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La educación como campo de batalla: contra el vaciamiento cultural y la precarización del oficio de educar

“La rebeldía nace del espectáculo del sinsentido, ante una condición injusta e incomprensible”. — Albert Camus, El hombre rebelde.

Empezar con Camus va más allá de la cita académica. El filósofo dedicó su Nobel a su maestro de escuela en Argelia, reconociendo en él la figura que le permitió un destino diferente. Queremos reivindicar este gesto para poner sobre la mesa lo que creemos que es la razón de ser del oficio de educar: porque la educación es un instrumento que hace posible nuestra incorporación al mundo como sujetos políticos.

La instrucción como derecho; el conocimiento como trinchera; la educación como herramienta política

La escuela sufre un ataque camuflado bajo un discurso tecnocientífico y psicologista que busca desposeer a las clases populares de su mejor herramienta de emancipación: la instrucción. Más allá del debate legítimo sobre el carácter estatal de la escuela de masas, en este artículo queremos ser pragmáticas: hoy, para miles de familias obreras, el sistema público/estatal es la única vía de acceso a una instrucción mínima. Aunque la escuela actual es una contradicción viviente —opera tanto como una máquina de aculturación que reproduce la ideología dominante como una conquista de las clases populares para democratizar la cultura—, reivindicamos esta segunda realidad. Porque sin instrucción no hay pensamiento crítico y sin acceso al conocimiento no hay emancipación posible.

El desarme intelectual: competencias y “soft skills”

Actualmente, la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) dicta los currículos escolares que están sustituyendo la transmisión cultural por la formación de sujetos eficientes y adaptables a las necesidades del mercado laboral. Nos venden el relato de que los conocimientos ya no importan porque “todo está en internet”, y que lo necesario es centrarse en “competencias” y “habilidades” como, por ejemplo, la “gestión emocional”.

No nos engañemos: para la clase obrera, el vaciamiento de contenidos es una forma de desarme. Un sujeto sin herramientas intelectuales para leer el mundo es un sujeto fácilmente manipulable; alguien que quizá sabe gestionar individualmente sus emociones, pero que ha perdido la capacidad de entender las estructuras que lo precarizan, acaba convirtiéndose en un gestor de los efectos de la injusticia que lo atraviesan, sin posibilidad de analizarla, comprenderla y, obviamente, transformarla.

Hay que ser claras: reivindicar la instrucción y el conocimiento no es un ejercicio de nostalgia por la escuela autoritaria del “la letra con sangre entra”, pero tampoco es aceptar la deriva actual de la “pedagogía del entretenimiento”. Entre el castigo de ayer y el vaciamiento lúdico de hoy, está la educación como derecho al saber. Reclamamos el acceso al conocimiento entendiendo que es lo único que libera, oponiéndonos a una escuela que, bajo la apariencia de modernidad y diversión, esconde una renuncia clasista a enseñar a quien más lo necesita.

La psicologización como herramienta de sumisión

Como ya advirtió Foucault, el sistema no necesita solo cuerpos disciplinados, sino, sobre todo, el control de las mentes. Margaret Thatcher, en uno de sus discursos, afirmó: “La economía es el método, pero la finalidad es transformar las mentes”. Si analizamos el panorama actual, encontramos los indicadores de esta afirmación: la educación ha comprado la lógica del mercado, tanto en la organización de los centros como en los currículos y, sobre todo, en el discurso, es decir, el lenguaje.

Un ejemplo claro es el uso normalizado de conceptos del argot económico en el lenguaje educativo. Por ejemplo, ¿cuántas de vosotras utilizáis la palabra “gestión” para hablar de las emociones o del aula? ¿O la palabra “calidad” en referencia a la educación? La “calidad” es un término que se populariza en la industria del automóvil y la “gestión” proviene del ámbito financiero y empresarial. Por otro lado, esta construcción del lenguaje en educación se ha combinado con el campo de la psicología y la psiquiatría. Lo vemos en la normalización de etiquetas de trastornos mentales para describir a las criaturas y sus situaciones vitales. Esta colonización del discurso psicológico, sumada a la lógica económica, pone en peligro la construcción de la subjetividad de las nuevas generaciones. Porque el lenguaje construye la realidad y cómo nombramos las cosas tiene efectos en nuestros cuerpos y nuestras mentes.

Por eso consideramos que hay que prestar atención a estos discursos avalados por la psicología dominante y ser críticas con las prácticas que proponen. No es casualidad que los programas de gestión emocional se implementen mayoritariamente en escuelas de alta y máxima complejidad, donde se concentra la prole de familias con rentas bajas y población migrante, dos ejes que suelen estar bastante ligados. Para las élites se reserva el acceso al conocimiento y al poder; para las nuestras, contenidos devaluados y el manual diagnóstico DSM (publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría, utilizado globalmente para diagnosticar, clasificar y estudiar trastornos psiquiátricos).

Como curiosidad, este manual contiene el “Trastorno Negativista Desafiante”, definido como “un comportamiento negativista, hostil, con resentimiento e intimidación, y la tendencia a culpar y transgredir normas sociales”. Etiquetas que no en pocas ocasiones sirven para patologizar la disidencia, llamando “enfermedad” a lo que es, en esencia, una respuesta sana al espectáculo del sinsentido que denunciaba Camus.

La precarización del oficio: de agentes del saber a policías de la conciencia

Esta deriva no es ajena a la realidad laboral. La precarización, el aumento de ratios, la burocracia asfixiante y la falta de democracia en los centros no son disfunciones del sistema: son su método. Impedir que las trabajadoras de la educación piensen su práctica y convertirlas en gestoras de aula provoca que, a menudo, se acabe comprando la emocionalidad como única vía de contención. El uso de la “gestión emocional” en las aulas más castigadas por las violencias estructurales acaba siendo el último recurso de unas profesionales agotadas que ya no pueden ofrecer saber, sino solo disciplina emocional y control de conductas.

Por una disciplina de la indisciplina: tomar partido en las aulas y en las calles

Es necesario situar la escuela en el centro del debate social. Llamamos a las trabajadoras y a las familias a posicionarse ante esta institución que nos quiere como piezas de un engranaje de desigualdad. Desde la CGT Enseñanza defendemos que la lucha por mejorar las condiciones laborales, reducir ratios y recuperar la democracia en los centros es, inseparablemente, la lucha por garantizar el derecho de todas las infancias y adolescencias a una educación pública, crítica y emancipadora.

No queremos ser gestoras de la marginalidad. Queremos tiempo para educar, espacios para reflexionar y una autoridad basada en el saber, para transmitir el legado cultural y las destrezas que permitan a las nuevas generaciones leer y comprender el mundo, apropiárselo y transformarlo. Porque solo quien comprende la realidad tiene la capacidad de imaginar una nueva.

Nos vemos en las aulas combatiendo el vaciamiento cultural en favor del control social y en las calles, politizando el malestar y organizando la rabia.

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