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Ensayo: El final del control policial, libro de Alex S. Vitale

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Vitale explica por qué las reformas policiales serán ineficaces para reducir la actividad policial abusiva. Este profesor de Sociología lleva 30 años investigando la actuación de la policía en Estados Unidos. Ahora publica en España ‘El fin de la policía’, en el que defiende que se debe reducir “el alcance” de los departamentos y buscar “alternativas” para la seguridad

Editorial: CAPITAN SWING Traductor: Raúl Sánhez Cedillo & Blanca Gago Colección: ENSAYO Materia BIC: HUMANIDADES ISBN: 978-84-122818-5-9 EAN: 9788412281859 Precio: 19.23 € Precio con IVA: 20.00 €.

Cómo nos pone en peligro la policía y por qué tenemos que encontrar una alternativa. En los últimos años se ha visto una explosión de protestas contra la brutalidad policial y la represión. Entre activistas, periodistas y políticos, la conversación sobre cómo responder y mejorar la actuación policial se ha centrado en la responsabilidad, la diversidad, la formación y las relaciones con la comunidad.

Desgraciadamente estas reformas no producirán resultados, ni solas ni combinadas. Debe abordarse el meollo del problema: la naturaleza de la policía moderna en sí. La aplicación de la teoría de las «ventanas rotas», la militarización del orden público y la dramática expansión del papel de la policía durante los últimos cuarenta años han otorgado unas competencias a los oficiales que deben revertirse.

Este libro intenta ampliar la discusión pública al revelar los orígenes corruptos de la policía moderna como una herramienta de control social. Muestra cómo la expansión de la autoridad policial es incompatible con el empoderamiento de la comunidad, la justicia social, incluso la seguridad pública. Basándose en investigaciones pioneras de todo el mundo y cubriendo prácticamente todas las áreas de la gama cada vez más amplia del trabajo policial, Alex Vitale demuestra cómo la aplicación de la ley ha llegado a exacerbar los mismos problemas que se supone que debe resolver. En contraste, hay lugares donde la implementación sólida de alternativas policiales, como la legalización, la justicia restaurativa y la reducción de daños, ha llevado a reducciones en el crimen, el gasto y la injusticia. La mejor solución para una mala actuación policial puede ser su fin.

Para el autor, (1)”-Parte del problema es que en Estados Unidos, desde hace décadas, a las comunidades se les dice que el único recurso que pueden tener para abordar sus problemas es más Policía y más cárcel. Las comunidades que tienen problemas muy reales de delincuencia y seguridad pública están desesperadas por ayuda, y si lo único que se ofrece es más Policía, pedirán más Policía.”

Segun Vitale, — La gente tiene inseguridades, y tenemos que superar esta idea de que la única forma de abordarlas es con más Policía. Y podemos hacerlo de maneras muy específicas. Deberíamos comenzar con una evaluación de las necesidades de la comunidad: ¿cuáles son las necesidades de seguridad pública que ustedes enfrentan y que han sido entregadas a la Policía para que las gestione?.

—Todos hemos crecido con programas de televisión en los que los policías son superhéroes. Resuelven todos los problemas, atrapan a los malos, persiguen a los ladrones de bancos, encuentran a los asesinos en serie. Pero todo eso es un gran mito. Eso no es lo que la Policía hace realmente. No andan por ahí persiguiendo ladrones de bancos o asesinos en serie. La gran mayoría de los oficiales de Policía hacen un arresto por delitos graves una vez al año. Si hacen dos, son el policía del mes.

La Policía maneja los síntomas de un sistema de explotación. Eso siempre ha estado en el corazón de la Policía estadounidense y de la Policía a nivel internacional.

En el libro, expongo cómo los orígenes de la Policía en todo el mundo, principalmente a principios del siglo XIX, ocurren en relación directa con los tres sistemas primarios de explotación económica de ese momento: el colonialismo, la esclavitud y el surgimiento de la industrialización. La Policía moderna se crea y se desarrolla para hacer posibles esos regímenes de acumulación y explotación.

