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Francia. “Greenwashing”, lucha obrera y transición ecológica: el caso de la refinería de Total

La lucha de los obreros de una refinería de Total en las afueras de París, dejó al desnudo el “lavado verde” de la multinacional, que habló de “transición energética” para ocultar un duro plan de despidos.

 “Greenwashing”, lucha obrera y transición ecológica: el caso de la refinería de Total

Esteban Martine

Total es una de las petroleras más grandes del mundo. Con base en Francia pero más de 100.000 empleados operando en 130 países, en mayo de 2020 estaba valuada según la revista Forbes en USD 93 000 millones. Cada año reparte miles de millones de euros entre sus accionistas, que incluyen a Black Rock, el fondo de inversión más poderoso del planeta y el de mayor participación accionaria en la multinacional.

En septiembre de 2020 publicó en su web un comunicado titulado “Transición energética”. Según anunciaba, estaba invirtiendo “más de 500 millones de euros para convertir su refinería de Grandpuits en una plataforma sin crudo para biocombustibles y “bioplásticos”. [1]

¿De qué “transición ecológica” habla Total?

Total produce más de 3 millones de barriles equivalentes de petróleo y gas por día. Pero contradictoriamente, se presenta como abanderada de la lucha contra el cambio climático, afirmando que trabaja para la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero.

Diez razones para apoyar la gran huelga de refinería de Total en Francia

Fue con el discurso de “reconversión ecológica” que se propuso destruir 700 empleos en Grandpuits, en las afueras de París. De esos 700, 200 son empleados directos de Total y 500 subcontratistas. Parece que en Francia es una moda justificar ataques al pueblo trabajador con la crisis ecológica, algo que ya había hecho el gobierno de Macron en 2018 con los aumentos de precios de los combustibles que desataron la rebelión de los Chalecos Amarillos.

El plan que esgrimió la empresa fue transformar la refinería de petróleo en una “plataforma petróleo cero”, para producir anualmente unas 400 000 toneladas de biocombustibles para aviación, 100 000 toneladas de “bioplásticos” y 15 000 de residuos plásticos reciclados. [2]

Al conocer el plan, contactaron a organizaciones ecologistas como Les Amis de la Terre (Los Amigos de la Tierra) y Greenpeace, quienes publicaron, junto a la Confederación General del Trabajo (CGT) de Grandpuits, la Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana (ATTAC) y la Confederación Campesina, un documento titulado “Reconversión de la refinería de Grandpuits. Por qué el proyecto de Total no es ni ecológico ni justo” [3] El documento sostiene que, a pesar del esfuerzo de comunicación de la empresa, la reconversión que plantea está muy lejos de poder considerarse como “ecológica”. En el caso de los biocombustibles, destacan que la empresa se niega a comunicar el plan de suministro de aceites vegetales. Los agrocombustibles de primera generación emiten más gases de efecto invernadero que los combustibles fósiles, inducen la deforestación y el cambio en los usos del suelo. En el caso de los plásticos reciclados, mientras la empresa presiona para bloquear cualquier legislación que reduzca el consumo de plásticos, oculta que su objetivo es seguir vendiendo más hidrocarburos (por la necesaria inyección de polímeros en el plástico reciclado). En el caso de los bioplásticos el informe acentúa el problema del origen de la biomasa necesaria para producirlos, proveniente del cultivo de caña de azúcar y remolacha. El monocultivo de remolacha impacta en la calidad del suelo, el agua y la biodiversidad, y utiliza neonicotinoides como pesticidas, que terminan con las abejas. La conclusión del documento es que “las elecciones de Total están principalmente basadas en la rentabilidad (…) sin tener en cuenta necesidades de los territorios en los que se establece el grupo, el futuro de sus trabajadores y la necesidad de cambiar radicalmente nuestros modos de consumo y producción frente a la crisis ecológica”.

Para el filósofo y ensayista Alain Deneault, autor de un libro sobre Total, la multinacional “no se transforma en nada”, sino que busca añadir nuevas líneas de negocio en los sectores de la energía y la intermediación frente a una explotación del petróleo cada vez más arriesgada en sus métodos no convencionales. [4]

Lo cierto es que, más allá del plan de Grandpuits, el “greenwashing” o lavado verde de Total no resiste el menor análisis. Lo que hace la multinacional es deslocalizar la producción a países con leyes laborales y ambientales más flexibles.

