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El trabajo que hace posible los demás trabajos

En Estados Unidos, los cuidados son también un tema central y no un asunto privado de la esfera doméstica. Cada vez más son un motivo de crisis económica para las familias.

Ann Neumann (THE BAFFLER)

En cuanto la pandemia del coronavirus empezó a cerrar empresas en Estados Unidos a principios de año, el Congreso no tardó mucho en aprobar un conjunto integral de medidas de estímulo para apuntalar a las grandes industrias y otorgar préstamos a las pequeñas empresas. A finales de marzo, más de diez millones de personas solicitaban una indemnización por desempleo. Al mismo tiempo, sectores enteros de trabajadores quedaban al margen de los rescates de emergencia y de la seguridad social. Uno de los grupos más grandes fue el de las empleadas del cuidado doméstico: el personal de atención médica domiciliaria, asistentes de discapacitados, niñeras, amas de casa y personal de limpieza.

Son las trabajadoras que limpian nuestros váteres, doblan nuestra ropa y cuidan de nuestros hijos y padres ancianos. A menudo se les paga en efectivo y la mayoría trabaja sin las garantías laborales básicas. Según la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas (NDWA, por sus siglas en inglés), en Estados Unidos hay aproximadamente dos millones de trabajadoras de este tipo que, incluso en épocas económicas ‘buenas’, tienen problemas para mantener a sus familias. (A modo comparativo, hay más de tres millones de trabajadores agrícolas, otro grupo que en su mayoría queda excluido de las garantías del derecho laboral). Muchas apechugan con unas funciones laborales en constante aumento: niñeras que hacen la colada y limpian, sanitarias a domicilio que le hacen la compra a sus pacientes. Algunas experimentan situaciones de discriminación crónica o agresiones sexuales; la trata es un problema conocido. No tienen bajas por enfermedad, ni seguridad laboral, ni seguro médico. Ahora se enfrentan al desempleo o, de lo contrario, al riesgo de contagio si continúan trabajando durante la pandemia.

Hay pocas organizaciones que se centren en los derechos de estas trabajadoras. Muchas criadas, niñeras y limpiadoras trabajan para familias particulares en lugar de empresas, por lo que no están en condiciones de afiliarse a un sindicato o negociar colectivamente para obtener mejores salarios y condiciones.

Incluso antes de la pandemia, las trabajadoras domésticas subsistían en un sistema económico que mostraba múltiples presiones: una población de ancianos en rápido crecimiento; un cuidado de niños apenas asequible para familias de clase media y mucho menos para los trabajadores que los atienden; una industria de la atención médica inflada y compleja inaccesible para al menos treinta millones de estadounidenses; unas políticas de inmigración que sancionan a las mismas personas que mantienen unidas a nuestras familias y hogares. Ahora nos enfrentamos a la hora de la verdad: en Estados Unidos, algunas de las trabajadoras más invisibles son, de hecho, esenciales. Si queremos reconstruir la economía, va a hacer falta algo más que rescates corporativos. Serán necesarios cambios con visión de futuro en la legislación laboral –y la seguridad social– que reconozcan la importancia de las trabajadoras domésticas en una sociedad funcional y humana.

A mí me importa de verdad, ¿y a ti?

Esta visión ha estado construyéndose durante los últimos trece años en la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas, que aboga por los derechos de aquellas que cuidan de nuestros hogares, nuestros niños y nuestros padres, esforzándose por convertir los trabajos domésticos en trabajos de calidad con la remuneración y garantías necesarias para apoyar a quienes buscan un punto de apoyo en la escala económica. Con cuatro sedes locales, 60 organizaciones afiliadas y presencia en 19 estados, este movimiento se basa en la idea de que nuestros retos sociales y sanitarios pueden resolverse con políticas sociales innovadoras que saquen a las trabajadoras domésticas de la oscuridad y logren que la atención que necesitamos sea asequible.

