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“No es un tópico, en Euskal Herria se pelea mucho: lideramos en número de huelgas en Europa”

El economista Jon Las Heras, junto con Lluís Rodríguez, ha publicado una investigación en la que estudian el sindicalismo vasco de los últimos veinte años.

Jon Las Heras es profesor de economía política en la Universidad del País Vasco y, junto con el economista Lluís Rodríguez, ha publicado la investigación Hacer huelga para renovar: las estrategias de organización de los sindicatos vascos y el uso de la caja de resistencia en la revista British Journal of Industrial Relations de la prestigiosa universidad London School of Economics. Sostienen que el País Vasco se sitúa a la cabeza en número de huelgas en Europa y que ello se debe a que el sindicato vasco mayoritario (ELA) decidió a partir de 2001 apostar por la confrontación en la calle en vez del diálogo de despacho. En octubre de 2019, a tres meses de la última huelga general en Euskal Herria, el diputado foral de Bizkaia, Unai Rementeria (PNV), cristalizó ese descontento en los despachos dándose de baja al considerar que ELA solo “busca la confrontación permanente”.

¿No hay nada mejor para una negociación de un convenio que una huelga?
No tiene porqué. Es más importante demostrar que eres capaz de confrontar que materializar la huelga. La estrategia lógica es ganar sin tener que pelear: que el oponente acepte tus reglas. La huelga es disruptiva para el proceso productivo, una manera de decir que ni tú ni yo vamos a llevarnos nada del mercado, porque tu beneficio depende de mi trabajo y no creo que mis condiciones sean adecuadas. A no ser que sea una huelga general, que en ese caso es una huelga política, aunque todas las huelgas lo son en el fondo. Resumiendo, si no haces huelga y consigues lo que deseas, está bien también.

En 2001, se convocaron huelgas en 747 empresas vascas. En 2016, se llevaron a cabo más del doble: 1.745. ¿Por qué?
A partir de 2001, en las negociaciones colectivas se empezó a establecer la dinámica de convocar huelga de forma más sistemática. En los 90, las convocatorias de huelga bajaron muchísimo, como mínimo un 52% en toda España, aunque en la Comunidad Autónoma Vasca mucho menos. En una situación de neoliberalismo, con un mercado laboral más fragmentado y la precariedad extendiéndose, esa dinámica de confrontación se mantuvo e incluso se ha doblado en el País Vasco, como vemos en los datos de 2016.

Es revelador el dato de trabajadores que participan en ellas, una cifra que sugiere que cada vez más en empresas de tamaño medio o pequeño se opta por esta herramienta de presión.
Sí, hay una capacidad de movilización de la pequeña y mediana empresa de forma individual o sectorial cada vez más elevada.

Planteáis que el País Vasco se sitúa a la cabeza de Europa en número de huelgas. ¿Los años 80 dejaron buen poso?
No es el mismo tipo de huelga. En los 80 eran contra la desindustrialización y con un amplio seguimiento, en un sector que aglutinaba a muchos trabajadores. Pero en los 90, en Asturias y en Cantabria hubo más movilizaciones que en el País Vasco. 

Lo curioso del País Vasco es que el sindicato mayoritario optó por el contrapoder para legitimarse como sindicato de clase

Entonces, ¿qué cambió en los 2000?
ELA, siendo el sindicato más grande del País Vasco, decidió colocarse en una situación incómoda. Es normal que un sindicato pequeño que aspira a tener más miembros busque confrontar, pero en una organización grande y establecida como ELA, buscar lo nuevo para legitimarse como sindicato de clase es, cuanto menos, curioso.