No hay discurso verde para el extractivismo en los países dependientes

Los proyectos Tilenga y EACOP [5] provocan desplazamientos forzados masivos en Uganda y Tanzania, afectando a unas 100 000 personas. Se trata de la extracción de petróleo en el corazón de un parque natural y de la construcción de un oleoducto de 1445 km, amenazando los ecosistemas, las poblaciones y el lago Alberto, uno de los afluentes del Nilo [6] En Mozambique, donde tiene previsto invertir entre 20 y 25 mil millones de dólares en la explotación de gas off shore, el CEO de Total, Patrick Pouyanné, pidió el año pasado a “las potencias occidentales” una intervención militar. En enero de este año, anunció junto al presidente Filipe Nyusi un plan de seguridad alrededor de su planta de GNL [7]

Sin ir más lejos, en Argentina, Total Austral es la tercer petrolera que más superficie controla para la explotación de Vaca Muerta [8] con la técnica del fracking, prohibida en Francia por su indiscutible impacto ambiental. Tiene 1500 km2, que abarcan 9 concesiones y permisos. Durante el 2020 se ubicó octava en el ranking de producción de petróleo no convencional, con 2.666 barriles por día. Pero en el caso del gas no convencional, ascendió al segundo puesto con 5,20 millones de metros cúbicos por día, solo detrás de Tecpetrol, y superando a la sociedad anónima con mayoría estatal, YPF. La Total “verde”, fue denunciada por perforar dentro del Área Natural Protegida Auca Mahuida, en los departamentos Pehuenches y Añelo en el noreste de la provincia del Neuquén. En el Área Natural habita una diversidad de especies de la estepa patagónica incluyendo la población más grande de guanacos de Neuquén, pero a la vez abarca yacimientos arqueológicos y el cerro Auca Mahuida, de gran valor para el pueblo nación Mapuche [9]

Una huelga ejemplar contra una dura ofensiva antiobrera

La huelga de los petroleros de la refinería irrumpió en el marco de una grave crisis social y sanitaria, que los empresarios y el gobierno de Macron descargan sobre la clase trabajadora. En el último año, 800 empresas anunciaron planes de despidos masivos, alrededor de 20 por semana en lo que va de 2021, mientras las burocracias de los sindicatos dejan pasar los ataques sin enfrentarlos seriamente.

Desde el 4 de enero Grandpuits pateó el tablero. A diferencia del resto de las luchas que se dieron frente a los despidos, en las que primó la demanda del cobro de indemnizaciones, en este caso exigen conservar la totalidad de los puestos de trabajo, tanto de los obreros directamente empleados por Total, como de los subcontratistas, o tercerizados.

La huelga combinó acciones combativas como los piquetes de huelga durante las 24 horas del día, con una amplia autoorganización. “Esto fue posible porque la huelga se fue preparando desde antes”, explicó Adrien, que también es militante de la Courant Communiste Révolutionnaire del Nouveau Parti Anticapitaliste [10].Ya en diciembre votaron un cuerpo de delegados revocables por sector, que al iniciar la huelga se convirtió en un comité para organizar las asambleas y las acciones, y para enviar delegaciones a otras refinerías del país. Es la asamblea general, que incluye sindicalizados y no sindicalizados, la que toma las principales decisiones, y los activistas las defienden ante los distintos sindicatos con presencia minoritaria en la fábrica.

El piquete funcionó como el centro desde donde se organizaba el conjunto de la huelga: desde la logística, la comida, la madera para hacer el fuego, etc. Organizaron jornadas culturales los domingos para las familias de los trabajadores, con artistas solidarios. Fue en el piquete donde se desarrolló el primer espectáculo teatral con público en toda Francia desde el inicio de la pandemia, sumando música, circo y clases de dibujo para las y los niños. Pusieron en pie un fondo de huelga para sostenerse económicamente. Y en un hecho inédito en Francia, las compañeras de los trabajadores formaron una Comisión de Mujeres. Retomando una tradición histórica, lograron “sacar fuera de la fábrica” la huelga [11]

Con toda esa organización, y con la fuerza de un sector estratégico de la clase obrera, lograron imponer en todas las refinerías del país un paro de 48 horas a comienzos de febrero.

La novedosa alianza (para muchos impensable) entre los petroleros de Grandpuits y organizaciones ambientalistas permitió desnudar los verdaderos planes de la empresa, dio fuerza a los trabajadores y amplificó la denuncia anti-imperialista contra el saqueo y la contaminación de la multinacional en países de África, Medio Oriente y América Latina. A su vez, los obreros consiguieron el apoyo de un amplio arco político.

