Este Primero de Mayo, desde el Secretariado Permanente de CGT Cataluña, queremos realizar un análisis de la situación sociolaboral y del estado del sindicalismo en Cataluña, así como extraer algunas conclusiones que deseamos trasladar al conjunto de nuestra afiliación.
Para empezar, queremos destacar que, mientras se nos dice que la economía va bien, que las empresas obtienen beneficios récord, que el PIB es de los que más crecen en la UE y que se ha alcanzado la cifra de 22 millones de afiliados a la Seguridad Social, las condiciones de vida de la mayoría de la clase trabajadora empeoran.
Desde hace años sufrimos una pérdida sostenida de poder adquisitivo. Los salarios no alcanzan, no siguen el ritmo de una vida cada vez más cara. Mientras tanto, las empresas acumulan beneficios como nunca. Nos dicen que todo crece, pero este crecimiento no se reparte: se concentra en manos de unos pocos. Los ultrarricos acumulan cada día más riqueza, mientras la mitad de la población cae progresivamente en la precariedad.
Los convenios no han recuperado el poder adquisitivo ni de la crisis de 2008-2014 ni de la crisis inflacionaria post-COVID, y el Salario Mínimo, a pesar de haber aumentado por encima del IPC, no ha tenido un efecto tractor ni ha arrastrado al alza los convenios. Además, el IPC es un indicador cada vez más alejado de la realidad. No refleja el enorme peso de la vivienda en nuestras economías. No explica que la mitad de la población destina una parte desproporcionada de su salario a pagar un alquiler o una hipoteca que no deja de subir, otorgando menos peso al alquiler que a las bebidas alcohólicas o al consumo de tabaco. Tampoco refleja cómo la cesta de la compra básica ha sufrido uno de los mayores incrementos en comparación con los salarios en la historia reciente.
Por ello afirmamos que la clase trabajadora está en caída hacia la precariedad. Y que este es el resultado de décadas de sindicalismo de concertación, de pactos a la baja y de “paz social”. Durante más de cuarenta años se nos ha dicho que, mediante la negociación y el diálogo con patronales y administraciones, avanzaríamos. Sin movilización ni conflicto, dicen que se lograrán mejoras para la clase trabajadora. Pero la realidad es clara: los convenios colectivos, en su gran mayoría, no han garantizado mejoras reales. No han superado el aumento del coste de la vida. Y sin presión, sin lucha, sin huelgas, no hay avances. Las patronales y las administraciones no regalan nada. Si no luchamos, poco a poco retrocedemos.
Por otro lado, asistimos a un proceso de desindustrialización permanente, con una pérdida constante de soberanía industrial, engordando a base de subvenciones y exenciones fiscales a multinacionales extranjeras que, al menor indicio de pérdidas, se marchan o deslocalizan sin piedad, dejando a cientos o miles de trabajadoras en paro. Como es el caso de la centenaria Serra Soldadura. Asistimos a la desinversión y externalización constante de los servicios públicos, lo que conduce a la precarización de las plantillas y a la caída de la calidad, como es público y notorio en las listas de espera en sanidad o la masificación en las aulas catalanas.
Por ello, es el momento de dar un paso adelante. Es el momento de recuperar un sindicalismo ofensivo. Un sindicalismo que no se conforme con gestionar la derrota, sino que apueste por ganar. Debemos volver a llevar el conflicto a las empresas, recuperar salarios y derechos, construir fuerza colectiva allí donde surja la más mínima oportunidad. Debemos poner en marcha nuestra maquinaria sindical para demostrar, como otros sindicatos han mostrado en el Estado español, que sin conflictos no hay victorias. Y este debe ser el papel de CGT en Cataluña: ser el sindicato de referencia de la clase trabajadora en lucha.
La CGT se encuentra en un momento favorable. Seguimos creciendo, cada vez somos más, muy cerca ya de las 27.000 afiliadas en Cataluña. Estamos presentes en más centros de trabajo, en más sectores, con más delegadas, y cada día participamos en más negociaciones de convenios colectivos, a pesar del boicot constante de los sindicatos de la paz social.
Pero no se trata solo de crecer en afiliación, sino de crecer en la lucha y en la capacidad de presión y autodefensa. Desde hace diez años, la CGT es el sindicato que más huelgas convoca. Este 2025 hemos convocado cerca de un tercio de todas las huelgas, muy por encima de CCOO y UGT. Y no solo en cantidad: nuestras huelgas son más sostenidas, más firmes, con mayor capacidad de presión. Porque entendemos que la huelga no es un gesto simbólico, sino una herramienta para arrancar mejores victorias.
Ahora debemos dar un paso más. Debemos empezar a construir movilizaciones sectoriales. Debemos fortalecer los vínculos entre empresas donde ya tenemos presencia, coordinar luchas de sector para sumar fuerzas. Solo así podremos convertirnos en un verdadero sindicato de contrapoder, capaz de presionar no solo empresa por empresa, sino conjuntamente a sectores enteros de la economía.
Sabemos que todo esto ocurre en un contexto especialmente duro. Vivimos en medio de guerras, de una inflación persistente y de un sistema que genera cada vez más desigualdad. Y, al mismo tiempo, vemos cómo los discursos reaccionarios de la extrema derecha, el racismo, el machismo y el individualismo penetran en la clase trabajadora de forma preocupante. Discursos que buscan dividirnos y enfrentarnos entre nosotros, mientras los de arriba continúan enriqueciéndose.
Ante esto, el sindicato debe ser mucho más que una herramienta laboral. Debe ser una escuela de solidaridad, un espacio donde reconstruir vínculos, donde reconocernos como clase. Un espacio para combatir el miedo y la resignación. Un espacio donde organizar el apoyo mutuo entre las nuevas trabajadoras migrantes, generalmente las más precarias. El sindicato debe ser una escuela para el conjunto de la clase trabajadora y es de vital importancia para nuestra organización encontrarnos y formarnos todas las afiliadas, con especial atención a las nuevas generaciones de sindicalistas, que deben hacernos subir un peldaño más en la conflictividad de clase y en la construcción del contrapoder sindical de CGT. Es un reto que cada vez más afiliadas a la CGT comprendan cuál es el proyecto y los valores del sindicato. De lo contrario, podemos acabar siendo un gigante con pies de barro: un sindicato con retórica radical, pero incapaz de llevar a la práctica sus palabras.
El reto es grande. Y para afrontarlo necesitamos ser muchas más, más fuertes y mejor formadas. Necesitamos seguir construyendo organización, seguir acumulando fuerza para hoy, hacer frente a los embates del capitalismo y hacer posible, en el futuro, un cambio radical de este sistema injusto y corrupto.
Este Primero de Mayo lo decimos claro: queremos recuperar lo que es nuestro. Queremos salarios dignos, vidas dignas. Queremos dejar de sobrevivir para empezar a vivir. Y queremos construir la fuerza que deberá cambiarlo todo: el anarcosindicalismo del siglo XXI.
Y esto solo lo lograremos con unidad y determinación en la lucha.
¡Por una vida que merezca ser vivida!
¡Viva la clase trabajadora!