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El Covid afectó en mayor medida a los barrios con rentas más bajas

Todos estos barrios que sufren más expansión del virus se caracterizan por su densidad de población y por las bajas rentas de sus habitantes. En el barrio del Agra de Orzán, uno de los más densos de Europa y sin apenas espacios verdes o para la convivencia, viven 58.220 personas en cada kilómetro cuadrado. Es la zona de la ciudad en la que más población se concentra, seguida precisamente del área de Os Mallos y Sagrada Familia, contiguos al Agra, con 30.246 en la misma proporción de terreno.

A estas alturas de la película, ya todos sabemos que el riesgo de contraer el COVID está muy relacionado con la edad y con las patologías. Es algo que llevamos experimentando a lo largo de la pandemia. Pero, y si esto no solo fuese así y también influye la zona en la que vivimos. No que vivir en un país rico te dé más probabilidades de sobrevivir a esta pandemia que el vivir en un país subdesarrollado con escaso acceso a la sanidad, sino en un barrio de clase obrera o en otro, situado a apenas trescientos metros, de mayor nivel económico.

Esto es algo que ha sido demostrado por el investigador Manuel Franco Tejero, en la ponencia online organizada por el Colegio de Médicos de Ourense. Empezando por el principio, es necesario tener en cuenta que la salud pública es el conjunto de actividades que se organizan desde la administraciones públicas –a día de hoy también desde las fundaciones, los centros de investigación…– con el objetivo específico de prevenir la enfermedad y proteger la salud de las personas. “Más que poder curar la infección, se trata de protegernos de contraerla”, explica. Y la epidemiología, en su propia etimología, significa “estudio de la salud pública del pueblo”, y estudia la frecuencia y distribución de las enfermedades en la población, así como sus causas.

En la actualidad, esta palabra puede combinarse en una ciudad para crear el término de ‘epidemiología urbana’, porque en las ciudades la dispersión de las enfermedades se ve condicionada por muchos factores: “el transporte, la movilidad, la contaminación, las desigualdades y segregación urbana, los procesos migratorios…”. Lejos ha quedado ya el tiempo de la dispersión en que había pequeños pueblos que acogían habitantes, y es que en España el 80 % de la población ya vive en ciudades y, a nivel mundial, los expertos calculan que en 2050 el 66 % de los habitantes del planeta serán urbanitas, concentrándose en ciudades de mediano tamaño con entre 2 y 4 millones de pobladores, no en macrociudades como puede ser en la actualidad Ciudad de México o Sao Paulo, en Brasil.

Dentro de estas ciudades, hay barrios que tienen mayor probabilidad de tener población con patologías crónicas que se enfrentan de forma mucho más delicada a las enfermedades –riesgo añadido al envejecimiento–. Por ejemplo, ejemplifica con la diabetes: “Todo el mundo ya da por hecho que es una enfermedad crónica de las más relevantes y abundantes hoy, y nuestros estudios han probado que no se distribuye de forma regular en una ciudad como la de Nueva York, por ejemplo, en los lugares alrededor de Central Park, en el año 2006, solo entre el 2 y el 3 % de los habitantes tenían diabetes frente a entre el 10 y el 15 % de los diabéticos adultos del Bronx –cinco veces más–”.

Otro ejemplo contundente es el del riesgo a sufrir un infarto, que “no solo depende del nivel educativo o de renta o de raza, algo a lo que hasta ahora se atribuía en Estados Unidos, sino también al barrio en el que vivas, independientemente de que ganes más o menos dinero”. “Puedes tener tres veces más riesgo de sufrir un infarto en un barrio pobre, e, incluso, esto también influye en las posibilidades que tienes de sobrevivir: desde el 85 % en un barrio de nivel socioeconómico alto al 65 % en uno de nivel más bajo”.

Trasladando esto a España, se demuestra esa abundancia de más patologías crónicas en barrios más pobres en Madrid, donde entre uno y otro puede haber diferencias en la esperanza de vida de sus habitantes de hasta 10 años. ¿Por qué? También por problemas de obesidad entre los jóvenes que, cuando son adultos, se acaban convirtiendo en factores de riesgo para desarrollar cualquier enfermedad crónica.

Un estudio realizado por este profesional y su equipo para averiguar cómo viven los niños en nuestras ciudades, le llevó a concluir que “hay una media de 17 tiendas en las que se venden alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas en un radio de 400 metros alrededor de los colegios”. Pero es que, además, “en barrios bajos tienes un 60 % más de estas tiendas que en un barrio medio y un 40 % menos en un barrio de clase económica alta”. Llegó a contabilizar 110 tiendas en los colegios situados en los barrios más pobres.

Entonces, si hay tanta desigualdad, ¿por qué elegir la ciudad para vivir? Franco lo tiene claro: “las ciudades basan su éxito en la manera en la que nos juntamos para relacionarnos y vivir: tienen buenos trabajos, bien pagados, vacaciones, vida plena individual y familiar, centros que atraen a la gente para educarse y formarse, universidades, centros de investigación para luego acceder a mejores trabajos, ocio, entretenimiento, transportes, movilidad y conectividad”.

Sin embargo, el confinamiento “ha pegado un hachazo de realidad al concepto de ciudad global”, porque ha afectado a todas esas buenas cosas. Y, además, no se ha vivido la pandemia de igual modo en los diferentes estratos sociales. “Tenemos hasta tres veces más riesgo de contagiarnos y de acagar en un hospital a causa del COVID si vivimos en el distrito madrileño de Chamartín o en otro cualquiera”, asegura el experto, que explica que lo mismo se evidenció en Estados Unidos, donde “en el Bronx hubo tres veces más contagios que en Manhattan”, estando ambos barrios dentro del estado de Nueva York. “Los de barrios de mejor clase social y con trabajos mejores pueden teletrabajar, por ejemplo, y no salir a comprar, relacionándose con gente que cumple las medidas sanitarias”, e influye.

Investigación. El Colegio de Médicos de Ourense realizó un seminario web con la participación del profesor de la Universidad de Alcalá y de la John Hopkins Manuel Franco Tejero, que dice que el virus sí entiende de clases TEXTO Ángela Precedo