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Bolivia como laboratorio de la lucha de clases

La rebelión obrera, campesina y popular en Bolivia contra el gobierno de Rodrigo Paz se inscribe en un escenario regional convulsivo marcado tanto por el declive hegemónico de Estados Unidos como por sus renovados intentos imperialistas de avanzar sobre América Latina. En este marco, Paz en Bolivia, Milei en Argentina y Kast en Chile, tres caras de una misma ofensiva imperialista, atraviesan crisis aceleradas. La pregunta estratégica sobre cómo derrotar a las derechas pro-imperialistas se vuelve cada vez más concreta.

Lo que se está jugando estas semanas en Bolivia es si estamos ante el inicio de una contraofensiva en las calles contra la nueva ola derechista en América Latina. El presidente Rodrigo Paz lleva poco más de seis meses en el poder y ya enfrenta una rebelión que se viene gestando desde principios de año a pesar de las traiciones de la burocracia y de la represión. Entre diciembre y enero hubo tres semanas de bloqueos y movilizaciones. Ahora estamos ante una rebelión obrera, campesina y popular. El pasado 16 de mayo el gobierno quiso doblegarla con una brutal represión que dejó cuatro muertos. El resultado fue el contrario: al día siguiente fueron más todavía los bloqueos de caminos y el lunes siguiente una marcha enorme bajó desde El Alto hasta La Paz con la consigna de “Fuera Paz”. El viernes 22 tuvo lugar otra jornada de movilizaciones y bloqueos. El sábado siguiente el gobierno intentó derrotar los bloqueos, pero este operativo llamado “banderas blancas” fracasó rotundamente gracias a la resistencia. El 24 de mayo se registraron casi 60 bloqueos en todo el país. El lunes 25 una nueva jornada de movilización desde El Alto a La Paz, la más grande de las últimas semanas, incorporando nuevos sectores al conflicto.

El plan del gobierno de Paz aumenta los combustibles, ataca la educación y la salud mientras les baja los impuestos a los grandes empresarios, busca avanzar sobre las tierras campesinas e indígenas, saquear el litio y los bienes comunes y profundizar el sometimiento del país al FMI y al imperialismo. No es de extrañar que el gobierno de Trump haya salido en pleno a respaldar a Paz, no podía faltar Netanyahu, y también Milei mandando aviones Hércules al gobierno boliviano. Estos apoyos se explican porque lo que está pasando en Bolivia plantea una perspectiva de derrotar en las calles a los gobiernos de la derecha pro-imperialista. En medio de la ofensiva redoblada del imperialismo en la región, el imperialismo estadounidense ve el peligro de que la rebelión boliviana se lleve puesto a uno de sus peones. Esto hay que leerlo también en clave de la disputa con China. Es el intento de reafirmar el control geopolítico de lo que consideran su patio trasero. Y Bolivia es una zona estratégica: integra el triángulo del litio junto con Chile y Argentina.

Con su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, Trump lanzó su propia doctrina Monroe de “América para los estadounidenses”. Avanzó sobre Venezuela, donde instaló un cuasi protectorado con la ayuda de Delcy Rodríguez. Ahora vuelve a poner presión extrema sobre el pueblo cubano, donde es muy posible un ataque más directo. El pasado 20 de mayo hubo una doble operación: imputaron a Raúl Castro acusándolo de asesinato por el derribo de dos avionetas en 1996 y desplegaron el portaaviones USS Nimitz en el Caribe. Trump está debilitado por sus derrotas frente a Irán y muy cuestionado puertas adentro: su índice de aprobación está en un bajo 35%, según la última encuesta de Reuters-Ipsos. El declive hegemónico de Estados Unidos se está acelerando, y eso mismo lo impulsa a intervenciones más agresivas contra los pueblos de la región. Una derrota del gobierno de Paz en las calles sería, en este marco, un golpe duro para las clases dominantes a nivel regional y para los planes del imperialismo norteamericano.

La rebelión boliviana, todavía en pleno desarrollo, expone un conjunto de cuestiones decisivas para quienes peleamos contra las derechas pro-imperialistas en la región. En primer lugar, muestra que la acción directa es el único lenguaje que estos gobiernos entienden. A estos gobiernos no se les vence pidiéndoles que respeten la democracia que ellos mismos violan apenas asumen para poder desplegar los planes pro-imperialistas sino mediante la acción directa. Mientras hubo declaraciones, comunicados y “diálogos”, Paz avanzó con su plan de ajuste; cuando empezaron los bloqueos y las movilizaciones que la represión no fue capaz de doblegar, el gobierno Paz entró en una crisis profunda.

En segundo lugar, la autoorganización muestra que es la única vía alternativa frente a la desmovilización que empujan las burocracias. Bolivia muestra tendencias en este sentido: gracias a la autoorganización expresada esencialmente en los bloqueos —sostenidos por comités autoconvocados— es que la lucha se mantiene a pesar de las maniobras de la COB y de la represión del gobierno. El desarrollo de estas formas de autoorganización hacia formas superiores de coordinación son las que pueden ir articulando fuerzas para imponer el frente único que lleva a la masificación de la lucha y a la efectivización de la huelga general para imponer la renuncia de Paz y todos los golpistas.

En tercer lugar, el proceso boliviano también muestra que la acción directa y la autoorganización choca permanentemente con los intentos de traición de las burocracias, planteando la importancia de un partido revolucionario fuerte que encare decididamente la lucha contra la burocracia para que el movimiento no termine dependiendo de la voluntad de la propia burocracia y la energía desplegada por las masas no quede atrapada en el círculo de la movilización y la institucionalización. Es decir, la importancia de una organización política que pelee consecuentemente por la emergencia independiente de un bloque obrero, campesino y popular que tome las riendas de la situación.

La rebelión boliviana no es un episodio aislado, es un laboratorio donde se están poniendo a prueba las preguntas estratégicas que atraviesan a toda la región. Si Paz cae, si la huelga general se hace efectiva, si los comités de bloqueo logran ir más allá del aparato burocrático y articularse en una coordinación nacional, el efecto sobre Milei, Kast y el resto de los derechistas de la región será ineludible. Lo que se juega en Bolivia y empieza a jugarse más de conjunto en la región es la posibilidad de torcer el rumbo de la historia. Ese es el horizonte estratégico y la tarea de la izquierda revolucionaria es poder estar a la altura.

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