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Memoria

47 aniversario del 3 de Marzo: La lucha obrera continúa

Debemos de insistir una y otra vez, lo que provocó la crisis y el colapso de la dictadura fue la fuerza de la clase obrera.

Agustín Plaza Fernández publicado en Naiz

A pesar del tiempo transcurrido, la lucha que culminó un tres de marzo de hace 47 años sigue viva en la memoria de la clase obrera de Euskal Herria, del Estado español y a nivel internacional. Era miércoles y era la tercera huelga que convocábamos las Comisiones Representativas en Gasteiz. La respuesta fue total, más de un 85% de los 50.000 trabajadores vitorianos se solidarizaron con sus 5.000 compañeros que, en empresas como Mevosa, Forjas Alavesas, Aranzábal, Olazábal y Huarte, Areitio, Cablenor, Talleres Gama y obras llevaban dos meses de huelga luchando por unas condiciones de trabajo dignas, por el reconocimiento de sus representantes elegidos directamente en asamblea y por la libertad de reunión y expresión.

Todas las luchas son siempre una experiencia de la que podemos aprender, pero la que culminó el «3 de Marzo», por sus características nos enseñó lecciones que hoy están plenamente vigentes.

La respuesta de la clase trabajadora a los asesinatos de Gasteiz fue la mayor huelga general en Euskadi de la historia reciente, incluida las movilizaciones de condena en el conjunto del Estado y en todo el mundo.

No es casualidad que todavía no se haya esclarecido quienes fueron los responsables de aquella tragedia y tampoco que el papel de aquella lucha, acelerando todos los procesos democráticos, solo fue reconocido muchos años más tarde y de forma distorsionada.

En mi humilde opinión, las lecciones más relevantes de aquella lucha fueron: la necesidad de una dirección con plena confianza en la capacidad de lucha de la clase trabajadora, reivindicaciones unitarias, la «asamblea» como centro de decisión y de unificación de las propuestas del conjunto del movimiento obrero, la unificación de las luchas y su expansión haciendo partícipe a todas y a todos, tomar conciencia de la necesidad de organización en cada empresa, en cada sector, en cada provincia, en todo el Estado y a nivel internacional, la necesidad de participación de debate de nuestros problemas, de que comprendamos que nuestros problemas derivan todos de un sistema económico injusto que utiliza en su beneficio, los medios de comunicación, las leyes, los gobiernos, la policía y los ejércitos.

Hoy como ayer, el problema es el capitalismo, un sistema económico que necesita para desarrollarse incrementar los niveles de explotación de los trabajadores y trabajadoras a todos los niveles y en todo el mundo, sustituir mano de obra más cara por nueva tecnología o mano de obra más barata, privatizar empresas y servicios públicos como la sanidad, la educación y expoliar las riquezas de los países menos desarrollados.

Frente a la historia idílica que nos ofrecen sobre la «transición española» tenemos que decir que la realidad fue diferente.

La afirmación de que la caída de la dictadura, la conquista de las libertades democráticas en nuestro país, todo aquello de lo que los medios de comunicación de la burguesía tanto se jactan de decir que fue una «obra conjunta del todo el pueblo español» (metiendo en el mismo saco a capitalistas, obreros, curas, militares, etc.), bajo la sabia y paternal dirección de nuestro Rey, es una tergiversación interesada y repugnante.

Debemos insistir una y otra vez, lo que provocó la crisis y el colapso de la dictadura fue la fuerza de la clase obrera. Casi 200 muertos a manos de los cuerpos represivos del Estado y de los pistoleros fascistas, miles de heridos y detenidos, fue el precio que tuvimos que pagar los trabajadores y los jóvenes de nuestro país en ese periodo.

El fin de la dictadura no fue producto de las concesiones de la clase dominante. Fue consecuencia directa de la lucha heroica de millones de personas, hombres, mujeres, jóvenes… en fábricas, tajos en el campo, las universidades y los barrios.

Esta magnífica lucha abrió el camino, no solo al restablecimiento de las libertades, sino a la posibilidad real de transformar la sociedad y empezar a construir el socialismo.

Esta realidad sigue siendo negada por la historiografía burguesa y por sus aliados reformistas y socialdemócratas en el movimiento obrero. Pero desde el punto de vista materialista, la lucha de clases había alcanzado tal nivel que la correlación de fuerzas era favorable a los trabajadores, y de haber existido un partido marxista de masas la victoria del socialismo hubiera sido posible.