En mis 25 años como organizador sindical y formador laboral, mi propósito fundamental ha sido ayudar a la clase trabajadora a reconocer y ejercer su propio poder.
Por Steve Lawton en Labor Notes.
En ese trabajo, he llegado a apoyarme profundamente en los escritos de Les Leopold. Ya fuera organizando talleres basados en Reversing Runaway Inequality en los meses previos a la huelga de Verizon de 2016, o utilizando Wall Street’s War on Workers como texto formativo con aprendices sindicalizados de electricidad, la obra de Leopold me ha ayudado a traducir complejas cuestiones de economía política en algo que los trabajadores pueden comprender, debatir y convertir en acción.
Con su último libro, The Billionaires Have Two Parties, We Need a Party of Our Own (Los multimillonarios tienen dos partidos, necesitamos uno propio: cómo la clase trabajadora puede construir poder político independiente), Leopold nos desafía no solo a comprender el sistema, sino a enfrentarlo. Interpela directamente a quienes forman parte del movimiento sindical para replantearse cómo nos organizamos políticamente, para quién nos organizamos realmente y si estamos construyendo el poder independiente de la clase trabajadora que exige el momento actual.
REACTIVAR A LA AFILIACIÓN SINDICAL
Leí este libro con dos preguntas muy presentes en el movimiento sindical actual: ¿cómo volver a implicar a las personas afiliadas que se han alejado de nuestro programa político? ¿Y cómo convertir la formación política en una parte central de nuestra estrategia organizativa, en lugar de limitarla a los periodos electorales?
The Billionaires Have Two Parties parte de las experiencias reales de la clase trabajadora, recogidas en una amplia encuesta realizada por Leopold y sus colaboradores entre votantes de cuatro estados del llamado “cinturón industrial” estadounidense. La encuesta preguntaba qué desean las personas trabajadoras, qué les genera indignación y qué tipo de organización política podría representarlas realmente. A partir de esa base, Leopold demuestra que la solidaridad en torno a cuestiones económicas puede ser el camino más claro hacia adelante.
Apoyándose en los resultados de la encuesta, Leopold muestra que amplios sectores de la clase trabajadora respaldan un programa de populismo económico que incluye gravar más a las grandes fortunas, frenar la especulación y el abuso de precios corporativos, limitar el precio de los medicamentos, proteger la Seguridad Social y evitar despidos en empresas que reciben dinero público. Incluso apoyan medidas que a menudo son calificadas de “radicales”, como una garantía federal de empleo.
Una de las propuestas que más me llamó la atención fue la prohibición de despidos obligatorios en empresas que reciben ayudas financiadas por los contribuyentes. Los despidos solo podrían realizarse de forma voluntaria, mediante indemnizaciones pactadas. La propuesta aborda directamente la crisis descrita por Leopold en su anterior libro, Wall Street’s War on Workers, sobre los despidos masivos, la recompra de acciones y el debilitamiento del poder político de los trabajadores. Una frase resume el núcleo moral del libro: “La población de nuestro país debería ser el centro de nuestro sistema económico, no una fuente de extracción de riqueza para unos pocos”. Ese es el cambio por el que todas y todos organizamos.
PODER POLÍTICO “INDEPENDIENTE”
Como organizador sindical, no me sorprende que las políticas económicas que destaca Leopold sean populares. La seguridad laboral —y la seguridad económica en general— es una de las razones fundamentales por las que la gente trabajadora se organiza.
Pero he reflexionado mucho sobre por qué los trabajadores ya no respaldan el programa político de sus sindicatos como lo hacían en el pasado. Muchas personas afiliadas están desconectadas porque no confían en las instituciones que dicen representarlas, incluidos sus propios sindicatos. En parte, esto se debe a que, incluso con sindicato, la clase trabajadora se ha vuelto económicamente más insegura. Y aun así, los activistas sindicales seguimos diciéndoles que apoyen a los candidatos respaldados por el sindicato. Es comprensible que algunos trabajadores perciban esta disfunción y decidan no votar como se les indica desde la organización.
El libro señala que la propia marca del Partido Demócrata se ha convertido en una barrera. Los trabajadores pueden estar de acuerdo con un programa económico populista, pero reaccionar negativamente cuando ese mismo programa aparece vinculado a un partido que consideran elitista y desconectado de la realidad. Cuando los sindicatos actúan únicamente dentro de ese marco partidista, estamos pidiendo a nuestra afiliación que elija entre instituciones en las que muchos ya no confían.
El libro apunta hacia otro enfoque: basar el debate político en intereses económicos compartidos, en el poder colectivo y en aquello que los trabajadores pueden conquistar juntos. También plantea que nuestro poder político debe definirse como “independiente”, y no dependiente del Partido Demócrata.