Comúnmente hablamos de la Policía Metropolitana de Londres como la primera fuerza policial moderna y decimos: “Oh, es genial, no portan armas, es policiamiento por consentimiento: una alternativa progresiva a usar una milicia”. El modelo para ese cuerpo policial fue desarrollado por sir Robert Peel.

Pero nadie habla de cuál era el trabajo de Peel antes de que se le ocurriera fundar la Policía Metropolitana de Londres: él estaba a cargo de la ocupación inglesa de Irlanda. Creó la Fuerza de Preservación de la Paz irlandesa como una alternativa paramilitar al Ejército británico. La usó como fuerza protopolicial, infiltrándola en las comunidades locales para que pudieran sofocar preventivamente lo que llamaron “motines agrícolas”, levantamientos campesinos contra los terratenientes británicos que los mataban de hambre.

Peel vuelve a Londres justo cuando la ciudad está siendo inundada por gente que ha sido desplazada por el cercamiento de los campos y que busca trabajo en el nuevo sector industrial. Él usa su nueva creación para ayudar a convertir a esa población en una clase trabajadora estable y obediente. Destruye sus sindicatos, asalta sus cervecerías, los acosa en la calle por su comportamiento ruidoso y desordenado; todo para crear una nueva clase de trabajadores.

Por aquel tiempo, en Estados Unidos teníamos nuestras propias fuerzas policiales coloniales, como los Rangers de Texas. Incluso teníamos formas de Policía anteriores, como la Guardia y Ronda Armada de la ciudad de Charleston, Carolina del Sur, cuyo trabajo principal a fines de 1700 era controlar a la población esclava.

Los orígenes de la Policía estadounidense siempre estuvieron vinculados de una u otra forma con los orígenes de estos tres sistemas, colonialismo, esclavitud e industrialización. Hoy no estamos hablando de colonialismo y esclavitud a la manera de esa época. En su lugar, lo que tenemos es el capitalismo neoliberal y sus políticas de austeridad.

Este es un sistema que produce enormes desigualdades de riqueza y el vaciamiento del Estado de bienestar, lo que a su vez genera una extendida falta de vivienda, una proliferación a escala masiva de enfermedades mentales no tratadas, una epidemia de vínculos problemáticos con las drogas y la aparición de mercados negros de drogas, trabajo sexual y bienes robados, a los que la gente se vuelca para poder sobrevivir en esta economía precaria. La Policía ha llegado para controlar a esas poblaciones sospechosas, que en realidad, en su opinión, son poblaciones excedentes. No está tratando de moldearlas en una clase trabajadora, las almacena en nuestras cárceles.

Tenemos que entender a la Policía fundamentalmente como una herramienta de control social para facilitar nuestra explotación. La idea de que la vamos a hacer más amable y amigable mientras realiza esa tarea, y que así conseguiremos que todo esté bien, es ridícula.

Lo que tenemos es una crisis de imaginación. Muchos políticos demócratas han aceptado la idea de que la única forma de controlar el desorden y el crimen es entregar el problema a la Policía, y una vez que toman esa decisión todo está perdido. Porque no sólo son la pérdida de fondos que se van para el Departamento de Policía y la creación de un aparato represivo poderoso: es la inversión en una ideología, esa ideología de la “delgada línea azul”, según la cual lo único que mantiene unida a la sociedad son las intervenciones coercitivas de las fuerzas policiales. Una vez que esa ideología está en marcha, no sirve de mucho decir “pero también necesitamos políticas sociales”, porque se trata de una ideología que de por sí descarta la utilidad de los políticas sociales para disminuir la violencia.

Al apostar una y otra vez al apoyo a la Policía, han socavado la posibilidad de cualquier alternativa progresista real. No existe otra visión progresista del tema que la abocada a desfinanciar la Policía.