Entiendo que esa decisión solo se puede tomar tras una reflexión política.
Diría que ELA se cuestionó su posición hegemónica y entendió que no es suficiente ser un sindicato representativo al uso. Se plantearon su práctica y consideraron que el País Vasco salió mal parado del proceso de desindustrialización y del marco en la Unión Europea, mientras los sindicatos de España e Italia optaron por llevar un modelo alemán de diálogo social. Digamos que de algún modo compraron el Tratado de Maastricht: estamos en la UE, el capitalismo entra, cae la URSS, y el empresario y el trabajador conjuntamente se pondrán de acuerdo. Pero como organización, ELA decidió buscar la autonomía política y pensar qué puede ser beneficioso para la sociedad. Y se puso en guerra contra todos, por ejemplo, contra CCOO y UGT por cuestiones territoriales, ya que estos sindicatos otorgan más importancia a órganos de decisión más elevados. En vez de movilizar a las bases, quizá por inercia, optan por establecer pactos, como los de Toledo, y de concertación bipartitos y tripartitos para formar marcos de negociación que generen leyes a nivel estatal, por ejemplo en materia de salud laboral. Es decir, para establecer salarios hay una negociación generalista, y eso a ELA, y también a LAB y ESK, no les gusta. Por lo que en el País Vasco se empiezan a establecer acuerdos que solo se limitan al territorio, definiendo un marco con una lógica propia que potencialmente puede trascender de la legalidad española. 

Paralelamente el sindicato LAB ha duplicado sus afiliados.
Empieza a tener mayor cabida en el sector público y a funcionar como un sindicato al uso. Si en los 70 y 80 LAB buscaba una movilización con perspectiva más radical, posteriormente se adecua a una negociación al uso, en la que hay economistas y abogados, y opta por situarse en órganos de decisión que antes podía llegar a rechazar. El año 1995 es crucial para LAB, cuando supera el 15% mínimo de representación necesaria que le permite participar en mesas de diálogo social. ELA ya lo veía venir y lo considera un nuevo aliado. En un Aberri Eguna comparecen juntos, lo cual conforma un nuevo bloque de mayorías. 

Y ELA rompe con el PNV.
Diría que ya había roto antes. La transformación busca un marco vasco de relaciones laborales que sea dinámico y no esté limitado a marcos de negociación de alto nivel. Se busca la movilización en la empresa.

Y la movilización funciona: mientras ELA y LAB han aumentado la confrontación y el número de afiliados, CC OO y UGT han descendido en ambos casos.
Sí, ELA y LAB aumentan su representación porque se les considera efectivos. Por su parte, desde 2008 y en el Estado, CC OO y UGT pierden un 20% de afiliados. Podría argumentarse que en España ha pegado más la anterior crisis, pero aquí también la hubo y, además, en ELA y LAB la afiliación es más cara, por lo que la fotografía es clara: unos pierden afiliados y otros aumentan.

Ganan los sindicatos que defines de contrapoder.
Así se definen ellos. El exsecretario general de ELA, Jose Elorrieta, lo considera como estar a la intemperie, sorteando más trabas y sin depender de las instituciones públicas, tampoco financieramente, porque esa financiación establece una alianza con el capital. Se separan de él y demuestran que son capaces de establecer una lógica y que esta sea hegemónica en el territorio. Transforman su organización para que sea diferente. Y eso es lo que no ha hecho ningún otro sindicato.

Al aceptar sistemáticamente peticiones empresariales, al final cabe preguntarse en cuánto se diferencia un sindicato de un responsable de recursos humanos

¿ELA es la peor pesadilla del PNV?
Diría que sí a día de hoy.

Su mayor ventaja es la caja de resistencia, que por ejemplo ha permitido a las trabajadoras de residencias de Gipuzkoa estar en huelga ininterrumpidamente durante dos años, una movilización que sólo consiguió parar el covid.
Y en la residencia de Ariznabarra de Gasteiz estuvieron casi tres años, de 2008 a 2010. La caja de resistencia es una herramienta transformadora que permite a trabajadoras precarias la posibilidad de la huelga gracias a la solidaridad entre los afiliados, porque reproducir tu vida en huelga es muy complicado. La caja de resistencia es una forma de apoyo mutuo decisivo.