Me reuní con la directora de la NDWA, Ai-jen Poo, a mediados de febrero, cuando todavía faltaban unas semanas para la emergencia del coronavirus. Nos reconocimos en el vestíbulo de un espacio de trabajo en el bajo Manhattan y nos dimos un pequeño abrazo. Poo parecía no haber cambiado desde que nos conocimos en un evento que presentamos juntas en la Universidad de Nueva York hace aproximadamente una década. Es formal, directa y, con toda probabilidad, una de las personas más informadas de Estados Unidos sobre las preocupaciones reales de las trabajadoras domésticas, a las que ha estado organizando durante casi dos décadas. En 2014 ganó una beca MacArthur Genius que empleó para escribir un libro, The Age of Dignity: Preparing for Elder Boom in a Changing America, que se publicó un año antes que mi libro sobre los cuidados en la etapa final de la vida.

Poo y yo hablamos de cómo ha crecido la NDWA, de los retos de la defensa de derechos en la era Trump y de la necesidad de una solución amplia y práctica a la crisis de los cuidados en Estados Unidos, una solución aún más imperiosa ahora que el antiguo y chapucero sistema parece que se desmorona. Durante varios años ha estado imaginando un plan: “Nuestra solución se llama Atención Familiar Universal (Universal Family Care)”, me cuenta Poo. Un fondo de seguridad social al que todos contribuimos, pero también del que nos beneficiamos, destinado al cuidado infantil, a la asistencia a largo plazo y a los permisos familiares retribuidos. “Va a revolucionar totalmente la forma en que nos cuidamos mutuamente”, afirma. “Es como establecer una nueva infraestructura para apoyar la vida familiar en el siglo XXI”.

Muchos estadounidenses creen que Medicare cubre la asistencia a largo plazo, pero no es así. Por lo tanto, es tan frustrante como habitual que los ancianos lleguen al momento de máxima crisis sin plan alguno. “Es una tragedia”, dice Poo. “La mayoría de las personas no tienen nada previsto y terminan gastando sus recursos, empobreciéndose por completo, para poder optar al Medicaid”. Si bien Medicare cubre la atención médica para todos los estadounidenses mayores, Medicaid fue creado para aquellos en situación de pobreza y nunca fue concebido como un programa de asistencia prolongada.

Al socializar los costes de la atención, un fondo de Atención Familiar Universal sería suficientemente duradero como para equilibrar riesgos y gastos. La seguridad social funciona mejor cuando tienes un gran grupo de personas y, como señala Poo, “no hay grupo más grande que el de las familias estadounidenses”.

Las agendas de las cuidadoras

Durante los años que trabajé como voluntaria en un hospital para enfermos terminales, conocí a muchas mujeres que cuidan a ancianos en sus últimos días de vida. A María, con sus largas uñas y su risa fácil, le pagaban tan poco que, a menudo, pasaba la noche en la habitación abandonada de la niñera de la casa de uno de los pacientes para no tener que pagar el transporte desde el Upper West Side hasta Brooklyn. Maxi tenía dolores crónicos de espalda de levantar al enfermo de una silla y de la ducha. Ambas fueron contratadas para un trabajo definido –ayudar al paciente con las actividades diarias– que, con el tiempo, comenzó a incluir cocinar, limpiar y hacer la compra de camino al trabajo. Cuando el paciente murió, María y Maxi se quedaron sin trabajo y llorando.

El coste de este tipo de atención las 24 horas es sumamente caro, incluso para los ancianos que tienen ahorros y otros recursos, lo que –a falta del fondo nacional previsto por la NDWA– plantea el reto inmediato de proporcionar a las cuidadoras un salario digno sin llevar a las familias a la ruina.

Esto requiere un cambio en nuestra cultura para que el trabajo doméstico se considere merecedor de todas las garantías y beneficios de que disfrutan otro tipo de trabajos. “La devaluación cultural del trabajo doméstico es un reflejo de una jerarquía de valores humanos que lo define todo en nuestro mundo”, dijo Poo en una charla TED, “una jerarquía que valora la vida y la contribución de unos grupos de personas por encima de otros, por motivos de raza, género, clase, condición de inmigrante: cualquier categoría”. Cuando le pregunto el modo en que esta jerarquía devalúa el trabajo de los cuidados, ella evoca las palabras de David Hyde Pierce, actor y defensor de esta labor, que hace unos años abrió una comisión que moderaba en la Casa Blanca recordando que “envejecer es vivir y cuidar es ser humano”.

