La propuesta de la CGT (Confederación General del Trabajo) por la reducción de la jornada laboral a 35 horas semanales sin reducción salarial es uno de los debates más relevantes del panorama sociolaboral contemporáneo. Frente a un modelo productivo que perpetúa la sobreexplotación, la desigualdad y el estrés estructural, la exigencia de trabajar menos horas con plenos derechos apunta directamente al corazón de la justicia social y la sostenibilidad económica.
Por Manuel Fernández y Gustavo Ortiz, militantes anarcosindicalistas de la Confederación General del Trabajo.
Un cambio histórico pendiente
La jornada de 40 horas, establecida en España hace más de un siglo, fue en su momento un logro revolucionario. Sin embargo, desde entonces, los avances tecnológicos, el incremento de la productividad y la digitalización no se han traducido en una redistribución del tiempo de trabajo, sino en una intensificación del ritmo laboral y una precarización creciente.
La CGT sostiene que la reducción a 35 horas no solo es viable, sino imprescindible para repartir el empleo, combatir el paro estructural y mejorar la calidad de vida de las personas trabajadoras. La productividad en España ha aumentado de forma sostenida durante las últimas décadas, pero los beneficios no han retornado en forma de mejores condiciones laborales. El sindicato plantea que ha llegado el momento de corregir ese desequilibrio.
Argumentos económicos y sociales de fondo
- Redistribución del empleo: una jornada más corta permitiría contratar más personal para cubrir los mismos turnos, reduciendo así el desempleo. En sectores de alta capacidad productiva, este efecto podría ser inmediato.
- Salud laboral y bienestar: numerosas investigaciones vinculan jornadas largas con un aumento de enfermedades cardiovasculares, estrés crónico y problemas de salud mental. Menos horas de trabajo contribuirían a un entorno laboral más saludable y humano.
- Conciliación y corresponsabilidad: trabajar menos horas mejora la posibilidad real de conciliar la vida profesional, familiar y personal, impulsando la igualdad de género y fomentando una mayor participación social y comunitaria.
- Productividad sostenible: estudios europeos muestran que reducir horas de trabajo no disminuye la productividad global; por el contrario, trabajadores descansados y motivados tienden a rendir más y cometer menos errores.
La CGT defiende que la economía no puede seguir dependiendo del sacrificio personal ni de la extensión del tiempo laboral como única vía de crecimiento. En un contexto de automatización e inteligencia artificial, producir más con menos trabajo debería significar trabajar menos, no despedir más.
Críticas al statu quo
El discurso empresarial que se opone a la reducción de jornada suele invocar el miedo a la pérdida de competitividad o al aumento de costes. Sin embargo, este argumento ignora que una mejor organización del trabajo y una redistribución equitativa de los beneficios pueden neutralizar esos efectos. Además, mientras España mantiene una de las jornadas efectivas más altas de la UE, su productividad por hora trabajada se mantiene por debajo de la media europea.
Esto evidencia, como señala la CGT, que el problema no es trabajar “menos”, sino trabajar de manera más justa y eficiente, rompiendo con un modelo que confunde cantidad con valor.
Una cuestión de poder y de modelo social
La reducción de la jornada laboral no es solo una demanda técnica o económica: es una cuestión política y ética. Plantea quién controla el tiempo y cómo se distribuye la riqueza generada colectivamente. Frente al paradigma neoliberal basado en la maximización del beneficio a costa del tiempo de vida, la CGT reivindica una reorganización del trabajo donde las personas estén en el centro, y no los intereses corporativos.
El lema histórico “trabajar menos para trabajar todos y vivir mejor” cobra hoy una vigencia incontestable.
La propuesta de la CGT para establecer una jornada de 35 horas semanales representa mucho más que una reivindicación sindical: es una visión alternativa del futuro del trabajo.
No se trata de una medida utópica, sino de un paso racional, coherente y necesario para equilibrar productividad, salud, igualdad y bienestar social. En un mundo donde la tecnología promete liberar tiempo y la riqueza se concentra cada vez más, reducir la jornada es devolver al trabajo su función humana y democrática.
En definitiva, la reducción del tiempo de trabajo es una cuestión de justicia, progreso y dignidad colectiva —una deuda histórica que la sociedad contemporánea ya no puede seguir posponiendo.