Hay momentos en la vida en los que te das cuenta de que las cosas no cambiarán si no las cambiamos nosotras.
Me llamo Sarai y llevo diecinueve años trabajando como técnica de educación infantil en el Departamento de Educación. Antes había trabajado en el ámbito del ocio educativo y como educadora infantil en la etapa 0-3, un sector marcado por la precariedad, los bajos salarios y la incertidumbre permanente. Cuando entré en el Departamento pensé que, por fin, había conseguido unas condiciones laborales más dignas. Pero aquella tranquilidad se fue resquebrajando. Los recortes de 2008, los salarios congelados y la pérdida de derechos nos fueron haciendo más vulnerables. Sin darnos cuenta, nos estábamos acostumbrando a perder.
Como tantas otras trabajadoras, estaba afiliada a otro sindicato. Lo hacía por los servicios que me ofrecía, pero nunca me había preguntado quién decidía las prioridades o por qué algunas reivindicaciones quedaban siempre aparcadas.
Todo cambió cuando, después de trece años en el Departamento, mi plaza salió a concurso-oposición. Fue un golpe muy duro. Entendí que toda la dedicación de los años anteriores no nos protegía de nada y descubrí que el sindicato al que estaba afiliada tampoco me defendería.
Una compañera me habló de un grupo de TEI que se estaban organizando para reclamar la estabilidad. No esperaban que nadie solucionara sus problemas: habían decidido organizarse.
En la CGT descubrimos otra manera de hacer las cosas. Las trabajadoras podíamos autorrepresentarnos. No era necesario esperar a que alguien hablara por nosotras: podíamos decidir las prioridades, construir las reivindicaciones y defenderlas. Así nació nuestra sección sindical y así decidimos presentarnos a las elecciones sindicales de 2023.
Aquella decisión cambió el equilibrio de fuerzas. Durante demasiado tiempo, la representación de nuestro colectivo había estado en manos de sindicatos que no habían conseguido mejoras sustanciales. La llegada de la CGT obligó a todo el mundo a moverse. Reivindicaciones que durante años habían sido ignoradas pasaron a ocupar las mesas de negociación. Quizás algunos lo hicieron por convencimiento y otros para no perder representatividad. En realidad, eso es secundario. Lo que importa es que cuando las trabajadoras entran en juego, todo se mueve.
Hemos conseguido el concurso de méritos para la mayoría de trabajadoras laborales, el reconocimiento del mes de julio como periodo de formación, una mejora salarial de entre 310 y 473 euros mensuales y, finalmente, la reclasificación profesional que reconoce las titulaciones exigidas para ejercer nuestro trabajo.
Pero la mayor victoria no aparece en los titulares. Es la de las trabajadoras que un día dejan de esperar que otras personas decidan por ellas y descubren la fuerza de la organización colectiva.
Mirando atrás, me doy cuenta de que no solo hemos conseguido mejores condiciones laborales. También hemos recuperado la confianza en nosotras mismas. Porque cuando las trabajadoras nos organizamos, cambian las prioridades, cambian las condiciones laborales y, sobre todo, cambiamos nosotras.
Porque los derechos no los conquistan los sindicatos. Los conquistan las trabajadoras cuando deciden organizarse y hablar con su propia voz.
Sarai Rodríguez León. Sindicato de Educación, Investigación e Intervención Social CGT Baix Camp