Es una verdad que, sin embargo, está deformada por los prejuicios, dice Poo, por “jerarquías que valoran la vida y las aportaciones de los hombres sobre las mujeres, de los blancos sobre las personas de color”. Debido a que durante mucho tiempo el trabajo doméstico y los cuidados se han asociado a las mujeres, el trabajo ha sido desacreditado, su importancia negada o invisible. “Se considera que no tiene ningún valor real en la economía o la cultura”, señala Poo. La NDWA espera cambiar eso sacando a estas trabajadoras de la oscuridad como parte de un impulso concertado para una Declaración de Derechos de las Trabajadoras Domésticas federales que codifique el valor de estas trabajadoras esenciales y les otorgue las garantías necesarias.

“Estamos aportando todas las herramientas y toda la creatividad de que disponemos para hacer este trabajo”, dijo Poo a The New York Times Magazine el año pasado. “Estamos en un momento en el que podemos definir el futuro y formar parte de la evolución de todo este proyecto, o podemos ser víctimas de él, como lo hemos sido durante generaciones”.

En 2010, tres años después de que se fundara la NDWA, la organización y sus filiales celebraron la aprobación de la primera Declaración de Derechos de las Trabajadoras Domésticas en el estado de Nueva York. Esta brinda protección conforme a la Ley de Derechos Humanos del Estado de Nueva York, el pago de horas extra a partir de 40 y tres días de libre disposición al año. Gracias a los esfuerzos de la NDWA y otras organizaciones como Hand in Hand, una asociación de empleadores nacionales que abogan por empleos sostenibles para los trabajadores que contratan, otros ocho estados han firmado una legislación similar, al igual que las ciudades de Seattle y Filadelfia. Con el apoyo de la senadora Kamala Harris, la diputada Pramila Jayapal y otros, la NDWA actualmente trabaja para recoger estas garantías de la Declaración de Derechos en la ley federal.

Poo considera esta legislación federal una base desde la que poder revolucionar la forma en que se presta asistencia en los Estados Unidos. “Actualmente los cuidados se siguen considerando una carga o responsabilidad personal”, me dice, “y si una persona no es capaz de resolverlo, no puede pagarlo y no puede manejarlo se considera un fracaso personal”. El trabajo principal de Poo es presentar los cuidados como un desafío social en lugar de una vergüenza privada; expresar lo vital que es el trabajo de los cuidados, lo ha llamado el trabajo que hace posible los demás trabajos. “Se trata de un problema que el mercado no puede resolver; requiere una solución colectiva, una solución basada en políticas públicas”, afirma.

Junto con estos esfuerzos para promulgar políticas de ámbito estatal y federal, la NDWA ha lanzado varios programas para mejorar de forma directa la vida de las trabajadoras domésticas. Han establecido un servicio por internet llamado Alia, por ejemplo, que ofrece a los actuales clientes de empleadas domésticas una forma de contribuir a un programa asequible de prestaciones. Por solo cinco dólares por limpieza, Alia permite a los trabajadores comprar un seguro asequible y acceder al tiempo de permiso retribuido.

Expulsadas del mercado

La era Trump presenta un nuevo desafío: la NDWA aboga por un sector de la economía con una de las mayores poblaciones de trabajadores indocumentados durante un tiempo de encarcelamiento masivo en la frontera. Pero Poo no palidece cuando le pregunto sobre el avance de los derechos de las trabajadoras bajo una administración que parece empeñada en castigar y matar. “Trump se apresuró a anunciar la construcción de un muro y señaló a los inmigrantes”, dice Poo, “culpó a los inmigrantes de la crisis laboral y de la delincuencia. Sabíamos que iba a ser un momento muy difícil para nuestra población activa, y lo ha sido”. Pero, como Poo señala, los esfuerzos punitivos de la administración solo han conseguido que la injusticia sea más evidente y ha aumentado la sensibilización  sobre el modo en que los problemas fronterizos están conectados con cada una de nuestras vidas personales.

