Durante décadas —siglos, en realidad— el trabajo ha sido presentado como una virtud moral incuestionable. Trabajar dignifica, trabajar estructura la vida, trabajar nos hace libres. Es una idea tan profundamente arraigada que rara vez se cuestiona sin provocar incomodidad. Sin embargo, basta con observar el panorama laboral actual para que esa narrativa empiece a resquebrajarse. Quizá ha llegado el momento de preguntarse, con cierta ironía pero también con rigor: ¿y si el problema no es que trabajemos poco, sino que trabajamos demasiado… y demasiado mal?
Por María Fernández Sanz, activista sindical y colaboradora de la redacción de Sindicalismo.org
La idea de la abolición del trabajo no implica necesariamente una utopía de inactividad permanente —nadie sensato propone una sociedad completamente ociosa—, sino más bien una crítica frontal a la forma en que el trabajo está organizado hoy. En este sentido, el llamado “derecho a la pereza” no es una apología de la vagancia, sino una reivindicación del tiempo propio frente a la lógica productivista que lo invade todo. Es, en el fondo, una pregunta incómoda: ¿por qué el valor de una vida sigue midiéndose casi exclusivamente por su utilidad económica?
Porque seamos honestos: el mundo laboral contemporáneo dista mucho de ser un espacio de realización personal. La promesa de estabilidad se ha convertido en una especie de mito nostálgico. Para buena parte de la población —especialmente jóvenes— el trabajo significa encadenar contratos temporales, asumir salarios insuficientes, adaptarse a horarios imprevisibles y vivir con la constante sensación de que uno es fácilmente sustituible. La meritocracia, tantas veces invocada, se diluye cuando el esfuerzo no garantiza progreso ni seguridad.
Las empresas, por su parte, han refinado un lenguaje casi creativo para suavizar esta realidad. Se habla de “flexibilidad” cuando en realidad se trata de incertidumbre estructural; de “cultura corporativa” cuando lo que se espera es adhesión emocional a objetivos que no siempre revierten en quienes los hacen posibles; de “pasión” cuando se normaliza trabajar más allá de lo razonable sin una compensación proporcional. Incluso conceptos aparentemente positivos como el “teletrabajo” han demostrado su ambivalencia: liberan de ciertos desplazamientos, sí, pero también difuminan los límites entre vida personal y laboral hasta hacerlos casi irreconocibles.

El resultado es una paradoja inquietante. Nunca hemos tenido tantos avances tecnológicos capaces de reducir el esfuerzo humano —automatización, inteligencia artificial, digitalización—, y sin embargo seguimos atrapados en dinámicas laborales intensivas, exigentes y, en muchos casos, profundamente alienantes. La eficiencia no se ha traducido en más tiempo libre, sino en mayores expectativas de productividad. Trabajamos más rápido, pero no menos.
En este contexto, el derecho a la pereza adquiere una dimensión casi política. Reivindicar el descanso, el ocio, el tiempo improductivo, no es un gesto frívolo: es una forma de resistencia frente a un sistema que coloniza cada minuto disponible. La pereza, bien entendida, no es apatía, sino una defensa del espacio vital. Es la posibilidad de leer sin objetivo, de pensar sin presión, de existir sin justificar cada instante en términos de rentabilidad.
Además, esta reivindicación conecta con una cuestión más amplia: la salud mental. El aumento de la ansiedad, el estrés crónico o el llamado “burnout” no puede desligarse de un modelo laboral que exige disponibilidad constante, adaptación permanente y una autoexigencia casi infinita. En este sentido, cuestionar el trabajo no es solo una postura ideológica, sino también una necesidad práctica.
Por supuesto, esta crítica no puede quedarse en la provocación teórica. Abolir el trabajo, en sentido estricto, plantea desafíos enormes. ¿Cómo se organizan las tareas necesarias para sostener la vida colectiva? ¿Cómo se distribuyen los recursos? ¿Qué papel deben jugar el Estado, la tecnología o propuestas como la renta básica universal? ¿Es posible desacoplar ingresos y empleo sin generar nuevas desigualdades? Son preguntas complejas, sin respuestas simples, que requieren un debate serio y sostenido.
También conviene evitar cierta idealización ingenua. No todo trabajo es necesariamente opresivo, ni toda forma de actividad productiva es alienante. Muchas personas encuentran en su trabajo una fuente de sentido, comunidad o creatividad. El problema no es la actividad en sí, sino su imposición como eje central de la identidad y su organización bajo condiciones cada vez más precarias y desiguales.
Quizá, entonces, el primer paso no sea abolir el trabajo, sino desmitificarlo. Dejar de tratarlo como el núcleo indiscutible de la existencia y empezar a verlo como lo que debería ser: una actividad más dentro de una vida que merece ser vivida con amplitud, dignidad y, sí, también con algo de pereza.
En un mundo donde la precariedad se normaliza y el agotamiento se celebra como señal de compromiso, defender el derecho a no estar constantemente produciendo puede ser, paradójicamente, uno de los gestos más sensatos —y más radicales— que nos quedan. No se trata de hacer menos por hacer menos, sino de recuperar la capacidad de decidir qué merece realmente nuestro tiempo. Y eso, en los tiempos que corren, es casi revolucionario.