Si a la gente se le da a elegir entre nada y la policía, la mayoría, aunque no todos, elegirá la policía, pero este movimiento no discute eso. Lo que defiende es la creación de todo un conjunto de instituciones e infraestructuras alternativas que nos permitan abordar los problemas de violencia y privación de forma más eficaz a través de estrategias de prevención y de intervención en los centros comunitarios. Será más eficaz para producir seguridad pública y no tendrán todas las consecuencias colaterales que se asocian con el control policial.

1.   Esta entrevista fue publicada originalmente en Jacobin. Brecha reproduce fragmentos con autorización. Traducción de Brecha.

(2). La elección del títuloEl final del control policial se debe a la voluntad de señalar la relación entre el pensamiento abolicionista y su puesta en marcha organizada, que contemplo a partir de tres posibles aspectos.

En primer lugar, como un análisis, según el cual la policía nació para facilitar la instauración de los regímenes de explotación vigentes a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, basados en el colonialismo, la esclavitud y el capitalismo industrial.

La policía no se creó con la intención de reforzar la ley o garantizar la seguridad pública, pese a que ambas vertientes pueden ser derivadas de la intención primaria, que consistía en instaurar un orden social mediante la gestión de los problemas que dichos regímenes de explotación producen, como los llamados «actos criminales», así como hacer frente a la resistencia, formal e informal, frente a esos mismos regímenes de explotación, resistencia que va desde los tumultuosos placeres de la clase obrera a las rebeliones de esclavos o las huelgas organizadas. En tanto en cuanto estas conductas interferían en los diversos proyectos de explotación, debían ser suprimidas.

Este análisis es necesario para evitar caer en el error de pensar que los problemas derivados de un control policial abusivo y racista pueden resolverse con formación orientada, cámaras corporales o vigilancia comunitaria. La policía no existe básicamente para garantizar el control comunitario ni para llevar a unos cuantos polis asesinos a la cárcel. Lo que ahora concebimos como violencia policial racista no constituye una aberración, sino que es y ha sido siempre uno de los principales fundamentos del control policial.

En segundo lugar, la abolición es un proceso de desmantelamiento y construcción. Vivimos en una sociedad que apoya ampliamente un sistema policial masivo. Cualquier esfuerzo para revertir esta realidad debe llevar su tiempo y estar basado y organizado en torno a una serie de intervenciones estratégicas para reducir el alcance y el poder del control policial por etapas.

Esto es, asimismo, muy importante, ya que la abolición de la policía no implica únicamente el fin del control policial. Se trata, sobre todo, de eliminar los regímenes de explotación y desarrollar el poder de las comunidades y los recursos para abordar los daños de manera más justa y reparadora.

A medida que vayamos avanzando paso a paso, podremos empezar a desmantelar la lógica de la explotación respaldada por la policía, así como la política de encarcelación que impera en la sociedad estadounidense.

A medida que vayamos replegando la escuela policial, necesitaremos instaurar servicios de asesoramiento y apoyo familiar, así como abordar los problemas más importantes de segregación racial y las profundas desigualdades existentes en la financiación de la enseñanza. Todo ello requerirá tiempo.

En tercer lugar, la abolición es una visión sobre la posibilidad de un mundo en el que la vida social no esté a merced de individuos con pistolas que meten a los seres humanos en jaulas. Se trata de abordar los daños formando personas y comunidades, no derribándolas. Se trata de esforzarse para plantar cara a los regímenes de explotación instaurados en el núcleo de la sociedad estadounidense, así como a los sistemas de opresión global, y averiguar las posibles alternativas y los procesos necesarios para lograr esos objetivos.

No se trata de una ciencia teleológica de la revolución basada en una utopía preconcebida que solo necesita de la ingeniería inversa. En efecto, necesitamos estudiar en profundidad las prácticas y el pensamiento revolucionarios, así como realizar una profunda crítica de sus limitaciones y sus fallos históricos. Un mundo mejor es posible, pero para conseguirlo hay que trabajar mucho.

2. Fragmento de la introducción del libro de Alex S. Vitale titulado ‘El final del control policial’ (Capitán Swing), que saldrá a la venta el lunes 7 de junio