Negras tormentas agitan los aires…

TEXTO:FONDO:

Dentro de unas semanas la CGT celebrará su XX Congreso Confederal. Casi al mismo tiempo, otra organización procedente del mismo gran árbol histórico del anarcosindicalismo español comienza una etapa bajo un nombre nuevo: Confederación Anarcosindicalista, CA-AIT. Entre ambas continúa existiendo la CNT. Tres organizaciones diferentes, tres estructuras, tres estrategias sindicales y tres maneras de entender una tradición que, con todas sus contradicciones, procede de una misma aspiración histórica: que los trabajadores se organicen por sí mismos, sin intermediarios, para defender sus intereses inmediatos y avanzar hacia una transformación profunda de la sociedad. Contemplado desde fuera resulta difícil evitar una pregunta incómoda: ¿cómo una corriente sindical que hizo de la unidad de los trabajadores frente al capital uno de sus principios fundamentales ha podido acumular durante décadas semejante capacidad para dividirse a sí misma? No planteo esta cuestión para repartir culpabilidades ni para afirmar que todas las organizaciones sean iguales. Tampoco creo que las diferencias existentes sean inventadas. Las hay, algunas muy importantes. Pero después de tantos años quizá deberíamos preguntarnos si conservar permanentemente aquellas fronteras ayuda hoy a los trabajadores tanto como creemos.

Por Carlos Ortega,

CGT llega a su XX Congreso convertida en una organización sindical con presencia efectiva en numerosos sectores y empresas, mientras CNT mantiene otro modelo de acción sindical y CA-AIT reivindica ahora la continuidad de la tradición que defendía anteriormente bajo las siglas CNT-AIT. Cada una puede presentar argumentos para justificar su trayectoria. Cada una puede explicar por qué tomó determinadas decisiones y señalar los errores cometidos por las demás. Probablemente las tres encontrarían suficientes documentos históricos para llenar una biblioteca defendiendo su propia posición. Pero mientras nosotros discutimos genealogías, congresos, legitimidades y modelos organizativos, el mundo del trabajo continúa cambiando a una velocidad extraordinaria. Millones de trabajadores viven pendientes de contratos temporales, subcontratas, plataformas digitales, algoritmos, falsos autónomos, salarios que pierden poder adquisitivo y jornadas que vuelven a ocupar prácticamente toda la vida. Para una generación que entra hoy por primera vez en una fábrica, un hospital, un almacén logístico o una empresa de servicios, nuestras antiguas disputas probablemente resulten incomprensibles. Y quizá deberíamos prestar atención a ese hecho.

No estoy proponiendo una reunificación artificial del anarcosindicalismo ni creo que pueda solucionarse un siglo de diferencias sentando a tres comités alrededor de una mesa. Las organizaciones son diferentes porque detrás existen culturas militantes, experiencias y concepciones sindicales distintas. Pretender borrar todo eso mediante una declaración solemne sería tan ingenuo como pensar que mañana CGT, CNT y CA-AIT pueden convertirse nuevamente en una única organización. La unidad de la clase trabajadora no exige necesariamente la unidad administrativa de sus sindicatos. Lo que sí debería exigir es la capacidad de reconocerse mutuamente como organizaciones formadas por trabajadores y de encontrarse cuando existe un conflicto común. Podemos discutir sobre elecciones sindicales, subvenciones, liberados, secciones sindicales, comités de empresa, negociación colectiva o estructuras organizativas sin convertir cada discrepancia en una frontera moral entre auténticos y traidores. Ésa es probablemente una de las enfermedades históricas de una parte del movimiento libertario: la facilidad para transformar diferencias estratégicas en certificados de autenticidad ideológica.

Lo sucedido recientemente alrededor de las siglas CNT-AIT debería servir precisamente para reflexionar sobre ello. Una organización que durante años se identificó mediante esas letras ha tenido que adoptar la denominación CA-AIT después de una resolución judicial. Sin embargo, sus militantes continúan existiendo, sus sindicatos continúan funcionando y la propia organización afirma que mantiene sus principios y su pertenencia a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Esto demuestra algo bastante sencillo y al mismo tiempo profundamente significativo: una organización es mucho más que las letras que aparecen en una bandera. Las siglas poseen historia, memoria y un enorme valor emocional, pero ningún juez puede hacer desaparecer las convicciones de una persona mediante una sentencia. Exactamente por la misma razón, ninguna sentencia puede conceder implantación sindical, credibilidad o capacidad de movilización. Todo eso solamente puede construirse trabajando diariamente junto a los trabajadores.

CGT debería reflexionar también sobre su propia evolución. Haber conseguido una implantación sindical considerable no puede convertirse en un punto de llegada. Crecer implica riesgos. Una organización que aumenta afiliación, representación, estructuras y responsabilidades puede terminar reproduciendo precisamente algunos de los comportamientos burocráticos que históricamente criticó. El reto para una organización que se reclama anarcosindicalista no consiste únicamente en crecer, sino en demostrar que es posible hacerlo manteniendo la capacidad de decisión en las plantillas, fomentando la participación y evitando que la actividad sindical termine siendo patrimonio exclusivo de especialistas. El próximo Congreso de CGT debería mirar hacia fuera tanto como hacia dentro. Los congresos son necesarios para debatir estatutos, estrategias y funcionamiento interno, pero su verdadero valor debería medirse después, cuando esas decisiones llegan a los centros de trabajo y sirven —o no— para organizar a personas que hasta entonces permanecían solas frente a la empresa.

