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Sindicalismo, comités de empresa y precariedad (I)

¿Cuántas veces hemos oído decir que la juventud se implica poco en la lucha sindical en nuestro centro de trabajo? ¿Cuántas veces esta queja le hemos acompañado de comentarios como: «es que lo más grave es que son quienes tienen peores condiciones laborales y de vida»? Seguramente también muy a menudo nos hemos lamentado que los migrantes tampoco se acercan mucho al sindicato. O que faltan mujeres, a pesar de sufrir por norma precariedad más acentuada que muchos hombres. Y así un día tras otro, lamentándonos.

En cambio, no tengo tan claro que con la misma frecuencia nos interrogamos sobre qué estamos haciendo nosotros, la CGT, o cómo es nuestra práctica sindical concreta en nuestro puesto de trabajo, barrio o pueblo, y qué hace que estos colectivos no la reconozcan como una herramienta útil para sus intereses y que vale la pena utilizarla. En el primer caso, la respuesta siempre la focalizamos en ellos y ellas y podemos concluirla con un (estigmatizador) «es que no tienen conciencia [de clase, colectiva, etc]». El segundo punto de vista, en cambio, fija la atención en nosotros, en el que hacemos o dejamos de hacer. Nos obliga a la reflexión y, en su caso, a la crítica. Esto no es fácil y con frecuencia puede herir, pero es necesario. Aquí partimos del segundo punto de vista.

No me cabe duda de que actualmente la CGT es la organización sindical más útil para la clase trabajadora. Planteamos conflictos en varios sitios. Nos mantenemos firmes en muchos procesos negociadores. Denunciamos, hacemos huelgas y muy a menudo estamos presentes de forma decisiva en las (desgraciadamente demasiado pocas) victorias que tenemos los y las trabajadoras. Posiblemente sea gracias a esto que la afiliación de jóvenes y personas que sufren precariedad laboral va subiendo poco a poco año tras año. Pero el crecimiento es lento si tenemos presente que nuestro objetivo es una defensa en mayúsculas de nuestros intereses como trabajadoras y trabajadores y aspiramos a realizar la revolución en algún momento. Si queremos pasar de las proclamas a los hechos y, de paso, erradicar cualquier atisbo de anarcosindicalismo de sofá o de barra de bar, debemos salir de nuestros espacios de comodidad.

Nosotros mismos a menudo reconocemos nuestra presencia en muchos lugares en función de los comités de empresa y del número de delegados y delegadas que tenemos. También muchas veces asimilamos nuestra fuerza al porcentaje de “representatividad” que tenemos en un determinado sector (fijaos que he puesto representatividad entre comillas: es una palabra que deriva de una ley, la LOLS) o al resultado en las elecciones al comité de empresa. Sin menospreciar el trabajo que muchas y muchos de nosotros hacemos en estos espacios, creo que es un error y que nos perjudica caer en ellos. Por un lado, porque confunde de dónde proviene nuestra fuerza. Por otro, porque focalizar nuestra acción en estos ámbitos, los de los delegados/as y comités nos debilita profundamente como sindicato; un debilitamiento que fortalece a nuestros enemigos. De esto quiero terminar de hablar aquí.

Centrar la acción sindical en el ámbito institucional, como son los comités de empresa y sus delegadas, puede ser una herramienta, pero no debe marcar nuestro ADN. Muchos son motivos. Uno de ellos es que la dinámica electoral en las empresas limita la participación de los y las trabajadoras precarias. Muchas no son elegibles. Más entran a trabajar cuando ya ha empezado una “legislatura” y salen antes de que acabe. Si nuestra propuesta de acción sindical pivota en torno al voto, muchas precarias no pueden ejercerlo. Por último, también es una realidad que en muchos lugares donde hemos hecho listas electorales a partir de gente con contratos temporales, al poco tiempo estas personas han quedado fuera de la empresa dejando en suspenso nuestra presencia en el comité. Creo que no hace falta que detalle el debilitamiento que este tipo de dinámicas generan, de forma sistemática, en nuestra acción sindical.

Tienen, además, un segundo efecto totalmente pernicioso: contribuyen a crear una conciencia colectiva de que hay trabajadores/as (fijos, estables, etc.) que sí pueden hacer esta especie de parlamentarismo sindical mientras que otros, los y las más precarias, quedan excluidas ya sea porque materialmente no pueden o porque su expectativa de tiempo que lo podrán estar haciendo es muy breve. Y así, poco a poco, vamos fortaleciendo la dinámica de unos sindicatos de trabajadores estables arraigados en la dinámica institucional de la política laboral del estado.

Es cierto que CGT tenemos un pie, en esta dinámica, pero por suerte también tenemos otro fuera. Y es esa parte externa a la que debemos dedicar más esfuerzos para fortalecerla. Al quedar fuera del camino que nos marca el Estado y sus derivadas, entre ellas CCOO y UGT, requiere de más imaginación. El camino de cómo convocar o presentarnos a elecciones sindicales está pautado, escrito y existen muchos manuales de instrucciones. Pero hacer sindicalismo real en pleno siglo XXI no, y depende de nosotros.

Apunto aquí algunas ideas algo desordenadas con la esperanza de poder desarrollarlas en próximos escritos y, colectivamente, en mi día a día. Una es construir acción sindical fuera y, si es necesario, prescindiendo de los comités de empresa, mesas sectoriales, de convenios, etc., también en aquellos casos en los que tengamos representación. En esta acción el/la protagonista es el afiliado/a, al margen de si es o no delegado/a.

Otra, completando ésta, es abrir pequeños conflictos sobre aspectos concretos en los que puedan participar aquellos colectivos que queremos que hagan suya la CGT. En el caso de la UAB lo hemos hecho, por ejemplo, con los investigadores predoctorales, un colectivo que hace 6 o 7 años buena parte de la sección sindical no veía como trabajadores/as. Ahora, en cambio, han triplicado a las afiliadas a la sección sindical, han bajado la media de edad y, sobre todo, han fortalecido su músculo en el conflicto. La colectivización de nuestra acción sindical, dentro y fuera del centro de trabajo, es otro elemento que pienso que es necesario tener presente. La solidaridad interna y externa, lejos de erosionar nuestra capacidad de decidir en la lucha, es decir, nuestra libertad, la redimensiona en el punto que nos permite aspirar a llegar a lugares que de otra forma nos parecen inalcanzables.

Ermengol Gassiot

Publicado en el periódico Catalunya.