Hablar de la mujer en el mundo del trabajo no es únicamente hacer memoria histórica ni enumerar conquistas legales. Es, sobre todo, hablar de una realidad viva, atravesada por contradicciones, resistencias y luchas que siguen plenamente vigentes. Como mujer trabajadora y afiliada a la CGT, no puedo separar mi experiencia personal de una historia colectiva marcada por la explotación, pero también por la organización y la dignidad.
Por Ana Fernández.
Durante décadas, el trabajo de las mujeres ha sido invisibilizado, precarizado o directamente negado. Desde los cuidados no remunerados hasta los empleos peor pagados, hemos sostenido una parte esencial del sistema económico sin recibir reconocimiento ni derechos en proporción a nuestra contribución. El capitalismo ha sabido aprovechar esta desigualdad estructural, asignándonos roles que perpetúan la dependencia económica y la subordinación social.
Sin embargo, esta realidad no ha sido pasivamente aceptada. Las mujeres hemos estado presentes en el movimiento obrero desde sus orígenes, aunque muchas veces relegadas a un segundo plano en los relatos oficiales. Hemos participado en huelgas, en procesos de sindicalización, en luchas por la mejora de las condiciones laborales y, también, en la construcción de alternativas sociales y económicas. Nuestra presencia no ha sido anecdótica: ha sido esencial.
Desde una perspectiva anarcosindicalista, como la que defiende la CGT, entendemos que la emancipación de la clase trabajadora no puede darse sin la liberación plena de las mujeres. No se trata de una cuestión secundaria ni “sectorial”, sino de un eje central de cualquier proyecto transformador. La explotación de género y la explotación de clase están profundamente entrelazadas, y combatir una sin la otra es perpetuar la injusticia.
En el mundo laboral actual, las desigualdades persisten de forma evidente. La brecha salarial, la feminización de la precariedad, la parcialidad involuntaria, la sobrecarga de cuidados y la violencia en el entorno laboral son realidades cotidianas. A esto se suma la doble jornada: trabajamos fuera y dentro de casa, muchas veces sin descanso ni reconocimiento. Y cuando nos organizamos o alzamos la voz, no es raro que enfrentemos represalias o cuestionamientos que nuestros compañeros hombres rara vez sufren.
Desde la CGT, defendemos un sindicalismo combativo, autónomo y horizontal que no solo luche por mejoras salariales o contractuales, sino que también cuestione las estructuras de poder que sostienen la desigualdad. En este sentido, el feminismo no es un añadido, sino una herramienta imprescindible. Un feminismo de clase, que no se limite a romper techos de cristal para unas pocas, sino que aspire a transformar las condiciones de vida de todas.
La autoorganización de las mujeres dentro del movimiento obrero ha sido clave para avanzar. Espacios propios, redes de apoyo, asambleas feministas y acciones directas han permitido visibilizar problemáticas específicas y generar respuestas colectivas. No esperamos que nadie nos regale derechos: los conquistamos luchando.
Pero también es necesario hacer autocrítica. El movimiento obrero, incluso en sus vertientes más radicales, no ha estado exento de reproducir dinámicas patriarcales. Muchas compañeras hemos tenido que pelear doblemente: contra la explotación laboral y contra el machismo dentro de nuestras propias organizaciones. Reconocer esto no debilita la lucha; al contrario, la fortalece y la hace más coherente.
Hoy más que nunca, en un contexto de crisis económica, retrocesos sociales y auge de discursos reaccionarios, es imprescindible reforzar la organización colectiva. Las mujeres trabajadoras no somos un colectivo vulnerable por naturaleza, sino porque el sistema nos coloca en una posición de desventaja. Y esa posición solo puede revertirse mediante la acción colectiva, la solidaridad y la confrontación directa con las estructuras que nos oprimen.
Nuestra lucha no es solo por mejores condiciones laborales, sino por una vida digna. Por poder decidir sobre nuestro tiempo, nuestro cuerpo y nuestro futuro. Por construir un mundo donde el trabajo no sea sinónimo de explotación y donde los cuidados sean una responsabilidad social compartida.
Como mujer trabajadora de la CGT, no hablo desde la teoría, sino desde la experiencia diaria de precariedad, de lucha y de organización. Y tengo claro que no estamos solas. Somos muchas, estamos organizadas y seguimos avanzando. Porque si nosotras paramos, se para el mundo. Y si luchamos juntas, lo transformamos.