Al comienzo de la actual crisis fronteriza, la NDWA ayudó a lanzar Families Belong Together, una red de casi 250 organizaciones que trabajan para acabar con la separación y la detención familiar mediante la acción directa, la organización y la recaudación de fondos. Dichos esfuerzos se basan en la interrelación de los trabajadores, las cuidadoras y las familias, y en la construcción de un movimiento que satisfaga las necesidades de todos al hacer que la atención sea asequible y que el cuidado sea un trabajo sostenible.

Lo innovador del trabajo que dirige Poo es el modo en que sitúa una serie de cuestiones apremiantes –inmigración, derechos laborales, derechos de las mujeres y de las mujeres de color, la calidad de la atención médica– en torno al tema de la atención doméstica. El cuidado es un tema central, no un asunto privado de la esfera doméstica, y cada vez más es un motivo de crisis para las familias.

Salvo casos excepcionales, pocos estadounidenses pueden pagar la atención que necesitan. Por lo tanto, el desafío es doble: tenemos que ayudar a las familias a pagar por la atención que necesitan y tenemos que apoyar a los trabajadores ofreciéndoles empleos sostenibles que ofrezcan salarios justos. El desafío continúa dilatándose, pero quizás también nos brinda una oportunidad. “Tenemos una ocasión única en varias generaciones de revolucionar la forma en que apoyamos a las familias y cuidamos a las personas que amamos”, dice Poo.

Uno de los datos que señala Poo es que la generación del baby boom está cumpliendo los 65 años a un ritmo de aproximadamente 10.000 personas al día y, como viven más tiempo, pronto tendremos la mayor población de ancianos en la historia de nuestro país. Por si fuera poco, en 2018, las mujeres millennials dieron a luz a más de tres millones de bebés. “Necesitamos más atención que nunca”, señala Poo, “y no tenemos nada previsto, no hay infraestructura ni ningún sistema que apoye esa atención”. Si bien hubo una época en la que las mujeres proporcionaban todos los cuidados no remunerados que los ancianos y los niños necesitaban, esa no ha sido nuestra realidad en décadas.

Otro factor en la crisis de atención es la erosión general de los salarios necesarios para vivir; es imposible que la gente pueda pagarse la atención que necesita. Casi el 40% de los hogares estadounidenses ganan menos de 50.000 dólares al año. Poo hace los cálculos por mí: si el coste medio del cuidado de niños es de 11.000 dólares al año y una habitación privada en una residencia de ancianos cuesta más de 100.000 dólares, los números simplemente no cuadran.

Una familia más numerosa

Las primeras mujeres que hicieron de este trabajo doméstico una profesión en los Estados Unidos fueron africanas esclavizadas. Desde entonces, las mujeres de color, las mujeres inmigrantes, las mujeres socialmente marginadas han sido las que trabajan en nuestros hogares, con nuestros hijos y con nuestros mayores.  “Y eso no es por accidente”, señala Poo.  “De hecho, se codificó en forma ley en la década de 1930”.

Poo se refiere al New Deal. Mientras el Congreso debatía las leyes laborales integradas en este conjunto de políticas progresistas, los diputados del sur se negaron a apoyar cualquier ley que incluyera garantías para los trabajadores y trabajadoras domésticas y agrícolas, que eran predominantemente afroamericanas. Los congresistas del sur ganaron, y estos dos sectores fueron excluidos. “Fue una exclusión racial explícita”, dice Poo, “que realmente ha determinado el trabajo doméstico y el trabajo de los cuidados en Estados Unidos. Es una manifestación muy concreta de la jerarquía del valor humano y del modo en que se codifica en forma de ley”.