Luego de 40 días, a mediados de febrero dos de los sindicatos (CFDT y FO [12]) lograron firmar las Medidas de Apoyo Social (retiros voluntarios, reubicaciones) y levantar la huelga. Sin embargo, el sindicato más representativo en la planta, la CGT, continúa la lucha por otros medios y en condiciones muy difíciles. El resultado aún está abierto, pero sea cual fuere, la huelga de Grandpuits ya constituye un ejemplo rico en conclusiones para la organización de las y los trabajadores y quienes luchan por el ambiente.

El capital no puede ser verde, la clase obrera sí

“Los trabajadores estamos totalmente a favor de la transición ecológica, pero no en manos de los capitalistas como Total. Nuestros hijos se bañan en los ríos contaminados por Total y respiran el aire contaminado por Total, nosotros somos los más interesados en una transición ecológica. Pero ellos no lo van a hacer, solo lo podemos conseguir los trabajadores, que sabemos cómo funciona la refinería y vivimos en los barrios cercanos”. Con esa claridad ilustra Cornet por qué nada “verde” se puede esperar de la mano de las multinacionales [13] Por el contrario, quienes aspiren a una verdadera transición ecológica no pueden prescindir de las y los trabajadores.

El caso de Total es solo una pequeña muestra de por qué “capitalismo verde” es un oxímoron. El capital ordena toda la producción, la distribución y los patrones de consumo en función de sus ganancias. La naturaleza es mercantilizada y sometida a las leyes de la acumulación del capital. Por más acuerdos diplomáticos y campañas corporativas que haya, es una utopía esperar que la misma clase social que precipitó la crisis ecológica que estamos viviendo, sea la que vaya a resolverla.

Esto es así incluso si tomamos en cuenta sólo una de las aristas de la crisis ecológica, que es la quema de combustibles fósiles. La transición energética corporativa [14], aún descartando la mentira del gas de fracking como “puente” hacia energías renovables, se concentra en grandes proyectos que garanticen rentabilidad (y si no la garantizan, los descarta), que no necesariamente reducen la emisión de gases de efecto invernadero (como el caso de los biocombustibles), que avanzan sin importar la reducción de la biodiversidad, la contaminación, y los impactos socioambientales asociados a la extracción de los materiales utilizados para su aprovechamiento (que incluyen la minería metalífera), y que tampoco garantizan el acceso a la energía para el conjunto de la población.

Tras la ofensiva neoliberal que impuso grandes derrotas a la clase obrera en todo el mundo, la ideología dominante buscó separar la lucha de los movimientos como el ecologista de las demandas de la clase trabajadora. La huelga de Grandpuits, como antes el caso del astillero Harland and Wolff [15] en Irlanda (cuyos trabajadores trabajadores tomaron las instalaciones en 2019 exigiendo su nacionalización y la reconversión para producir energías renovables), permiten pensar lo contrario. Se trata de ejemplos que abonan una imaginación estratégica para pensar en la fuerza que tendría una alianza de este tipo. Por ejemplo, en la lucha contra la megaminería o el fracking y una verdadera transición ecológica. ¿Cuánto durarían los planes de Arcioni y Fernández en Chubut si los sindicatos del petróleo o de la construcción rechazaran la megaminería?

La crisis ecológica es global y no se resuelve con “pactos” ni reformas desde arriba. Las y los socialistas, mientras planteamos programas concretos como la nacionalización de todas las empresas energéticas bajo control de trabajadores, pueblos originarios, comunidades afectadas y especialistas de universidades públicas, para iniciar la transición hacia una matriz desfosilizada, apostamos a construir una organización que luche por terminar con el Capitalismo que explota a la clase trabajadora y destruye el planeta. No hay “transición ecológica” posible sin planificar racionalmente la producción, distribución y consumo, y eso sólo es posible de la mano de la clase obrera, que ocupa las posiciones estratégicas en la economía capitalista.

Por eso, al tiempo que combatimos contra las burocracias que imponen a los sindicatos una práctica corporativa que, entre muchas otras cosas, ignora los problemas ecológicos padecidos en mayor grado por las y los propios trabajadores; en el movimiento ambiental apostamos a construir alas que busquen aliarse con la clase social que no solo puede paralizar la producción, sino reconvertirla en una relación no predatoria con la naturaleza.

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