida comienza por su reconocimiento en las evaluaciones de riesgos.
¿Se reconocería como enfermedad profesional el cáncer de mama en una enfermera después de dos décadas de trabajo nocturno? En la mayoría de países, incluida España, la respuesta habitual es no, aunque no es imposible. ¡Empecemos por exigir que conste en las evaluaciones!
¿Qué debemos pedir que conste en las evaluaciones de riesgos?
Solicitad que en la evaluación conste lo siguiente:
El trabajo nocturno, los turnos rotativos y las jornadas laborales prolongadas pueden comportar efectos importantes sobre la salud física, mental y social de las personas trabajadoras. Entre los principales riesgos identificados destacan:
- Alteración de los ritmos circadianos, con repercusiones tanto inmediatas como acumulativas a largo plazo.
- Fatiga física y mental, con aumento del riesgo de errores, accidentes laborales y disminución de la capacidad de concentración.
- Trastornos del sueño y dificultades de recuperación fisiológica.
- Impacto psicosocial, incluyendo estrés, irritabilidad, ansiedad, dificultades de conciliación familiar y aislamiento social.
- Mayor riesgo de trastornos cardiovasculares, metabólicos y digestivos.
- El trabajo nocturno con disrupción circadiana está clasificado por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) como “probablemente cancerígeno para los humanos” (Grupo 2A).
Medidas preventivas de ámbito organizativo
Para reducir los efectos derivados de la nocturnidad y los turnos, se recomienda implementar medidas preventivas adaptadas a la organización del trabajo:
- Minimizar la exposición a los turnos nocturnos siempre que sea posible.
- Evitar la realización de turnos nocturnos permanentes y limitar el número de noches consecutivas, recomendando no superar dos o tres jornadas seguidas para reducir la fatiga acumulada.
- Priorizar rotaciones de turnos en sentido horario (mañana → tarde → noche), ya que son mejor toleradas por el sistema circadiano.
- Garantizar períodos suficientes de descanso y recuperación entre jornadas.
- Facilitar pausas efectivas durante el turno y habilitar espacios adecuados de descanso.
- Adaptar las condiciones laborales a personas especialmente sensibles o vulnerables, como trabajadores de edad avanzada, embarazadas o personas con patologías crónicas.
- Promover una adecuada planificación de los horarios para favorecer la conciliación personal y familiar.
- Realizar vigilancia específica de la salud relacionada con los efectos del trabajo nocturno y los factores psicosociales.
Medidas preventivas orientadas al cuidado de la salud
A nivel individual, también es importante fomentar hábitos saludables que ayuden a reducir el impacto del trabajo nocturno:
- Mantener una buena higiene del sueño, incluyendo rutinas estables también durante los días libres.
- Favorecer un entorno adecuado para el descanso: oscuridad, reducción del ruido y limitación de interrupciones.
- Utilizar filtros de luz azul o gafas específicas cuando exista exposición prolongada a pantallas o luz artificial.
- Adaptar los horarios de las comidas al ritmo de trabajo, evitando comidas abundantes antes de dormir.
- Fomentar una alimentación equilibrada y saludable, también en los servicios de restauración de los centros de trabajo.
- Practicar actividad física de manera regular.
- Evitar el consumo de estimulantes, especialmente cafeína o bebidas energéticas, en las horas finales del turno.
- Promover el mantenimiento de relaciones sociales, actividades al aire libre y exposición a la luz natural para favorecer la regulación circadiana.
- Facilitar acciones de sensibilización e información sobre los riesgos asociados al trabajo nocturno, a turnos y a las jornadas prolongadas, así como las medidas de autocuidado.
¿Y las jornadas maratonianas del personal facultativo?
Las jornadas prolongadas y las guardias de larga duración en el personal facultativo también representan un importante riesgo laboral que a menudo se ha normalizado dentro del sistema sanitario.
La combinación de trabajo nocturno, sobrecarga asistencial, falta de descanso y elevada exigencia mental es una auténtica bomba de relojería.
Dejaremos este ámbito concreto para otra publicación. Y recordamos a la Sra. Pané que las jornadas de 12 horas van en contra de la evidencia científica… y que se pretende extrapolarlas a otras categorías profesionales. Recuerde que Europa no avanza hacia jornadas laborales superiores a las 8 horas, sino justamente en sentido contrario: hacia su reducción.
Núria Losada Pla
Secretaría de Salud Laboral de la CGT Catalunya