CNT tiene igualmente por delante su propia reflexión. Mantener unas siglas históricas constituye una responsabilidad enorme, pero la historia por sí misma no garantiza influencia sobre el presente. La importancia de una organización obrera no puede medirse por la antigüedad de su nombre, sino por su capacidad para convertir sus principios en una práctica comprensible y útil para trabajadores del siglo XXI. Y CA-AIT afronta exactamente el desafío contrario: demostrar que perder unas siglas no significa perder una identidad y, sobre todo, que esa identidad puede transformarse en organización sindical real. Las tres tienen problemas diferentes, pero las tres deberían responder a una misma pregunta: ¿somos capaces de llegar a los trabajadores que actualmente no están organizados? Porque ésos son la inmensa mayoría y, paradójicamente, aparecen muy pocas veces en nuestras discusiones internas.

Hay algo especialmente frustrante en las divisiones del anarcosindicalismo. Mientras organizaciones relativamente próximas gastan energías demostrando aquello que las separa, el adversario económico al que dicen enfrentarse posee una extraordinaria capacidad para actuar unido cuando sus intereses están amenazados. Las empresas compiten ferozmente entre ellas, pero cuando se discute una reforma laboral, una reducción de jornada, una subida salarial o una ampliación de derechos laborales las organizaciones empresariales saben perfectamente cuáles son sus intereses comunes. La clase trabajadora, en cambio, ha desarrollado una extraordinaria habilidad para encontrar primero aquello que la divide. Esto no significa esconder diferencias políticas. Significa comprender que existen momentos en los que la solidaridad de clase debería pesar más que la identidad de organización.

Me gustaría imaginar un anarcosindicalismo capaz de discutir sin odiarse. Un sindicalismo donde un militante de CGT pueda compartir una huelga con uno de CNT o CA-AIT sin que ninguno considere que está renunciando a sus principios. Donde cada organización pueda criticar públicamente a las demás cuando considere que se equivocan, pero sin convertir esa crítica en una actividad permanente. Donde una victoria conseguida por trabajadores organizados bajo otras siglas pueda reconocerse como una victoria de trabajadores y no contemplarse con recelo porque fortalece a otra organización. Eso no sería renunciar a las diferencias. Sería demostrar suficiente madurez para convivir con ellas. Quizá la diversidad organizativa incluso podría convertirse en una fortaleza si dejara de entenderse permanentemente como una guerra por la legitimidad.

Porque, además, existe una realidad que debería imponernos cierta humildad. Ni CGT, ni CNT, ni CA-AIT, por separado o conjuntamente, representan hoy a la mayoría de la clase trabajadora española. Hay millones de trabajadores que nunca se han afiliado a ninguna organización sindical y muchos que apenas conocen qué significa anarcosindicalismo. Visto desde esa realidad, algunas de nuestras guerras internas adquieren una dimensión diferente. Estamos discutiendo sobre quién administra mejor una tradición mientras una enorme parte de la clase trabajadora ni siquiera participa de ella. El gran territorio que debería preocuparnos no es el sindicato vecino: son los centros de trabajo donde no existe organización, donde nadie convoca una asamblea y donde cada trabajador se enfrenta individualmente a la empresa.

Por eso contemplaría el XX Congreso de CGT y el nacimiento de CA-AIT no solamente como acontecimientos internos de dos organizaciones, sino como una oportunidad para pensar sobre el conjunto de esta tradición sindical. Más de un siglo después del nacimiento del anarcosindicalismo organizado en España, quizá su gran desafío no sea demostrar quién ha conservado mejor la herencia recibida, sino demostrar que todavía puede construir futuro. Y para hacerlo seguramente necesitaremos menos obsesión por las fronteras entre organizaciones y mucha más voluntad de encontrarnos en aquello que todavía compartimos: la acción directa, la solidaridad, la autonomía de los trabajadores, el federalismo, la democracia desde abajo y la convicción de que quienes trabajan deben tener capacidad para decidir sobre sus propias vidas.

No sé si algún día estas organizaciones volverán a acercarse significativamente y tampoco estoy seguro de que sea necesario que terminen bajo unas mismas siglas. Quizá ésa sea otra obsesión heredada del pasado. Lo verdaderamente importante sería que aprendieran a no comportarse como si la existencia de las otras debilitara necesariamente la propia. CGT puede continuar siendo CGT. CNT puede continuar siendo CNT. CA-AIT puede construir su camino bajo su nueva denominación. Lo que ninguna debería olvidar es que fuera de sus locales existe una clase trabajadora muchísimo más grande que todas ellas juntas. Una clase trabajadora que probablemente no necesita otra batalla por una bandera, sino sindicatos capaces de organizarla cuando una empresa despide, precariza, explota o intenta imponer el miedo.

Después de tantas divisiones quizá haya llegado el momento de asumir una idea muy sencilla: ninguna organización posee en exclusiva el anarcosindicalismo, porque una tradición obrera no puede registrarse como una propiedad. Puede conservarse un archivo, utilizarse legalmente unas siglas o reivindicarse una determinada continuidad histórica, pero la legitimidad obrera se obtiene en otro sitio. Se obtiene en una huelga, en una asamblea, defendiendo a un compañero despedido, organizando una empresa donde nadie estaba organizado y consiguiendo que trabajadores diferentes descubran que juntos poseen una fuerza que individualmente no tenían. Si CGT, CNT y CA-AIT son capaces de competir algún día por ver quién hace mejor eso, en lugar de competir por demostrar quién representa con mayor pureza el pasado, quizá el anarcosindicalismo tenga todavía mucho futuro por delante. Porque las organizaciones pueden dividirse una y otra vez. La clase social a la que pretenden organizar sigue siendo la misma.

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