Sin embargo, ¿algún trabajo es más esencial para la vida familiar y la reproducción social de este país? Los cuidadores están en nuestros hogares limpiándoles las barbillas a nuestros niños pequeños y padres. Es la población activa de mayor crecimiento en la economía. Y es el sector que sostiene al resto de familias trabajadoras. “Si todos los empleados domésticos de Nueva York un día decidieran no ir a trabajar, imagínate el caos”, dice Poo. “Aunque invisible, es un trabajo fundamental para el funcionamiento de muchas industrias”.

Ahora es sorprendentemente fácil de imaginar lo que sucede si las cuidadoras no van a trabajar un día, ya que el estado de Nueva York ha decretado que todos los empleados no esenciales deben trabajar desde casa para evitar la propagación del coronavirus. En las redes sociales se repiten las historias de madres y padres que se enfrentan al trabajo, al cuidado de los niños, la enseñanza en casa y el cuidado de ancianos, todo a la vez. Y sin embargo, muchas cuidadoras continúan yendo a sus trabajos porque las personas a su cargo requieren asistencia para las actividades cotidianas; la pandemia ha hecho que este trabajo no solo sea visible sino “esencial”, la piedra angular de nuestra estructura social.

Hoy, las trabajadoras domésticas luchan por alimentar a sus propios hijos, padecen un desgaste extremo y experimentan agotamiento físico y mental, acoso y racismo. Y, puesto que los salarios son tan bajos, el sector de la atención a menudo ha perdido a los cuidadores con talento por un trabajo mejor remunerado, como los del sector de la comida rápida o del comercio minorista. Pero Poo ve una oportunidad más aquí. “En estos momentos, en nuestro sistema de salud se despilfarra enormement”, observa, “y gran parte se concentra al final de la vida”. Esto lo sé por mi propio trabajo. Hasta el 25% del presupuesto anual de Medicare se destina al último año de vida. Lo que no sería tan malo si estuviéramos brindando el tipo de atención que los ancianos necesitan.

“La mejor prevención”, me comenta Poo, “es un buen cuidado”. Las trabajadoras que están bien pagadas y bien formadas, trabajadoras que reconocemos y en las que invertimos, podrían ser un activo para el sistema de atención médica y una solución a muchos de sus problemas actuales, desde institucionalizaciones innecesarias y rehospitalizaciones hasta el manejo de enfermedades crónicas y una mejor calidad en la atención.

El camino en el que estamos

Se podría pensar que el partidismo del clima político actual es un mal augurio para Poo y la visión de futuro de la NDWA para lograr una Atención Familiar Universal, pero el de los cuidados es lo que Poo llama un problema “que transciende los términos electorales”. Una encuesta reciente realizada por el Movimiento contra el Alzheimer de las Mujeres, de Maria Shriver, y Caring Across Generations, reveló que el 71% de los votantes republicanos apoyaría un programa federal para ayudar a cubrir los costes de los cuidados. La encuesta se centró principalmente en la atención a largo plazo, pero el apoyo a favor de un nuevo programa gubernamental es sólido.

En marzo, en un artículo de opinión para el New York Times, Poo escribió que “a las trabajadoras domésticas y a las cuidadoras con demasiada frecuencia se les pide que pongan las necesidades de las familias que las emplean sobre las suyas y las de sus familias”. Poo argumenta que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades “deberían dirigir más recursos a los profesionales de la atención que están en primera línea”, que trabajan en nuestros hogares y vecindarios porque son nuestra primera línea de defensa contra el desgaste de la salud pública. Proporcionar a estos trabajadores, predominantemente mujeres de color, equipos de seguridad, pruebas e información en varios idiomas debería haber sido nuestro primer paso para prevenir la propagación del coronavirus.

“Lo que estás haciendo, al ser enorme, imaginativo, es un acto creativo”, le digo a Poo al final de nuestra conversación.  “¿Cómo podemos vislumbrar ese futuro mejor?”.

“Para mí, no es difícil”, dice Poo. “Quiero que la gente se entusiasme con la idea de una Atención Familiar Universal, la idea de que el cuidado de las familias es parte de la infraestructura del siglo XXI, del mismo modo que actualmente las carreteras, los puentes y los túneles son un gasto previsible porque permiten todo lo demás”.

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler. 

Traducción de Paloma Farré.

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