Una de las lecciones más importantes que los organizadores pueden extraer de este libro es que el poder político de los sindicatos no nos lo concede quien ocupe temporalmente un cargo institucional. Se construye a través de la solidaridad obrera y de la acción política colectiva. La lucha en el centro de trabajo y la lucha en las instituciones no son conflictos separados. Son escenarios distintos de una misma disputa sobre quién tiene el poder, quién redacta las reglas y a qué intereses protege el gobierno. Y, como movimiento sindical, ¿no deberíamos ser inherentemente independientes? ¿No somos ya, a través de nuestros sindicatos, nuestra propia organización política?
ENCONTRARSE CON LOS TRABAJADORES DONDE ESTÁN
El libro no evita las preguntas difíciles. Leopold aborda la relación, a veces contradictoria, entre la justicia económica y los movimientos progresistas. Recuerda un debate en el que Hillary Clinton cuestionó el populismo económico de Bernie Sanders preguntando si dividir los grandes bancos acabaría con el racismo, el sexismo u otras formas de discriminación. Leopold no minimiza esas luchas. Pero sostiene que el populismo económico ofrece una base amplia para la solidaridad y que un movimiento de clase trabajadora no puede exigir un acuerdo total sobre cada cuestión social desde el principio.
Como organizador sindical, comprendo esta dinámica. Hace mucho tiempo aprendí que quienes organizan no pueden actuar desde el sectarismo partidista o ideológico. Necesitamos encontrarnos con los trabajadores allí donde están, encontrar formas de unirlos e identificar problemas ampliamente compartidos que puedan impulsar la acción colectiva.
Los sindicatos pueden ser espacios donde las personas transforman realmente sus ideas. En muchas ocasiones, el propio hecho de reunirse y actuar colectivamente amplía la visión del mundo de la gente. Les ayuda a abandonar actitudes individualistas y a comprender el poder de la solidaridad. Pero eso es mucho menos probable si comenzamos juzgando a quienes todavía no están de acuerdo con nosotros o se identifican con partidos hostiles al sindicalismo.
Para unir a la afiliación, no podemos empezar por etiquetas partidistas. Debemos comenzar por cuestiones que todo el mundo entiende y siente: seguridad laboral, plantillas suficientes, justicia, sanidad y salarios.
Una de las aportaciones más concretas del libro aparece cuando empieza a trazar el terreno político. Leopold no defiende campañas de terceros partidos en cualquier lugar. En cambio, identifica espacios específicos —como distritos republicanos donde los demócratas no tienen posibilidades reales— en los que una candidatura independiente de clase trabajadora no actuaría necesariamente como un “factor de división” electoral. Ahí es donde una política independiente basada en la clase puede echar raíces sin las limitaciones habituales.
El énfasis de Leopold en la educación política, las conversaciones entre trabajadores, el trabajo en pequeños grupos y la elaboración colectiva de reivindicaciones encaja estrechamente con las buenas prácticas organizativas. Si la clase trabajadora va a construir poder político independiente, necesita espacios para pensar colectivamente, debatir y definir su propia agenda. Necesita dejar de ser mera audiencia de la política para convertirse en protagonista activa de su construcción.
UN MARCO ÚTIL
El libro no está exento de limitaciones. El populismo económico tiene un atractivo amplio, pero coincidir en cuestiones económicas no produce automáticamente organización ni solidaridad duradera. Construir una nueva asociación política que incluya al conjunto de la clase trabajadora no sindicalizada no será sencillo para muchos sindicatos. Y presentar candidaturas no equivale a construir organización. El libro es más claro a la hora de señalar dónde podrían surgir políticas independientes que al explicar cómo consolidarlas de manera duradera.
Sin embargo, sí ofrece a quienes organizan un marco y un relato útiles. Nos desafía a dejar de tratar la política como algo que hacemos para la afiliación y empezar a entenderla como algo que construimos con ella, de manera independiente de los dos grandes partidos. Nos obliga a preguntarnos si nuestra estrategia política actual está generando poder real o simplemente manteniendo relaciones con instituciones que ya no cuentan con la confianza de la clase trabajadora.
The Billionaires Have Two Parties sostiene, en última instancia, que los trabajadores necesitan su propia voz política, su propia plataforma y su propia organización. Se comparta o no cada parte de este planteamiento, hay una idea de fondo imposible de ignorar: necesitamos poder independiente de la clase trabajadora para transformar el statu quo.
Steve Lawton, autor de esta reseña, fue presidente de Communications Workers Local 1102 en Staten Island y actualmente es organizador del Distrito 1 de la CWA.