Sin embargo, ELA tiene fama de defender a sus afiliados con uñas y dientes, siempre que estos sean trabajadores fijos y eso es algo que hoy en día, en tiempos de temporalidad, interinidad y falsos autónomas, no sé hasta que punto es útil para muchas trabajadoras.
Esto no es solo ocurre en ELA, es el dilema del sindicalismo de hoy en día: ¿cómo puedo incluir a la gente? La respuesta es que los trabajadores organicen su propio sindicato, aunque sea momentáneamente. Los estibadores son sindicato propio porque no necesitaban de una confederación sindical. Pero ideológicamente cuando estás en una confederación, tu lucha es más amplia, claro que si el sindicato en el que estás no es activo en ese aspecto, eso también te dará igual. En cualquier caso, la caja de resistencia y los asistentes técnicos de las confederaciones sí son ventajosas, creo yo. Las falsas autónomas, como los riders y las trabajadoras domésticas, e incluso diría que gente con pequeños negocios, son un desafío para los sindicatos, en tanto en cuanto no son capaces de incorporar sus intereses al del resto.

El dilema del sindicalismo de hoy en día: ¿cómo puedo incluir a las trabajadoras temporales y falsas autónomas?

La última huelga general en el País Vasco y Navarra, el 30 de enero de 2020, puso el foco en la Carta de Derechos Sociales de Euskal Herria, confluyendo los sindicatos con movimientos sociales. ¿Es este el futuro de los sindicatos de contrapoder, volver a ser sindicato de clase en vez de empresa?
Es el futuro que ellos mismos se forjan, pero es un buen ejemplo de cómo el contrapoder intenta establecer una forma de entender el capitalismo de forma diferente. En este caso, los sindicatos de contrapoder son capaces de denunciar leyes y políticas gubernamentales deficientes y establecer una mirada distinta en contraposición con CCOO y UGT, que firman los acuerdos generales de dialogo social. En vez de diseñar publica política con la CEOE, los sindicatos de contrapoder intentan poner en la agenda pública puntos a negociar en lugares de decisión que no hacen el resto. Es una forma de decir “esto quiero que se debata así”, por lo que movilizo a la población para denunciar esta fotografía que no me gusta y establecer unos mínimos, a la vez que teje redes con organizaciones y movimientos sociales de los cuales han incorporado sus deseos. Con ello no quiero decir que en CC OO y UGT no haya gente que lo haga, pero quizá este modelo no está tan desarrollado en el Estado. 

En el País Vasco somos huelguistas nivel experto.
No es un tópico, en Euskal Herria se pelea mucho: lideramos el número de huelgas de Europa. Aquí se han hecho más huelgas generales que en España. Desde 2009 ha habido nueve. Y la última fue ofensiva: mientras que las anteriores se realizaban para que no se nos impusieran pérdida de derechos, en 2020 la población se movilizó para pedir más. Y cuesta mucho más movilizar a la gente para pedir cosas que para defender que no te quiten lo que tienes.

De tanto pactar, ¿CC OO y UGT se están cavando su propia tumba?
Al aceptar sistemáticamente peticiones empresariales, al final cabe preguntarse en cuánto se diferencia un sindicato de un responsable de recursos humanos. Obviamente la diferencia es grande, pero para los trabajadores quizá no tanto. Si el diálogo no es una táctica y es una tendencia, ¿qué filtro pones? No debemos olvidar que la flexibilidad laboral ha sido diseñada en parte por CC OO y UGT. 

¿Por qué esta tendencia se da en el País Vasco y no en otros países?
El modelo anglosajón de huelgas moviliza a gente muy diversa y precaria, tienen modelos que no se aplican aquí. Veremos qué nos dicen ellos en el debate a nuestro artículo. Mientras que en otros países de Europa Continental, como Alemania, reniegan de su uso reiterado a nivel empresa de forma legal.

¿Y Francia y el movimiento social de los chalecos amarillos?
Los sindicatos franceses no tienen a tanta gente afiliada y tienen capacidad de movilizar a millones de personas. Francia ha hecho revoluciones y nosotros no. En Francia le cortaron la cabeza al rey, tiene el mayo del 68, creo que ese componente cultural influye.

Publicado en El Salto Diario.

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